Mostrando entradas con la etiqueta Cartas de Amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cartas de Amor. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de septiembre de 2010

Carta de Hannah Arendt a Martin Heidegger

Querido Martin,
Habrás oído hablar probablemente ya de mí por otras fuentes al azar. Esto toma la ingenuidad del mensaje mío, pero no la confianza de nuestra reunión pasada en Heidelberg, una vez más nuevamente y gratificantemente consolidada. Entonces vuelvo a tí hoy con la misma seguridad y con la misma petición: no te olvides de mí, y no te olvides de cuánto y cuán profundamente nuestro amor se ha convertido en la bendición de mi vida. Este conocimiento no se puede sacudir, no hoy, cuando, como salida de mi falta de inquietud, he encontrado un hogar y un sentido de pertenecer con alguien sobre quién usted puede ser que lo entienda mejor que todos. Oigo a menudo cosas sobre usted, pero siempre con esa reserva peculiar e indirectamente, que da simplemente hablar sobre un famoso nombre-que es algo que puedo reconocer apenas. Y quisiera de hecho saber -casi tormentosamente, cómo estás, en qué estás trabajando, y cómo Freiburg te está tratando.
Beso en la frente y los ojos
tu Hannah.

viernes, 23 de julio de 2010

Carta final a Carlota, de "Werther"

