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lunes, 21 de marzo de 2011
"Él nunca lo haría" - Pérez-Reverte.
Un perro ovejero pequeño, feo y valiente, nos tuvo detenidos una vez a varios automóviles durante un rato, porque una oveja de su rebaño estaba rezagada, mordisqueando hierba en la cuneta. Y el chucho seguía quieto en medio de la carretera como un impasible don Tancredo, con un ojo en los automóviles y otro en la mala pécora, sin moverse hasta que la tipa cruzó por fin. Entonces le tiró una rutinaria dentellada a los cuartos traseros y se fue detrás, con un trotecillo chilito y la satisfacción del deber cumplido. Fueron dos o tres minutos en que no se oyó ni un solo bocinazo. Impresionados a pesar nuestro, arrancados por un momento a la prisa y la impaciencia, ninguno de los diez o doce conductores detenidos pudo evitar rendir ese pequeño homenaje al valor concienzudo del animal. Aquel chucho era un profesional.
Hay muchas historias propias y ajenas con perros como protagonistas. En un hospital de Lugo, por ejemplo, uno cuyo dueño murió hace siete meses sigue viviendo en la puerta, después de recorrer varios kilómetros persiguiendo la ambulancia en la que su amo agonizaba. Llegó exhausto, con las patas heridas por la carrera, y allí continúa, esperando verlo salir. Las enfermeras y los vigilantes del hospital, que ahora le dan comida y lo cuidan, ignoran su nombre y lo llaman Calcetines. Ésa es una historia con final feliz, pero otras no lo son tanto. En Borovo Naselje, en la antigua Yugoslavia, una mujer fue violada por los chetniks serbios ante la pasividad de sus vecinos me contaba que el único defensor que tuvo al escuchar sus gritos fue su perro, un pastor alemán que estuvo peleando en la puerta de su casa y en el vestíbulo y en la escalera hasta que los agresores lo mataron de un tiro.
El mío es un labrador negro, macho, y se llama Sombra. Durante mucho tiempo, cuando el arriba firmante volvía de noche más flaco y sin afeitar, con una mochila al hombro, de uno de esos territorios comanches donde se ganaba el pan, Sombra salía al jardín enloquecido de entusiasmo, moviendo el rabo y gimiendo complacido, a frotarse contra mis piernas y a tumbarse en el suelo, patas arriba, para que lo acariciase. Nunca tuvo un ladrido a destiempo, un gruñido ni un mal gesto. Se queda ahí, quieto y silencioso, mirándome con sus ojos oscuros y fieles, pendiente de una voz o una caricia. Incluso cuando alguna perra en celo o su instinto de libertad lo llaman lejos y se escapa, y vuelve al cabo de varias horas sucio, sediento y fatigado, con el rabo entre las piernas porque sabe que le espera una buena bronca o una zurra por golfo y putero, lo hace humildemente, dispuesto a llevarse lo suyo, mirándome con esos ojos leales que te desarmen. Ya es viejo –tiene doce años- y morirá pronto, supongo. Es un buen perro y lo echaré de menos. Y estoy seguro de que a mí, que no tengo precisamente una lágrima fácil, ese chucho puñetero me hará llorar.
En fin. Humedades sensibles aparte, todo esto viene a cuento porque hoy es el primer domingo de las primeras vacaciones de verano. Y porque a estas horas, estoy seguro, por las carreteras de este país vagan cientos de perros desconcertados, exhaustos, siguiendo la línea de asfalto por la que se fueron los dueños que los abandonaron. Pues el perro supone un incordio para las vacaciones. Una cosa es el cachorro gracioso para los niños, que se mete en cualquier parte, y otra el grandullón al que hay que vacunar, alimentar, albergar, y que te fastidia, con su presencia incómoda, el vieja en automóvil a la costa, o al pueblo. Así que al abuelo se le mete en un asilo –ya escribí de eso hace un par de años-, y al perro se le lleva a un paraje lejano, se abre la puerta y se le dice, sal, Tobi, juega un poco. Después, el propietario acelera y se larga, sin mirar siquiera por el retrovisor. Libre del jodío chucho.
¿Se acuerdan de aquel anuncio estremecedor, un perro abandonado en mitad de una carretera, bajo la lluvia, sus ojos cansados y tristes, bajo el rótulo: Él nunca lo haría…? Es cierto. Él nunca lo haría, pero buena parte de nosotros sí. Igual usted mismo, respetable lector, que hojea El Semanal en este momento, acaba de hacerlo. ¿Y sabe lo que le digo? Pues que, de ser así, ojalá se le indigeste esa paella por la que van a clavarle veinte mil pesetas en el chiringuito, o se le pinche el flotador del pato y se ahogue, cacho cabrón. Porque ya quisiéramos los humanos tener un ápice de la lealtad y el coraje de esos chuchos de limpio corazón. No recuerdo quién dijo aquello de que cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro; pero es cierto. Al suyo, al mío. A cualquier perro.
El Semanal, 2 de julio de 1995
Hay muchas historias propias y ajenas con perros como protagonistas. En un hospital de Lugo, por ejemplo, uno cuyo dueño murió hace siete meses sigue viviendo en la puerta, después de recorrer varios kilómetros persiguiendo la ambulancia en la que su amo agonizaba. Llegó exhausto, con las patas heridas por la carrera, y allí continúa, esperando verlo salir. Las enfermeras y los vigilantes del hospital, que ahora le dan comida y lo cuidan, ignoran su nombre y lo llaman Calcetines. Ésa es una historia con final feliz, pero otras no lo son tanto. En Borovo Naselje, en la antigua Yugoslavia, una mujer fue violada por los chetniks serbios ante la pasividad de sus vecinos me contaba que el único defensor que tuvo al escuchar sus gritos fue su perro, un pastor alemán que estuvo peleando en la puerta de su casa y en el vestíbulo y en la escalera hasta que los agresores lo mataron de un tiro.
El mío es un labrador negro, macho, y se llama Sombra. Durante mucho tiempo, cuando el arriba firmante volvía de noche más flaco y sin afeitar, con una mochila al hombro, de uno de esos territorios comanches donde se ganaba el pan, Sombra salía al jardín enloquecido de entusiasmo, moviendo el rabo y gimiendo complacido, a frotarse contra mis piernas y a tumbarse en el suelo, patas arriba, para que lo acariciase. Nunca tuvo un ladrido a destiempo, un gruñido ni un mal gesto. Se queda ahí, quieto y silencioso, mirándome con sus ojos oscuros y fieles, pendiente de una voz o una caricia. Incluso cuando alguna perra en celo o su instinto de libertad lo llaman lejos y se escapa, y vuelve al cabo de varias horas sucio, sediento y fatigado, con el rabo entre las piernas porque sabe que le espera una buena bronca o una zurra por golfo y putero, lo hace humildemente, dispuesto a llevarse lo suyo, mirándome con esos ojos leales que te desarmen. Ya es viejo –tiene doce años- y morirá pronto, supongo. Es un buen perro y lo echaré de menos. Y estoy seguro de que a mí, que no tengo precisamente una lágrima fácil, ese chucho puñetero me hará llorar.