Es cosa resuelta, Carlota: quiero morir y te lo participo sin ninguna exaltación romántica, con la cabeza tranquila, el mismo día en que te veré por última vez. Cuando leas estas líneas, mi adorada Carlota yacerán en la tumba los despojos del desgraciado que en los últimos instantes de su vida no encuentra placer más dulce que el placer de pensar en ti. He pasado una noche terrible: con todo, ha sido benéfica, porque ha fijado mi resolución. ¡Quiero morir!
Al separarme ayer de tu lado, un frío inexplicable se apoderó de todo mi ser; refluía mi sangre al corazón, y respirando con angustiosa dificultad pensaba en mi vida, que se consume cerca de ti, sin alegría, sin esperanza. ¡Ah!, estaba helado de espanto.
Apenas pude llegar a mi alcoba, donde caí de rodillas, completamente loco. ¡Oh Dios mío!, tú me concediste por última vez el consuelo de llorar. Pero ¡qué lágrimas tan amargas! Mil ideas, mil proyectos agitaron tumultuosamente mi espíritu, fundiéndose al fin todos en uno solo, pero firme, inquebrantable: ¡morir! Con esta resolución me acosté, con esta resolución, inquebrantable y firme como ayer, he despertado: ¡quiero morir! No es desesperación, es convencimiento: mi carrera está concluida, y me sacrifico por ti. Sí, Carlota, ¿por qué te lo he de ocultar? Es preciso que uno de los tres muera, y quiero ser yo. ¡Oh vida de mi vida! Más de una vez en mi alma desgarrada ha penetrado un horrible pensamiento: matar a tu marido..., a ti..., a mí. Sea yo, yo solo; así será.
Cuando al anochecer de algún hermoso día de verano subas a la montaña, piensa en mí y acuérdate de que he recorrido muchas veces el valle; mira luego hacia el cementerio, y a los últimos rayos del sol poniente vean tus ojos cómo el viento azota la hierba de mi sepultura. Estaba tranquilo al comenzar esta carta, y ahora lloro como un niño. ¡Tanto martirizan estas ideas mi pobre corazón!
Tú no me esperas; tú crees que voy a obedecerte y a no volver a tu casa hasta la víspera de la Navidad... ¡Oh Carlota!..., hoy o nunca. El día de la Nochebuena tendrás este papel en tus manos trémulas y lo humedecerás con tus preciosas lágrimas. Lo quiero..., es preciso. ¡Oh, qué contento estoy de mi resolución. ¡Oh! ¡Perdóname, perdóname! Ayer... aquél debió ser el último momento de mi vida. ¡Oh ángel! Fue la primera vez, si, la primera vez que una alegría pura y sin límites llenó todo mi ser. Me ama, me ama... Aún quema mis labios el fuego sagrado que brotaba de los suyos; todavía inundan mi corazón estas delicias abrasadoras. ¡Perdóname, perdóname! Sabía que me amabas; lo sabía desde tus primeras miradas aquellas miradas llenas de tu alma; lo sabía desde la primera vez que estrechaste mi mano. Y, sin embargo, cuando me separaba de ti o veía a Alberto a tu lado, me asaltaban por doquiera rencorosas dudas. ¿Te acuerdas de las flores que me enviaste el día de aquella enojosa reunión en que ni pudiste darme la mano ni decirme una sola palabra? Pasé la mitad de la noche arrodillado ante las flores, porque eran para mí el sello de tu amor; pero, ¡ay!, estas impresiones se borraron como se borra poco a poco en el corazón del creyente el sentimiento de la gracia que Dios le prodiga por medio de símbolos visibles. Todo perece, todo; pero ni la misma eternidad puede destruir la candente vida que ayer recogí en tus labios y que siento dentro de mí. ¡Me ama! Mis brazos la han estrechado, mi boca ha temblado, ha balbuceado palabras de amor sobre su boca. ¡Es mía! ¡Eres mía! Sí, Carlota, mía para siempre. ¿Qué importa que Alberto sea tu esposo? ¡Tu esposo! No lo es más que para el mundo, para ese mundo que dice que amarte y querer arrancarte de los brazos de tu marido para recibirte en los míos es un pecado. ¡Pecado!, sea. Si lo es, ya lo expío. Ya he saboreado ese pecado en sus delicias, en sus infinitos éxtasis. He aspirado el bálsamo de la vida y con él he fortalecido mi alma. Desde ese momento eres mía, ¡eres mía, oh Carlota! Voy delante de ti; voy a reunirme con mi padre, que también lo es tuyo, Carlota; me quejaré y me consolará hasta que tú llegues. Entonces volaré a tu encuentro, te cogeré en mis brazos y nos uniremos en presencia del Eterno; nos uniremos con un abrazo que nunca tendrá fin. No sueño ni deliro. Al borde del sepulcro brilla para mí la verdadera luz. ¡Volveremos a vernos! ¡Veremos a tu madre y le contaré todas las cuitas de mi corazón! ¡Tu madre! ¡Tu perfecta imagen! Han pasado por tus manos; tú misma les has quitado el polvo, tú las has tocado..., y yo las beso ahora una y mil veces. ¡Angel del cielo, tú favoreces mi resolución! Tú, Carlota, eres quien me presentas este arma destructora, así recibiré la muerte de quien yo quería recibirla. ¡Qué bien me he enterado por el criado de los menores detalles! Temblabas al entregarle estas armas...; pero ni un adiós me envías. ¡Ay de mí!, ni un adiós. ¿Acaso el odio me ha cerrado tu corazón por aquel instante de embriaguez que me ha unido a ti para siempre? ¡Ah, Carlota!, el transcurso de los siglos no borrará aquella impresión; y tú, estoy seguro de ello, no podrás aborrecer nunca a quien tanto te idolatra. Guillermo: por última vez he visto los campos, el cielo y los bosques. También a ti te doy el último adiós. Tú, madre mía, perdóname. Consuélala, Guillermo. Dios os colme de bendiciones. Todos mis asuntos quedan arreglados. Adiós, volveremos a vernos..., y entonces seremos más felices. Todo duerme en torno mío, y mi alma está tranquila. Te doy gracias, ¡oh Dios!, por haberme concedido en momento tan supremo resignación tan grande. Me asomo a la ventana, amada mía, y distingo a través de las tempestuosas nubes algunos luceros esparcidos en la inmensidad del cielo. ¡Vosotros no desapareceréis, astros inmortales! El Eterno os lleva, lo mismo que a mí. Veo las estrellas de la Osa, que es mi constelación favorita, porque, de noche, cuando salía de su casa, la tenía siempre delante. ¡Con qué delicia la he contemplado muchas veces! ¡Cuántas he levantado mis manos hacia ella para tomarla por testigo de la felicidad de que entonces disfrutaba! ¡Oh Carlota!, ¿qué hay en el mundo que no traiga a mi memoria tu recuerdo? ¿No estás en cuanto me rodea? ¿No te he robado codicioso como un niño, mil objetos insignificantes que habías santificado con sólo tocarlos? Tu retrato, este retrato querido, te lo doy suplicándote que lo conserves. He estampado en él mil millones de besos, y lo he saludado mil veces al entrar en mi habitación y al salir de ella. Dejo una carta escrita para tu padre, rogándole que proteja mi cadáver. Al final del cementerio, en la parte que da al campo, hay dos tilos, a cuya sombra deseo reposar. Esto puede hacer tu padre por su amigo, y tengo la seguridad de que lo hará. Pídeselo tú también. Carlota. No pretendo que los piadosos cristianos dejen depositar el cuerpo de un desgraciado cerca de sus cuerpos. Deseo que mi sepultura esté a orillas de un camino o en un valle solitario, para que, cuando el sacerdote o el levita pasen junto a ella, eleven sus brazos al cielo, bendiciéndome, y para que el samaritano la riegue con sus lágrimas. Carlota, no tiemblo al tomar el cáliz terrible y frío que me dará la embriaguez de la muerte. Tú me lo has presentado, y no vacilo. Así van a cumplirse todas las esperanzas y todos los deseos de mi vida, todos, sí, todos. Sereno y tranquilo voy a llamar a la puerta de bronce del sepulcro. ¡Ah, si me hubiese cabido en suerte morir sacrificándome por ti! Con alegría con entusiasmo hubiera abandonado este mundo, seguro de que mi muerte afianzaba tu reposo y la felicidad de toda tu vida. Pero, ¡ay!, sólo algunos seres privilegiados logran dar su sangre por los que aman y ofrecerse en holocausto Para centuplicar los goces de sus preciosas existencias. Carlota, deseo que me entierren con el traje que tengo puesto, porque tú lo has bendecido al tocarlo. La misma petición hago a tu padre. Prohibo que me registren los bolsillos. Llevo en uno aquel lazo de cinta color de rosa que tenías en el pecho el primer da que te vi rodeada de tus niños... ¡Oh! Abrázalos mil veces y cuéntales el infortunio de su desdichado amigo. ¡Cuánto los quiero! Aún los veo agruparse en torno mío. ¡Ay, cuánto te he amado desde el momento en que te vi! Desde ese momento comprendí que llenarías toda mi vida... Haz que entierren el lazo conmigo... Me lo diste el día de mi cumpleaños, y lo he conservado como sagrada reliquia. ¡Ah!, nunca sospeché que aquel principio tan agradable me condujese a este fin. Ten calma, te lo ruego; no te desesperes... Están cargadas... Oigo las doce... ¡Sea lo que ha de ser! Carlota..., Carlota... ¡Adiós, adiós!