En fin. Humedades sensibles aparte, todo esto viene a cuento porque hoy es el primer domingo de las primeras vacaciones de verano. Y porque a estas horas, estoy seguro, por las carreteras de este país vagan cientos de perros desconcertados, exhaustos, siguiendo la línea de asfalto por la que se fueron los dueños que los abandonaron. Pues el perro supone un incordio para las vacaciones. Una cosa es el cachorro gracioso para los niños, que se mete en cualquier parte, y otra el grandullón al que hay que vacunar, alimentar, albergar, y que te fastidia, con su presencia incómoda, el vieja en automóvil a la costa, o al pueblo. Así que al abuelo se le mete en un asilo –ya escribí de eso hace un par de años-, y al perro se le lleva a un paraje lejano, se abre la puerta y se le dice, sal, Tobi, juega un poco. Después, el propietario acelera y se larga, sin mirar siquiera por el retrovisor. Libre del jodío chucho.
¿Se acuerdan de aquel anuncio estremecedor, un perro abandonado en mitad de una carretera, bajo la lluvia, sus ojos cansados y tristes, bajo el rótulo: Él nunca lo haría…? Es cierto. Él nunca lo haría, pero buena parte de nosotros sí. Igual usted mismo, respetable lector, que hojea El Semanal en este momento, acaba de hacerlo. ¿Y sabe lo que le digo? Pues que, de ser así, ojalá se le indigeste esa paella por la que van a clavarle veinte mil pesetas en el chiringuito, o se le pinche el flotador del pato y se ahogue, cacho cabrón. Porque ya quisiéramos los humanos tener un ápice de la lealtad y el coraje de esos chuchos de limpio corazón. No recuerdo quién dijo aquello de que cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro; pero es cierto. Al suyo, al mío. A cualquier perro.
El Semanal, 2 de julio de 1995
martes, 7 de diciembre de 2010
03.02.2008 - Dos banderas en Tudela

A Carlos le gusta la Historia, como a mí. Es de los que, cuando el runrún del tiempo levanta rumor de resaca en la orilla, se toma una caña por los que dejaron huellas que orientan nuestra memoria, nuestra lucidez y nuestra vida. Por eso esta noche Carlos y yo nos encontramos en el bar de Lola, oyendo música tranquila, mirándole a la dueña el escote mientras hablamos de aniversarios. Hace un par de meses, mi amigo estuvo en Tudela, donde el Ayuntamiento –«a veces hasta hace bien las cosas», apunta Carlos– conmemoró como es debido el 199 aniversario de una batalla en la que cuarenta mil españoles –navarros, aragoneses, andaluces, valencianos y murcianos– bajo el mando del general Castaños, se batieron durante seis horas con treinta y cinco mil franceses dirigidos por el general Lannes, que tenía muchas ganas de quitarle al ejército imperial la espinita de Bailén.«Nos dieron hasta en el carnet de identidad», murmura mi compadre mientras Lola nos sirve otra caña y de fondo, bajito, suena la voz de Joaquín Sabina diciendo que hay mujeres que tocan y curan, que besan y matan. Y yo asiento en silencio, resignado, porque conozco el episodio tudelano y sé que transcurrió muy a la española, entre celos, imprevisión, indisciplina, desacuerdos y mala fe, con cada jefe actuando por su cuenta, sin concierto para la defensa ni para el ataque. Sólo hubo reacción, y mal coordinada, cuando las avanzadas francesas ya entraban en Tudela y se oían disparos de fusilería por las calles; de manera que la batalla empezó a las nueve de la mañana, a mediodía parecía favorable a los españoles, y a media tarde nuestra infeliz carne de cañón, tras haberse batido, eso sí, con mucho valor y decencia, rompía las filas con la caballería francesa detrás, sableándola a mansalva.
Bebiendo hombro con hombro, Carlos y yo hacemos un brindis a la memoria de toda aquella pobre gente, aquellos militares y paisanos llevados al matadero, corriendo a la desesperada por el inmenso olivar de Cardete mientras intentaban franquear los veintidós kilómetros que los separaban de la salvación, hasta Borja o Tarazona, dejando atrás tres mil compañeros entre muertos, heridos y prisioneros, mientras los vencedores saqueaban Tudela. «Buena gente a la que recordar», murmura Carlos; y Lola, que no suele meterse en estas cosas pero las escucha siempre con interés y simpatía, asiente con la cabeza mientras seca los vasos. Sabina dice ahora, al fondo, que hay mujeres en cuyas caderas no se pone el sol; y Carlos, tras observar un momento las de Lola –en las de ella tampoco se pone–, me cuenta que el pasado 23 de noviembre, en Tudela, el Ayuntamiento invitó a varias asociaciones de recreación histórica francesas y españolas, para conmemorar la fecha. Y que todo fue estupendo y educativo, y que los niños y los no tan niños contemplaban interesados, preguntando por esto y aquello, a los jinetes polacos del ejército imperial, a los levantinos de la división Roca –bravos en aquella batalla hasta que ya no pudieron más– con sus banderas y su pobre armamento, a los voluntarios de Aragón con sus calzones claros y sus plumas en el sombrero, y a todos los demás. «Una lección viva de Historia», resume Carlos, que llevó a sus hijos pequeños. «De esas que dan ganas de correr a los libros para enterarte bien de qué pasó, y por qué».
Y luego, el epílogo, cuenta mi amigo. Eso tampoco podía faltar, claro. Y explica muchas cosas en la España de 1808 y en la de hoy. Porque en plena celebración, cuando Carlos estaba con sus hijos en la plaza de Tudela, sentado en una terraza, tuvo lugar allí el acto de izado de las banderas de los contendientes. Subió primero al mástil la tricolor gabacha, a los sones de La Marsellesa; y un matrimonio francés y cincuentón que estaba en la mesa contigua, plano de la ciudad desplegado y mirando la recién restaurada catedral, se puso en pie al oír los compases de su himno nacional. Sonó luego la Marcha Real mientras se izaba la bandera española, y el matrimonio francés siguió en pie, respetuoso, mientras todos los españoles allí presentes continuaban sentados, a lo suyo, charlando como si nada.
Recordando aquello, mi amigo tuerce la boca y mira la pared, el aire fatigado –también yo siento ese mismo cansancio, compruebo de pronto; un hartazgo impotente, rancio, abrumador–. «¿Y tú qué hiciste?», pregunta Lola desde el mostrador. Casi adivino lo que Carlos va a decir, antes de que lo diga:
«Avergonzado, me puse despacio en pie, y al verme hizo lo mismo algún otro… Éramos tres o cuatro, como mucho. Y mirando con mucha envidia al matrimonio francés, pensé: nos han vuelto a ganar».
viernes, 5 de noviembre de 2010
APR - "Fantasmas de Los Balcanes". 2007.