viernes, 19 de marzo de 2010

Carta de Don Quijote a Dulcinea

Soberana y alta señora:

"El herido de punta de ausencia, y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que además de ser fuerte es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo. Si gustares de socorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo.

Tuyo hasta la muerte,

El caballero de la triste figura"




martes, 2 de febrero de 2010

Carta de Juan Rulfo a Clara Aparicio.

Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye.
Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba.
Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua.
Clara: corazón, rosa, amor...
Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña.
Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida.
Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida.
Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara.
No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba.
Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada.
¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?
He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada.
Lo han aprendido ya el árbol y la tarde...
y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...
Clara:
Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.

sábado, 1 de agosto de 2009

Carta de una desconocida, por Stefan Zweig

"Sólo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez. Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque nunca lo supiste. Pero sólo tú conocerás mi secreto, cuando esté muerta y ya no tengas que darme una respuesta; cuando esto que ahora me sacude con escalofríos sea de verdad el final. En el caso de que siguiera viviendo, rompería esta carta y continuaría en silencio, igual que siempre. Si sostienes esta carta en tus manos, sabrás que una muerta te está explicando aquí su vida, una vida que fue siempre la tuya desde la primera hasta la última hora"

viernes, 19 de junio de 2009

Carta de Churchill a su esposa

Mi querida Clemmie: En tu carta desde Madras me escribiste algunas palabras muy queridas por mí, sobre cuánto enriquecía tu vida. No puedo expresarte qué placer me dio esto, porque me siento siempre de forma aplastante tu deudor, si puede haber cuentas en el amor.... Lo que ha sido para mí vivir todos estos años en tu corazón y compañerismo ninguna frase puede transmitirlo.
El tiempo pasa velozmente pero, ¿no da felicidad ver cuán grande y creciente es el tesoro que hemos recolectado juntos, en medio de las tormentas y de las tensiones de tan agitados y en cantidad trágicos y terribles años?
Tu amante esposo.


Enero 23, 1935

jueves, 30 de abril de 2009

Carta de Robert Schumann a Clara Schumann

Qué mañana celestial!
Todas las campanas tañen; el cielo está doradísimo y claro... y frente a mí descansa tu carta.
Te envío mi primer beso, bienamada.




martes, 10 de febrero de 2009

"Bienes comunes" - Susana L. Rubio.


"Estimada Cristina:
Ayer recibí una misiva de tu abogado donde me invitaba a enumerar los bienes comunes, con el fin de comenzar el proceso de disolución de nuestro vínculo matrimonial. A continuación te remito dicha lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario y tener listos todos los escritos antes de la comparecencia ante el tribunal.

Como verás, he dividido la lista en dos partes. Básicamente, un apartado con las cosas de nuestros cinco años de matrimonio con las que me gustaría quedarme y otra con las que te puedes quedar tú. Para cualquier duda o comentario, ya sabes que puedes llamarme al teléfono de la oficina (de ocho a cuatro) o al móvil (hasta las once) y estaré encantado de repasar la lista contigo.


Cosas a conservar:

  • La carne de gallina que salpicó mis antebrazos cuando te vi por primera vez en la oficina.
  • El leve rastro de perfume que quedó flotando en el ascensor una mañana, cuando te bajaste en la segunda planta, y yo aún no me atrevía a dirigirte la palabra.
  • El movimiento de cabeza con el que aceptaste mi invitación a cenar.
  • La mancha de rimel que dejaste en mi almohada la noche que por fin dormimos juntos.
  • La promesa de que yo sería el único que besaría la constelación de pecas de tu pecho.
  • El mordisco que dejé en tu hombro y tuviste que disimular con maquillaje porque tu vestido de novia tenía un escote de palabra de honor.
  • Las gotas de lluvia que se enredaron en tu pelo durante nuestra luna de miel en Londres.
  • Todas las horas que pasamos mirándonos, besándonos, hablando y tocándonos. (También las horas que pasé simplemente soñando o pensando en ti).


Cosas que puedes conservar tú:

  • Los silencios.
  • Aquellos besos tibios y emponzoñados, cuyo ingrediente principal era la rutina.
  • El sabor acre de los insultos y reproches.
  • La sensación de angustia al estirar la mano por la noche para descubrir que tu lado de la cama estaba vacío.
  • Las nauseas que trepaban por mi garganta cada vez que notaba un olor extraño en tu ropa.
  • El cosquilleo de mi sangre pudriéndose cada vez que te encerrabas en el baño a hablar por teléfono con él.
  • Las lágrimas que me tragué cuando descubrí aquel arañazo ajeno en tu ingle.
  • Jorge y Cecilia. Los nombres que nos gustaban para los hijos que nunca llegamos a tener.