Llevo mucho tiempo sin querer saber nada del asunto. Me refiero a Bosnia, Croacia y todo aquello. Cada vez que en la tele aparece una noticia sobre el particular, cambio de canal o me largo. Eso incluye a mis amigos de entonces. Cuando estoy con Márquez, Jadranka o algún otro, procuro evitar los intercambios de recuerdos. Lo mismo ocurre cuando alguien me propone dar charlas o escribir artículos sobre eso. La palabra Balcanes es incompatible con mi ecuanimidad. Todavía se me dispara la memoria, y la mala leche, cuando una de aquellas viejas imágenes, foto, reportaje de televisión, comentario de radio, se cruza en mi camino. Me quedo luego sombrío, callado, mirando alrededor con rencor y con una especie de angustia desesperada, casi agresiva. O sin casi.
No exagero. La cosa llega al extremo de que el simple hecho de oír cerca una lengua eslava, que me recuerde el serbio aunque sólo sea de lejos, me hace ponerme tenso, nubla mis ojos y mi memoria. Me enfurece. Arrastra recuerdos siniestros, controles bajo la lluvia, cruel brutalidad, fosas comunes, gente degollada en campos de maíz, gentuza con Kalashnikov, psicópatas impunes. Materializa fantasmas que deseo olvidar, y con ellos la desesperación de entonces, la amargura impotente, las ganas, que conservo, no de lamentarme, sino de hacer daño y de matar, de buscar venganza. No por mí, que sigo vivo y coleando, sino por aquellos a los que nadie vengó. Por los muertos de un tiro en la nuca, por Jasmina, por Grüber, por la morgue del hospital de Sarajevo, por la matanza de Vukovar, por la gente fugitiva y asesinada en bosques cubiertos de nieve, por las mujeres violadas como animales en burdeles para soldados borrachos. Esa farsa de La Haya, esos juicios con cuentagotas, tan equidistantes, calculados, protocolarios, no me calman una puñetera mierda. Lo siento. Me cisco en esa justicia, en todas las justicias cuando llegan tarde, como suelen, y con la puntita nada más. Milosevic, que ya está criando malvas, e incluso Karadzic y Mladic, si alguna vez los trincan, no son sino una infinitesimal parte del tinglado. En los Balcanes, los hijos de puta eran decenas de miles. A fin de cuentas, quienes metían las manos en la sangre, hasta los codos, éramos nosotros mismos, sin freno. Era la simple y sucia condición humana.
Hoy escribo este artículo para maldecir a Lola, una amiga de Círculo de Lectores, que el otro día me envió un libro que yo no tenía la menor intención de leer, Postales desde la tumba, escrito por un bosnio que fue intérprete –y a eso debió salvar su vida– de los cascos azules holandeses durante la matanza de Srebrenica. Cuando vi el título arrojé el libro a un rincón; pero al rato no pude evitar echarle un vistazo. Al cabo me puse a leer a trozos, envuelto en la vieja nube negra que siempre creo haber dejado atrás, pero que cada vez regresa de nuevo. Y bueno. Ningún bien me hizo encarar otra vez la abyecta cobardía de los holandeses ante los carniceros serbios, los tres mil prisioneros asesinados en Srebrenica tras la caída de la ciudad, la torpe indecisión de Naciones Unidas, la sonrisa injustificada, cobarde, del presunto negociador Javier Solana –prodigio de incompetencia que hoy sigue al frente de la política exterior de la Unión Europea–, al que toda mi vida, y la suya, recordaré lavándose las manos en los telediarios o dándose besitos en la boca con los carniceros serbios, mientras quienes estábamos allí, grabando sangre y mierda, contábamos los muertos de cada día, con imágenes a las que ese paniaguado inútil oponía declaraciones huecas, afirmando con solemne gravedad de tonto del haba que, pese a las apariencias, los serbios se mostraban receptivos y razonables y que el asunto estaba en buenas manos. Y así día tras día, año tras año, mientras caían las bombas, se mataba y se violaba ante los ojos de una Europa miserable que nada hizo hasta que –tiene huevos quién paró la cosa– los Estados Unidos de Clinton decidieron, por fin, dar un puñetazo sobre la mesa.
Y fíjense. Ni siquiera teclear esto me ha desahogado un carajo. Por eso digo que maldito sea el libro y quien me lo mandó. Me ha hecho pasar la noche en mala duermevela, recordando otra vez la cara de un bosnio de Srebrenica –ustedes pudieron verlo como yo, en la tele– al que un serbio preguntó, mientras lo filmaba en vídeo y se escuchaban los tiros de quienes ya asesinaban a sus compañeros: «¿Tienes miedo?». Y el hombre, a punto de morir, tras una breve duda, temblándole la voz, respondió: «¿Cómo no voy a tener miedo?».
El Semanal 10 de junio de 2007
No exagero. La cosa llega al extremo de que el simple hecho de oír cerca una lengua eslava, que me recuerde el serbio aunque sólo sea de lejos, me hace ponerme tenso, nubla mis ojos y mi memoria. Me enfurece. Arrastra recuerdos siniestros, controles bajo la lluvia, cruel brutalidad, fosas comunes, gente degollada en campos de maíz, gentuza con Kalashnikov, psicópatas impunes. Materializa fantasmas que deseo olvidar, y con ellos la desesperación de entonces, la amargura impotente, las ganas, que conservo, no de lamentarme, sino de hacer daño y de matar, de buscar venganza. No por mí, que sigo vivo y coleando, sino por aquellos a los que nadie vengó. Por los muertos de un tiro en la nuca, por Jasmina, por Grüber, por la morgue del hospital de Sarajevo, por la matanza de Vukovar, por la gente fugitiva y asesinada en bosques cubiertos de nieve, por las mujeres violadas como animales en burdeles para soldados borrachos. Esa farsa de La Haya, esos juicios con cuentagotas, tan equidistantes, calculados, protocolarios, no me calman una puñetera mierda. Lo siento. Me cisco en esa justicia, en todas las justicias cuando llegan tarde, como suelen, y con la puntita nada más. Milosevic, que ya está criando malvas, e incluso Karadzic y Mladic, si alguna vez los trincan, no son sino una infinitesimal parte del tinglado. En los Balcanes, los hijos de puta eran decenas de miles. A fin de cuentas, quienes metían las manos en la sangre, hasta los codos, éramos nosotros mismos, sin freno. Era la simple y sucia condición humana.