Con respecto al resto de objetos que hemos adquirido y compartido durante nuestro matrimonio (el coche, la casa, etc) sólo comunicarte que puedes quedártelos todos. Al fin y al cabo sólo son eso: objetos.

Por último, recordarte el n º de teléfono de mi abogado (951....) para que tu letrado pueda contactar con él y ambos se ocupen de presentar el escrito de divorcio para ratificar nuestro convencimiento.

Afectuosamente,

Roberto. "


Carta ganadora del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de amor

Escrito por Susana López Rubio.

domingo, 4 de enero de 2009

Carta de Franz Liszt a la condesa D'agoult

Marie!!

Oh, dejame repetir ese nombre cien veces, mil veces. Por tres días ha vivido en mi interior, oprimiéndome y quemándome... Eternidad en tus brazos... Cielo, infierno, todo, todo en tí y de nuevo en tí... Oh, déjame loco, insano... La común, prudente estrecha realidad, ya no es suficiente por más tiempo, debemos vivir con toda nuestra vivencia, amor, y toda nuestra congoja! ¿Me crees capaz o no, de sacrificio, de virtud, de moderación, de religiosidad? Esto es para vivirlo!!! El día en que puedas decirme con toda tu alma, con todo tu corazón, toda tu mente: "Franz, permitámonos borrar olvidar, olvidar para siempre, cada cosa incompleta, penosa, y acongojante en el pasado; permitámonos ser todo para el otro, porque ahora te entiendo y perdono tanto cuanto te amo" ese día, y puede ser pronto, volaremos lejos del mundo, y viviremos, amaremos y moriremos el uno por el otro solamente.



Liszt fue un intrépido y galante Don Juan. Se cuenta que tuvo al menos 25 intrigas amorosas (comprobadas juar!!), aunque no llegó a casarse. Del primero de sus grandes amores, la condesa d’Agoult, nacieron cuatro hijos: un hombre y tres mujeres. Una de ellas, a la que pondrían por nombre Cósima, se casaría en segundas nupcias con Wagner.


lunes, 24 de noviembre de 2008

Algún día nos amamos - Robert Louis Stevenson.

"Entre la espesura de bayas y las islas de juncos, como a través de un mundo que sólo fuera cielo, oh firmamento invertido, la barca de nuestro amor se deslizaba. Brillantes como el día eran tus ojos, radiante fluía la corriente y era radiante el vasto y eterno cielo.
Cuando murió la gloria en el dorado crepúsculo, resplandeciente ascendió la luna, y llenos de flores al hogar regresamos. Radiantes fueron tus ojos esa noche, habíamos vivido, oh amor...Oh amor mío, habíamos amado.
Ahora el hielo envuelve nuestro río, con su blancura cubre la nieve nuestra isla, y junto a la lumbre invernal Joan y Darby dormitan y sueñan. Sin embargo, en el sueño, fluye el río y la barca del amor aún se desliza...
Escucha el sonido del remo al cortar sus aguas. Y en las tardes de invierno cuando la sueña en el crepitar de la chimenea, en sus oídos de fantasía, viejos enamorados, el río de su amor canta en los juncos.
Oh amor mío, ama el pasado...
pues algún día fuimos felices...
y algún día nos amamos. "


Stevenson.

viernes, 31 de octubre de 2008

Carta de Kahlil Gibrán a Mary Haskell


Mary, mi amada Mary, he trabajado todo el día entero, pero no podía ir a la cama sin antes decirte “buenas noches”. Tu carta más reciente es fuego puro, un corcel alado que me lleva hacia una isla donde sólo logro escuchar músicas extrañas, pero que un día comprenderé.
Los días han transcurrido llenos de estas imágenes, voces y sombras, y hay fuego también en mi corazón, en mis manos. Preciso transformar toda esa energía en algo que nos haga bien a los dos, y a las personas que nosotros queremos.
¿Sabrás qué significa quemarse, arder en un inmenso brasero, sabiendo que este incendio está transformando en cenizas todo lo malo, y dejando en el alma sólo lo que es verdadero?
¡Oh, no existe cosa más bendita que este Fuego!