Hoy escribo este artículo para maldecir a Lola, una amiga de Círculo de Lectores, que el otro día me envió un libro que yo no tenía la menor intención de leer, Postales desde la tumba, escrito por un bosnio que fue intérprete –y a eso debió salvar su vida– de los cascos azules holandeses durante la matanza de Srebrenica. Cuando vi el título arrojé el libro a un rincón; pero al rato no pude evitar echarle un vistazo. Al cabo me puse a leer a trozos, envuelto en la vieja nube negra que siempre creo haber dejado atrás, pero que cada vez regresa de nuevo. Y bueno. Ningún bien me hizo encarar otra vez la abyecta cobardía de los holandeses ante los carniceros serbios, los tres mil prisioneros asesinados en Srebrenica tras la caída de la ciudad, la torpe indecisión de Naciones Unidas, la sonrisa injustificada, cobarde, del presunto negociador Javier Solana –prodigio de incompetencia que hoy sigue al frente de la política exterior de la Unión Europea–, al que toda mi vida, y la suya, recordaré lavándose las manos en los telediarios o dándose besitos en la boca con los carniceros serbios, mientras quienes estábamos allí, grabando sangre y mierda, contábamos los muertos de cada día, con imágenes a las que ese paniaguado inútil oponía declaraciones huecas, afirmando con solemne gravedad de tonto del haba que, pese a las apariencias, los serbios se mostraban receptivos y razonables y que el asunto estaba en buenas manos. Y así día tras día, año tras año, mientras caían las bombas, se mataba y se violaba ante los ojos de una Europa miserable que nada hizo hasta que –tiene huevos quién paró la cosa– los Estados Unidos de Clinton decidieron, por fin, dar un puñetazo sobre la mesa.
Y fíjense. Ni siquiera teclear esto me ha desahogado un carajo. Por eso digo que maldito sea el libro y quien me lo mandó. Me ha hecho pasar la noche en mala duermevela, recordando otra vez la cara de un bosnio de Srebrenica –ustedes pudieron verlo como yo, en la tele– al que un serbio preguntó, mientras lo filmaba en vídeo y se escuchaban los tiros de quienes ya asesinaban a sus compañeros: «¿Tienes miedo?». Y el hombre, a punto de morir, tras una breve duda, temblándole la voz, respondió: «¿Cómo no voy a tener miedo?».
El Semanal 10 de junio de 2007
martes, 5 de octubre de 2010
VERGÜENZA TORERA
Estaba el arriba firmante viendo pasar la vida en una terraza de la esquina de la calle Sierpes de Sevilla, frente a la Peña Bética y el puesto de periódicos de Curro. El limpiabotas que había enfrente era flaco, agitanado, pasada ya la cincuentena larga. Un fulano de esos muy patanegra, con brazos chupaillos y morenos llenos de tatuajes, un Ducados en la oreja y rizos de caracol bajo un sombrero cordobés donde lucía una insólita insignia metálica de la Legión. Ya se pueden imaginar la firma: ceceo cerrado y voz rota de aguardiente, todo el día arriba y abajo por la calle, el banco de betunes y cepillos bajo el brazo, con parada y fonda puntual en todos y cada uno de los bares del barrio. Que si una coñás aquí, que si vaya una caló que hase, que si un sigarrito allá, maeztro, O sea. Hecho polvo total.
EI caso es que estaba yo tomándome un café en La Campana sin quitarle ojo al personaje. En ese momento, el limpia se secaba con el dorso de la mano manchada de betún el sudor que le caía por la nariz mientras lustraba los zapatos de unos guiris, ingleses me parece que eran, que estaban allí, todos rubios y eso, abrevando en grupo y con la mesa llena de botellines de cerveza vacíos. Para ser exactos le limpiaba los zapatos a dos de ellos, porque los otros tres llevaban zapatillas de tenis y uno iba en bañador, detalle simpático e informal que aprovechaba para rascarse cómodamente la entrepierna. La cosa no dejaba de tener su aquel simbólico, pues precisamente en el periódico que yo tenía sobre la mesa había una foto del ministro de Exteriores, ese tigre de Bruselas, bajándose los calzones en lo del fletan negro (bueno, los calzones no se veían porque la foto era un primer plano; pero la sonrisa y el gesto eran de bajárselos). Y uno pensaba hay que ver, para eso nos van a dejar aquí, mis primos, antes de irse. Para limpiarle los zapatos a los hooligans de Manchester o de donde sean, a toda la chusma de Europa cuando vengan a ponerse ciegos de cerveza, a romper bares y discotecas, a jalear a sus equipos de fútbol, o a rascarse. Y nosotros, reconvertidos en putas, limpiabotas y camareros. (Dicho sea con todo el respeto que me merecen los camareros, los limpiabotas y las putas, a quienes he tratado mucho en el ejercicio de su actividad profesional y de la mía).
El caso es que me ocupaba yo, como ven, en tan alegres reflexiones, cuando los ingleses, o lo que fueran, le pagaron al limpia sus cuarenta u ochenta duros, y después les dio por hacerse unas fotos limpiándose unos a otros los calcos con los utensilios del betunero. Debía de parecerles muy turístico fotografiar el paripé para luego enseñarles, supongo, las fotos a sus madres cuando éstas volvieran a casa de madrugada, tras la dura jornada laboral en las calles de Birmingham, o de Hamburgo, o de donde resultasen naturales las dignas señoras. Uno -el del bañador-hasta había cogido el cepillo y, mientras sus compañeros colocaban los pies en el banco del limpia, hacía ademán de arrodillarse para el afoto. Pero el limpiabotas dijo que ni hablar, y que verdes las habían segado. Que con sus chismes no se fotografiaba nadie. Le ofrecieron entonces un billete de mil, y el hombre se los quedó mirando tieso, erguido, torero, con sus brazos flacos llenos de tatuajes y su pinta de hecho polvo, y les dijo, alto y claro:
-Ezto e un trabaho mu zerio, míster. Y tiene zu dignidá.
Con lo que recogió sus trastos y se fue muy flamenco, la cabeza alta, con su paso inseguro de vino tinto y carajillo, mientras Curro el de los periódicos y los camareros de La Campana lo jaleaban con palmas medio en guasa medio en serio. Y todavía, antes de alejarse, se detuvo un segundo ante mi mesa y, vuelto a medias hacia los guiris, de perfil, añadió, entre dientes:
-Hihosdelagranputa.
Sin duda le dolía lo del billete de mil, pero ya no era cosa de echarse atrás. Así que se tocó el ala del sombrero cordobés con la insignia del Tercio, y se perdió calle Sierpes abajo, tarareando una copla. Y yo volví a mí periódico y a lo del fletan y el bacalao inglés, y la sardina moruna, y lo que aún esté por venir. Y a la foto del ministro de Exteriores y del otro que no sé cómo carajo se llama, el de la pesca; los que gracias a Europa y a la madre que la parió iban a comerse a las patrulleras canadienses sin pelar y a ponernos un piso en Terranova o en los caladeros de Rodolfo Langostino. Y me dije: hay que joderse con el patio, Arturín. Un país condenado de por vida a ser el buen vasallo que fuera si tuviese buen señor. Una tierra donde tienen más dignidad y más vergüenza los limpiabotas que los ministros.
El Semanal, 7 de mayo de 1995

Plaza de La Campana, (mi) Sevilla.