31 de Octubre de 1911

¡Cuántas veces una carta ajena pone en otros labios las palabras que tú quisieras para ti mismo!





martes, 7 de octubre de 2008

Carta de Marie Bashkirtseff a Guy De Maupassant

Leí sus trabajos, debo decir que casi deleitándome. En honor a la verdad, que usted redacta con religiosa fidelidad, encuentra una inspiración que es verdaderamente sublime, en tanto que usted moviliza a sus lectores tocándolos con sentimientos profundamante humanos, que nosotros imaginamos ver por nosotros mismos descriptos en sus páginas, y lo amamos con egotista amor. ¿Es este un cumplido sin sentido? Sea indulgente, es sincero en su sustancia.
Usted puede entender que yo quiero decirle muchas cosas entusiastas y sorprendentes, pero es bastante difícil, de repente, por esta vía. Yo lamento esto mucho más por cuanto usted es suficientemente grande para inspirar a uno con románticos sueños como transformarse en la confidente de su hermosa alma, siempre suponiendo que su alma sea hermosa.
Si su alma no es hermosa, y si estas cosas no son a su manera, podría lamentarlo por su bien, en primer lugar; y en segundo podría catalogarlo en mi mente como alguien que hace literatura, y desecharlo de los pensamientos que me importan.
Durante el año pasado tuve el deseo de escribirle y fueron muchas las veces en que estuve a punto de hacerlo, pero algunas veces pensé que exageraba sus méritos y que eso no valía la pena. Hace dos días, no obstante, vi súbitamente, en el Gaulois, que alguien lo había honrado con una carta halagadora y que usted había pedido la dirección de tan amable persona para contestarle. Yo inmediatamente me puse celosa, sus méritos literarios me ofuscaron nuevamente, y aquí está mi carta.
Y ahora déjeme decirle que mantendré siempre mi incógnito para usted. Yo no deseo verlo desde la distancia, su tolerancia podría no serme placentera, ¿quién puede decirlo? Todo lo que sé ahora de usted es que es joven y no está casado, dos puntos esenciales, aún para adorarlo a la distancia.
Pero debo contarle que soy encantadora; esta dulce reflexión lo estimulará para responder mi carta. Me parece que si yo fuera un hombre no desearía mantener comunicación, ni siquiera epistolar, con un adefesio viejo de inglesa, fuera lo que fuera lo que piense.




jueves, 4 de septiembre de 2008

Carta de Gustave Flaubert a Louise Colet


"Te cubriré con amor la próxima vez que te vea, con caricias, con éxtasis. Deseo atiborrarte con todas las alegrías de la carne, de modo que te desmayes y mueras. Quiero que seas sorprendida por mí, y para que te confieses a ti misma que nunca siquiera habías soñado con tales transportes... Cuando seas vieja, quisiera recordaras estas pocas horas, yo quisiera que tus huesos secos temblaran con alegría cuando pienses en ellas."

lunes, 4 de agosto de 2008

Carta de Charlotte Carpenter a Sir Walter Scott

Si yo pudiera creeer en verdad que mi carta te produjo solamente la mitad del placer que dices, yo casi pensaría, mi queridísimo Scott, que puedo tomarle verdadero cariño a la escritura, sólo para condescender contigo que dice mucho. Espero que sepas apreciar este cumplido, y que no esperes que siempre seré bien portada. Tú puedes depender de mí, mi querido amigo, para fijar tan pronto como yo pueda un día, y si sucede que no sea tan rápido como tú lo deseas, no debes enojarte conmigo. Es muy desafortunado que tú seas tan mal amo de casa, y yo no sea mejor. Trataré. Espero tener pronto el placer de verte, y decirte cuánto te quiero, pero deseo que la primera quincena haya pasado. Con todo mi amor y toda suerte de hermosos deseos, adieu.
Charlotte
P.S. Etudiez votre Français Recuerda que me enseñarás italiano en compensación, pero yo seré una tonta estudiante.