EI caso es que estaba yo tomándome un café en La Campana sin quitarle ojo al personaje. En ese momento, el limpia se secaba con el dorso de la mano manchada de betún el sudor que le caía por la nariz mientras lustraba los zapatos de unos guiris, ingleses me parece que eran, que estaban allí, todos rubios y eso, abrevando en grupo y con la mesa llena de botellines de cerveza vacíos. Para ser exactos le limpiaba los zapatos a dos de ellos, porque los otros tres llevaban zapatillas de tenis y uno iba en bañador, detalle simpático e informal que aprovechaba para rascarse cómodamente la entrepierna. La cosa no dejaba de tener su aquel simbólico, pues precisamente en el periódico que yo tenía sobre la mesa había una foto del ministro de Exteriores, ese tigre de Bruselas, bajándose los calzones en lo del fletan negro (bueno, los calzones no se veían porque la foto era un primer plano; pero la sonrisa y el gesto eran de bajárselos). Y uno pensaba hay que ver, para eso nos van a dejar aquí, mis primos, antes de irse. Para limpiarle los zapatos a los hooligans de Manchester o de donde sean, a toda la chusma de Europa cuando vengan a ponerse ciegos de cerveza, a romper bares y discotecas, a jalear a sus equipos de fútbol, o a rascarse. Y nosotros, reconvertidos en putas, limpiabotas y camareros. (Dicho sea con todo el respeto que me merecen los camareros, los limpiabotas y las putas, a quienes he tratado mucho en el ejercicio de su actividad profesional y de la mía).
El caso es que me ocupaba yo, como ven, en tan alegres reflexiones, cuando los ingleses, o lo que fueran, le pagaron al limpia sus cuarenta u ochenta duros, y después les dio por hacerse unas fotos limpiándose unos a otros los calcos con los utensilios del betunero. Debía de parecerles muy turístico fotografiar el paripé para luego enseñarles, supongo, las fotos a sus madres cuando éstas volvieran a casa de madrugada, tras la dura jornada laboral en las calles de Birmingham, o de Hamburgo, o de donde resultasen naturales las dignas señoras. Uno -el del bañador-hasta había cogido el cepillo y, mientras sus compañeros colocaban los pies en el banco del limpia, hacía ademán de arrodillarse para el afoto. Pero el limpiabotas dijo que ni hablar, y que verdes las habían segado. Que con sus chismes no se fotografiaba nadie. Le ofrecieron entonces un billete de mil, y el hombre se los quedó mirando tieso, erguido, torero, con sus brazos flacos llenos de tatuajes y su pinta de hecho polvo, y les dijo, alto y claro:
-Ezto e un trabaho mu zerio, míster. Y tiene zu dignidá.
Con lo que recogió sus trastos y se fue muy flamenco, la cabeza alta, con su paso inseguro de vino tinto y carajillo, mientras Curro el de los periódicos y los camareros de La Campana lo jaleaban con palmas medio en guasa medio en serio. Y todavía, antes de alejarse, se detuvo un segundo ante mi mesa y, vuelto a medias hacia los guiris, de perfil, añadió, entre dientes:
-Hihosdelagranputa.
Sin duda le dolía lo del billete de mil, pero ya no era cosa de echarse atrás. Así que se tocó el ala del sombrero cordobés con la insignia del Tercio, y se perdió calle Sierpes abajo, tarareando una copla. Y yo volví a mí periódico y a lo del fletan y el bacalao inglés, y la sardina moruna, y lo que aún esté por venir. Y a la foto del ministro de Exteriores y del otro que no sé cómo carajo se llama, el de la pesca; los que gracias a Europa y a la madre que la parió iban a comerse a las patrulleras canadienses sin pelar y a ponernos un piso en Terranova o en los caladeros de Rodolfo Langostino. Y me dije: hay que joderse con el patio, Arturín. Un país condenado de por vida a ser el buen vasallo que fuera si tuviese buen señor. Una tierra donde tienen más dignidad y más vergüenza los limpiabotas que los ministros.
El Semanal, 7 de mayo de 1995
Plaza de La Campana, (mi) Sevilla.
viernes, 10 de septiembre de 2010
UNA HISTORIA DE GUERRA
Alguien escribió en cierta ocasión que si una historia de guerra parece moral, no debe creerse. Y alguna vez lo repetí yo mismo. Pero eso no es del todo verdad. O no siempre. Como todas las cosas en la vida, la moralidad de una historia depende siempre de los hombres que la protagonizan, y de quienes la cuentan. Ésta de hoy es una historia de guerra, y quiero contársela a ustedes tal como algunos amigos míos me han pedido que lo haga. La moralidad la aportan ellos. Yo me limito a ponerle letras, puntos y comas.
Base de Mazar Sharif, Afganistán. Cinco guardias civiles, de comandante a sargento, perdidos en el pudridero del mundo, formando a la policía afgana. Cinco guardias de veintidós llegados hace cinco meses y medio, desperdigados por una geografía hostil y cruel, en misión de alto riesgo, en una guerra a la que en España ningún Gobierno llamó guerra hasta hace cuatro días. Los cinco de Mazar Sharif, como el resto, eran gente acuchillada, porque lo da el oficio. Sabían desde el principio que a la Guardia Civil nunca se la llama para nada bueno. Y menos en Afganistán. Si lo que iban a hacer allí fuera fácil, seguro, cómodo o bien pagado, otros habrían ido en vez de ellos. Aun así, lo hicieron lo mejor que podían. Que era mucho. Atrincherados en una base con americanos, franceses, holandeses y polacos, vivían con el dedo en el gatillo, como en los antiguos fuertes de territorio indio. Igual que en los relatos de Kipling, pero sin romanticismo imperial ninguno. Sólo frío, calor, insolaciones, sueño, enfermedades, soledad. Peligro. Los únicos cinco españoles de la base, de la provincia y de todo el norte de Afganistán.
Ellos y sus compañeros habían llegado a la misión tarde y mal, aunque ésa es otra historia. Que la cuenten quienes deben contarla. Aun así, con la resignada disciplina casi suicida que caracteriza al guardia civil, se pusieron al tajo. Como era de esperar, no encontraron la mesa puesta. Quien estuvo por esos mundos con militares norteamericanos, holandeses y franceses, sabe de qué van las cosas. Sobre todo con los norteamericanos, que tienen a Dios sentado en el hombro como los piratas llevan el loro. Para hacerse un hueco entre sus aliados, distantes y despectivos al principio, no hubo otra que la vieja receta de Picolandia: aprender rápido, trabajar más que nadie, no quejarse nunca y ser voluntarios para todo. Y por supuesto, tragar mierda hasta reventar. Y así, a base de orgullo y de constancia, poco a poco, los cinco hombres perdidos en Mazar Sharif se hicieron respetar.
Un triste día se enteraron de la muerte de sus dos compañeros en Qualinao. De la pérdida de dos guardias civiles de aquellos veintidós que llegaron hace medio año, y de su intérprete. Y pensaron que el mejor homenaje que podían hacerles era que la bandera norteamericana que ondea en la base fuese sustituida, aquel día, por la española a media asta. Eso no se hace allí nunca, aunque a diario hay norteamericanos muertos, los franceses sufrieron numerosas bajas, y también caen holandeses y polacos. Así que el jefe de los guardias civiles, el comandante Rafael, fue a pedir permiso al jefe norteamericano. Accedió éste, aunque extrañado por la petición. Saliendo del despacho, el guardia civil se encontró con el jefe del contingente francés, quien dijo que a él y a sus hombres les parecía bien lo de la bandera. En ésas apareció otro norteamericano, el mayor James, que nunca se distinguió por su simpatía ni por su aprecio a los españoles, y con el que más de una vez hubo broncas. Preguntó James si los muertos de Qualinao eran guardias civiles como ellos, y luego se fue sin más comentarios.
A las ocho de la tarde, cuando fuera de los barracones apenas había vida, los cinco guardias se dirigieron a donde estaba la bandera. Formaron en silencio, solos en la explanada, cinco españoles en el culo del mundo: Rafael, Óscar, Rafa, Jesús y José. Cuando se disponían a arriar la enseña, apareció el teniente coronel francés con sus cuarenta gendarmes, que sin decir palabra formaron junto a ellos. Luego llegaron el mayor James, el teniente Williams y veinte marines norteamericanos. Y también los polacos y los holandeses. Hasta el pequeño grupo de Dyncorp, la empresa de seguridad privada americana destacada en Mazar Sharif, hizo acto de presencia. Todos se cuadraron en silencio alrededor de los cinco españoles, que para ese momento apretaban los dientes, firmes y con un nudo en la garganta.
Y entonces, sin himnos, cornetas, autoridades ni protocolo, el capitán Rafa y el sargento José arriaron despacio la bandera. Una historia de guerra nunca es moral, como dije antes. Si lo parece, no debemos creerla. Pero a veces resulta cierta. Entonces alienta la virtud y mejora a los hombres. Por eso la he contado hoy.
Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 12 de Septiembre de 2010
Base de Mazar Sharif, Afganistán. Cinco guardias civiles, de comandante a sargento, perdidos en el pudridero del mundo, formando a la policía afgana. Cinco guardias de veintidós llegados hace cinco meses y medio, desperdigados por una geografía hostil y cruel, en misión de alto riesgo, en una guerra a la que en España ningún Gobierno llamó guerra hasta hace cuatro días. Los cinco de Mazar Sharif, como el resto, eran gente acuchillada, porque lo da el oficio. Sabían desde el principio que a la Guardia Civil nunca se la llama para nada bueno. Y menos en Afganistán. Si lo que iban a hacer allí fuera fácil, seguro, cómodo o bien pagado, otros habrían ido en vez de ellos. Aun así, lo hicieron lo mejor que podían. Que era mucho. Atrincherados en una base con americanos, franceses, holandeses y polacos, vivían con el dedo en el gatillo, como en los antiguos fuertes de territorio indio. Igual que en los relatos de Kipling, pero sin romanticismo imperial ninguno. Sólo frío, calor, insolaciones, sueño, enfermedades, soledad. Peligro. Los únicos cinco españoles de la base, de la provincia y de todo el norte de Afganistán.
Ellos y sus compañeros habían llegado a la misión tarde y mal, aunque ésa es otra historia. Que la cuenten quienes deben contarla. Aun así, con la resignada disciplina casi suicida que caracteriza al guardia civil, se pusieron al tajo. Como era de esperar, no encontraron la mesa puesta. Quien estuvo por esos mundos con militares norteamericanos, holandeses y franceses, sabe de qué van las cosas. Sobre todo con los norteamericanos, que tienen a Dios sentado en el hombro como los piratas llevan el loro. Para hacerse un hueco entre sus aliados, distantes y despectivos al principio, no hubo otra que la vieja receta de Picolandia: aprender rápido, trabajar más que nadie, no quejarse nunca y ser voluntarios para todo. Y por supuesto, tragar mierda hasta reventar. Y así, a base de orgullo y de constancia, poco a poco, los cinco hombres perdidos en Mazar Sharif se hicieron respetar.
Un triste día se enteraron de la muerte de sus dos compañeros en Qualinao. De la pérdida de dos guardias civiles de aquellos veintidós que llegaron hace medio año, y de su intérprete. Y pensaron que el mejor homenaje que podían hacerles era que la bandera norteamericana que ondea en la base fuese sustituida, aquel día, por la española a media asta. Eso no se hace allí nunca, aunque a diario hay norteamericanos muertos, los franceses sufrieron numerosas bajas, y también caen holandeses y polacos. Así que el jefe de los guardias civiles, el comandante Rafael, fue a pedir permiso al jefe norteamericano. Accedió éste, aunque extrañado por la petición. Saliendo del despacho, el guardia civil se encontró con el jefe del contingente francés, quien dijo que a él y a sus hombres les parecía bien lo de la bandera. En ésas apareció otro norteamericano, el mayor James, que nunca se distinguió por su simpatía ni por su aprecio a los españoles, y con el que más de una vez hubo broncas. Preguntó James si los muertos de Qualinao eran guardias civiles como ellos, y luego se fue sin más comentarios.
A las ocho de la tarde, cuando fuera de los barracones apenas había vida, los cinco guardias se dirigieron a donde estaba la bandera. Formaron en silencio, solos en la explanada, cinco españoles en el culo del mundo: Rafael, Óscar, Rafa, Jesús y José. Cuando se disponían a arriar la enseña, apareció el teniente coronel francés con sus cuarenta gendarmes, que sin decir palabra formaron junto a ellos. Luego llegaron el mayor James, el teniente Williams y veinte marines norteamericanos. Y también los polacos y los holandeses. Hasta el pequeño grupo de Dyncorp, la empresa de seguridad privada americana destacada en Mazar Sharif, hizo acto de presencia. Todos se cuadraron en silencio alrededor de los cinco españoles, que para ese momento apretaban los dientes, firmes y con un nudo en la garganta.
Y entonces, sin himnos, cornetas, autoridades ni protocolo, el capitán Rafa y el sargento José arriaron despacio la bandera. Una historia de guerra nunca es moral, como dije antes. Si lo parece, no debemos creerla. Pero a veces resulta cierta. Entonces alienta la virtud y mejora a los hombres. Por eso la he contado hoy.
Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 12 de Septiembre de 2010
miércoles, 18 de agosto de 2010
EL VASCO QUE HUMILLÓ A LOS INGLESES
La escena contenía dos inexactitudes. Una era que Vernon no sólo no tomó Cartagena, sino que se retiró de allí tras recibir las suyas y las del pulpo. La otra consistía en que Blas de Lezo nunca habría podido postrarse, tender la mano implorante ni mirar desde abajo de esa manera, pues su pata de palo tenía poco juego de rodilla: había perdido una pierna a los 17 años en el combate naval de Vélez Málaga, un ojo tres años después en Tolón, y el brazo derecho en otro de los muchos combates navales que libró a lo largo de su vida. Aunque la mayor inexactitud de la medalla fue representarlo humillado, pues Don Blass no lo hizo nunca ante nadie. Sus compañeros de la Real Armada lo llamaban 'Medio hombre', por lo que quedaba de él; pero los cojones siempre los tuvo intactos y en su sitio. Como los del caballo de Espartero.