viernes, 25 de julio de 2008

A Matilde Urrutia, por Pablo Neruda



Señora mía muy amada, gran padecimiento tuve al escribirte estos mal llamados sonetos y harto me dolieron y costaron, pero la alegría de ofrecértelos es mayor que una pradera. Al proponérmelo bien sabía que al costado de cada uno, por afición electiva y elegancia, los poetas de todo tiempo dispusieron rimas que sonaron como platería, cristal o cañonazo. Yo, con mucha humildad hice estos sonetos de madera, les di el sonido de esta opaca y pura substancia y así deben llegar a tus oidos. Tu y yo caminando por bosques y arenales, por lagos perdidos, por cenicientas latitudes, recogimos fragmentos de palo puro, de maderos sometidos al vaivén del agua y la intemperie. De tales suavizadísimos vestigios construí con hacha, cuchillo, cortaplumas, estas madererías de amor y edifiqué pequeñas casas de catorce tablas para que en ellas vivan tus ojos que adoro y canto. Así establecidas mis razones de amor te entrego esta centuria: sonetos de madera que sólo se levantaron porque tú les diste la vida.


Octubre de 1959

martes, 22 de julio de 2008

Carta de John Keats a Fanny Brawne (fragmento)

Mi más querida muchacha,
He dado una caminata esta mañana con un libro en la mano, pero como es habitual he estado ocupado sólo contigo: Desearía que poder decirlo de una manera agradable. Estoy atormentado día y noche. Hablan de mi ida a Italia. Seguro nunca me recuperaré si debo estar tanto tiempo separado de tí: y aún con toda esta devoción hacia tí no puedo persuadirme a ninguna confidencia....
Eres para mí un objeto intensamente deseable, el aire que respiro en un cuarto vacío de tí es malsano. [...]



sábado, 19 de julio de 2008

Carta de Pedro Salinas a Katherine Whitmore

"...de noches me he despertado, a altas horas, alarmado, como si hubiese oído un grito, y era sólo mi alma, que se preguntaba, anhelosa: '¿Te querrá aún?'. Sensación espantosa de que en aquel momento, sin que yo pudiese hacer nada por evitarlo, tú estabas empezando a dejar de quererme. Pero tú, Katherine, con un tacto y una delicadeza incomparables, poco a poco, has ido venciendo, has ido inclinándome a creer en una posibilidad de nuestro amor. En la posibilidad de nuestro amor. En la posibilidad esencial, básica, la interior. Y en la otra, asimismo, alma, en la exterior. 'Nos veremos. No lo dudes nunca'. Así, ¡qué gusto, qué alegría! El niño débil que hay en mí se consuela en estas palabras, se refugia en ellas, cobra ánimos y fuerza, cree en todo, todo posible. Lo exterior y lo interior. El plazo inmenso, sin límite, de querernos, y el plazo concreto, con fecha de vernos. Mi alma, mi vida necesitan saber que tu amor es posible lejos y cerca, entre tus brazos y con tu sombra. Tenía un temor, inmenso. Se me representaba imposible. Katherine, vas venciendo. Otra victoria tuya. No creas, no, que estoy seguro, no, que no dudo ya. Eso no será jamás. Tu amor es demasiado precioso para que yo me crea firmemente su dueño. Siempre temblaré, Katherine. Seguridad, nunca. Confianza, sí. Ésa es la victoria que estás ganando, alma, lo mismo en lo general que en los detalles. Tengo confianza. Vivo más tranquilo, camino por mis días con menos recelo. Pero no olvido que la vida y todas sus grandes cosas son eternas y momentáneas, y que de pronto en un instante podemos quedarnos ciegos en medio de la luz, muertos en medio de la vida, solos en medio del amor."