La vida de ese pasaitarra -mucho me sorprendería que figure en los libros escolares vascos, aunque todo puede ser- parece una novela de aventuras: combates navales, naufragios, abordajes, desembarcos. Luchó contra los holandeses, contra los ingleses, contra los piratas del Caribe y contra los berberiscos. En cierta ocasión, cercado por los angloholandeses, tuvo que incendiar varios de sus propios barcos para abrirse paso a través del fuego, a cañonazos. En sólo dos años, siendo capitán de fragata, hizo once presas de barcos de guerra enemigos, todos mayores de veinte cañones, entre ellos el navío inglés 'Stanhope'. En los mares americanos capturó otros seis barcos de guerra, mercantes aparte. También rescató de Génova un botín secuestrado de dos millones de pesos, y participó en la toma de Orán y en el posterior socorro de la ciudad. Después de ésas y otras muchas empresas, nombrado comandante general del apostadero naval de Cartagena de Indias, a los 54 años, y tras rechazar dos anteriores tentativas inglesas contra la ciudad, hizo frente a la fuerza de desembarco del almirante Vernon: 36 navíos de línea, 12 fragatas y varios brulotes y bombardas, 100 barcos de transporte y 39.000 hombres. Que se dice pronto.
He visto dos retratos de Edward Vernon, y en ambos -uno, pintado por Gainsborough- tiene aspecto de inglés relamido, arrogante y chulito.
Con esa vitola y esa cara, uno se explica que vendiera la piel antes de cazar el oso, haciendo acuñar por anticipado las medallas conmemorativas de la hazaña que estaba dispuesto a realizar. Pese a que a esas alturas de las guerras con España todos los marinos súbditos de Su Graciosa sabían cómo las gastaba Don Blass, el cantamañanas del almirante inglés dio la victoria por segura. Sabía que tras los muros de Cartagena, descuidados y medio en ruinas, sólo había un millar de soldados españoles, 300 milicianos, dos compañías de negros libres y 600 auxiliares indios armados con arcos y flechas. Así que bombardeó, desembarcó y se puso a la faena. Pero 'Medio hombre', fiel a lo que era, se defendió palmo a palmo, fuerte a fuerte, trinchera a trinchera, y los navíos bajo su mando se batieron como fieras protegiendo la entrada del puerto. Vendiendo carísimo el pellejo, bajo las bombas, volando los fuertes que debían abandonar y hundiendo barcos para obstruir cada paso, los españoles fueron replegándose hasta el recinto de la ciudad, donde resistieron todos los asaltos, con Blas de Lezo personándose a cada instante en un lugar y en otro, firme como una roca. Y al fin, tras arrojar 6.000 bombas y 18.000 balas de cañón sobre Cartagena y perder seis navíos y nueve mil hombres, incapaces de quebrar la resistencia, los ingleses se retiraron con el rabo entre las piernas, y el amigo Vernon se metió las medallas acuñadas en el ojete.
Blas de Lezo murió pocos meses después, a resultas de los muchos sufrimientos y las heridas del asedio, y el rey lo hizo marqués a título póstumo. Creo haberles dicho que era vasco. De Pasajes, hoy Pasaia. A tiro de piedra de San Sebastián. O sea, Donosti. Pues eso.
XLSemanal, 22 de agosto de 2010
martes, 15 de diciembre de 2009
Gibraltar Español.
Los guardias civiles son inocentes como criaturas. Tanto golpe de tricornio y bigotazo clásico, y luego salen pardillos vestidos de verde. A quién se le ocurre pedir instrucciones concretas al Gobierno español sobre cómo actuar en aguas próximas a Gibraltar, donde la Marina Real británica lleva tiempo acosándolos cuando sus Heineken se acercan a menos de tres millas del pedrusco, pese a que la colonia no tiene aguas jurisdiccionales. Cada vez que una lancha picolina anda por allí persiguiendo a narcotraficantes y demás gentuza, los de la Navy salen en plan flamenco a decirle que o ahueca el ala o se monta un desparrame, mientras la embajada británica denuncia «inaceptable violación de soberanía». Para más choteo, la marina de Su Graciosa usa boyas con la bandera española en sus prácticas de tiro, a fin de motivarse. Cada vez, nuestros sufridos guardias, «para evitar males mayores y siguiendo instrucciones», no tienen otra que dar media vuelta y enseñar la popa. Y claro. Como el papel es poco gallardo, algunas asociaciones profesionales de Picolandia piden que esas instrucciones se den de forma clara, para saber a qué atenerse. Porque hasta ahora, la única recibida de sus mandos es la de «seguir patrullando por las mismas aguas, pero evitar conflictos mayores». O sea, largarse de allí cada vez que los ingleses lo exijan. Que es cuando a éstos les sale del pitorro.
La verdad. No he hablado últimamente con el ministro Moratinos, ni con el ministro Pérez Rubalcaba. Ni últimamente, ni en mi puta vida. Pero eso no es obstáculo, u óbice, para que desde esta página me sienta cualificado –como cualquiera de ustedes– para despejar la incógnita que atormenta a nuestros picolinos náuticos. ¿Cuándo el ministerio español de Exteriores va a dar un puñetazo en la mesa?, preguntan. Y la respuesta es elemental, querido Watson. Nunca. Suponer a un ministro español dando puñetazos en una mesa inglesa, o somalí, requiere imaginación excesiva. Las instrucciones a la Guardia Civil puedo darlas yo mismo: obedecer toda intimación británica y no buscarle problemas al Gobierno, a riesgo de que los guardias chulitos acaben destinados forzosos en Bermeo, o por allí. Porque si insisten, y los detienen los ingleses, y se les ocurre resistirse a la detención, para qué le voy a contar, cabo Sánchez. Sujétese la teresiana. La instrucción, que ya regía en pleno esplendor cuando gobernaba el Pepé –a ése también se la endiñaban bien–, vale para todo incidente imaginable: desde ametrallamiento de bandera, a copita y puro de la Navy con las zódiacs de los narcos, pasando por submarinos nucleares con tubo de escape chungo y paradas navales con banda de música y majorettes. Por el mismo precio también incluye la opción de desembarco de los Royal Marines de maniobras en las playas de La Línea, como ocurrió hace unos años, y la sodomización sistemática de los agentes del servicio marítimo de la Guardia Civil o de Vigilancia Aduanera a quienes la marina inglesa, al mirarlos con prismáticos, encuentre atractivos. Todo sea por evitar conflictos mayores.
Y ahora, una vez claras las instrucciones –luego no digan que no son concretas–, una sugerencia: podríamos dejarnos ya de mascaradas. De teatro estúpido que ofende la inteligencia del personal, guardias civiles incluidos. Gibraltar no va a ser devuelto a España jamás, y ninguno de los gobiernos pasados, presentes ni futuros de este país miserable, con el Estado sometido a demolición sistemática y los ciudadanos en absoluta indefensión, está capacitado para sostener reivindicación ninguna, ni en Gibraltar ni en Móstoles. Y no es ya que los gibraltareños abominen de ser españoles. En esta España incierta y analfabeta, desgobernada desde hace siglos por sinvergüenzas que han hecho de ella su puerco negocio, lo que desearíamos algunos es ser gibraltareños, o franceses, o ingleses. Lo que sea, con tal de escapar de esta trampa. Huir de tanta impotencia, tanta ineptitud, tanta demagogia, tanto oportunismo y tanta mierda. Largarnos a cualquier sitio normal, donde no se te caiga la cara de vergüenza cuando ves el telediario. Lejos de esta sociedad apática, acrítica, suicida, históricamente enferma.
Podrían dejarse de cuentos chinos. Reconocer que España es el payaso de Europa, y que Gibraltar pertenece a quienes desde hace tres siglos lo defienden con eficacia, en buena parte porque nadie ha sabido disputárselo. Y porque la Costa del Sol, donde los gibraltareños y sus compadres británicos tienen las casas, el dinero y los negocios, se nutre de la colonia; y sin ésta esa tierra sería un escenario más, como tantos, de paro y miseria. Así que declaremos Gibraltar inglés de una maldita vez. Acabemos con este sainete imbécil, asumiendo los hechos. La Historia demuestra que la razón es de quien tiene el coraje de sostenerla. Nunca de las ratas cobardes, escondidas en su albañal mientras otros tiran de la cadena.
XLSemanal, 13 de Diciembre de 2009
La verdad. No he hablado últimamente con el ministro Moratinos, ni con el ministro Pérez Rubalcaba. Ni últimamente, ni en mi puta vida. Pero eso no es obstáculo, u óbice, para que desde esta página me sienta cualificado –como cualquiera de ustedes– para despejar la incógnita que atormenta a nuestros picolinos náuticos. ¿Cuándo el ministerio español de Exteriores va a dar un puñetazo en la mesa?, preguntan. Y la respuesta es elemental, querido Watson. Nunca. Suponer a un ministro español dando puñetazos en una mesa inglesa, o somalí, requiere imaginación excesiva. Las instrucciones a la Guardia Civil puedo darlas yo mismo: obedecer toda intimación británica y no buscarle problemas al Gobierno, a riesgo de que los guardias chulitos acaben destinados forzosos en Bermeo, o por allí. Porque si insisten, y los detienen los ingleses, y se les ocurre resistirse a la detención, para qué le voy a contar, cabo Sánchez. Sujétese la teresiana. La instrucción, que ya regía en pleno esplendor cuando gobernaba el Pepé –a ése también se la endiñaban bien–, vale para todo incidente imaginable: desde ametrallamiento de bandera, a copita y puro de la Navy con las zódiacs de los narcos, pasando por submarinos nucleares con tubo de escape chungo y paradas navales con banda de música y majorettes. Por el mismo precio también incluye la opción de desembarco de los Royal Marines de maniobras en las playas de La Línea, como ocurrió hace unos años, y la sodomización sistemática de los agentes del servicio marítimo de la Guardia Civil o de Vigilancia Aduanera a quienes la marina inglesa, al mirarlos con prismáticos, encuentre atractivos. Todo sea por evitar conflictos mayores.
Y ahora, una vez claras las instrucciones –luego no digan que no son concretas–, una sugerencia: podríamos dejarnos ya de mascaradas. De teatro estúpido que ofende la inteligencia del personal, guardias civiles incluidos. Gibraltar no va a ser devuelto a España jamás, y ninguno de los gobiernos pasados, presentes ni futuros de este país miserable, con el Estado sometido a demolición sistemática y los ciudadanos en absoluta indefensión, está capacitado para sostener reivindicación ninguna, ni en Gibraltar ni en Móstoles. Y no es ya que los gibraltareños abominen de ser españoles. En esta España incierta y analfabeta, desgobernada desde hace siglos por sinvergüenzas que han hecho de ella su puerco negocio, lo que desearíamos algunos es ser gibraltareños, o franceses, o ingleses. Lo que sea, con tal de escapar de esta trampa. Huir de tanta impotencia, tanta ineptitud, tanta demagogia, tanto oportunismo y tanta mierda. Largarnos a cualquier sitio normal, donde no se te caiga la cara de vergüenza cuando ves el telediario. Lejos de esta sociedad apática, acrítica, suicida, históricamente enferma.
Podrían dejarse de cuentos chinos. Reconocer que España es el payaso de Europa, y que Gibraltar pertenece a quienes desde hace tres siglos lo defienden con eficacia, en buena parte porque nadie ha sabido disputárselo. Y porque la Costa del Sol, donde los gibraltareños y sus compadres británicos tienen las casas, el dinero y los negocios, se nutre de la colonia; y sin ésta esa tierra sería un escenario más, como tantos, de paro y miseria. Así que declaremos Gibraltar inglés de una maldita vez. Acabemos con este sainete imbécil, asumiendo los hechos. La Historia demuestra que la razón es de quien tiene el coraje de sostenerla. Nunca de las ratas cobardes, escondidas en su albañal mientras otros tiran de la cadena.
XLSemanal, 13 de Diciembre de 2009
jueves, 19 de noviembre de 2009
"MÁRQUEZ"
Es el cámara de televisión más valiente que conocí. Y eso que tuve el privilegio de trabajar con unos cuantos. Tenía la sangre fría y el pulso de hierro, el cabrón, hasta el punto de que a veces, cuando estábamos ganándonos el jornal, yo tenía que decirle que moviera un poquito la cámara o se agachara porque, si no, nadie creería que estuviese grabando de verdad aquello de cerca, sin trípode y de pie. Recuerdo que una vez, en un sitio llamado Gorne Radici, se mosqueó mucho porque, en vista de que no se movía cuando cascaban cebollazos, yo intentaba empujarlo disimuladamente para que no sacara los planos tan perfectos. Se rebotó con aquello y empezamos a discutir en mitad del pifostio, y pasamos el resto de la mañana, yo dándole empujoncitos cada vez que nos arrimaban candela, y él apartándose de mí y diciendo que me iba a calzar una hostia, mientras los de las escopetas que andaban pegando tiros nos miraban como si estuviéramos majaras.
De Vietnam a los Balcanes pasando por la plaza de Tiannanmen, la biografía de Jose Luis Márquez cubre más de un cuarto de siglo de historia bélica. De conmociones internacionales que abrieron telediarios. Tuve la suerte de trabajar a su lado muchas veces, en especial durante la larga guerra de los Balcanes. Con él pasé en Mostar mi última Navidad como reportero, la del año 93. Creo que nunca respeté tanto a nadie. Y no fui el único. Ese fulano gruñón, compacto y duro, de ojos azules y jeta impasible, con su voz de carraca vieja y su sempiterno cigarrillo colgado en la boca, era y es una leyenda en el mundo de los reporteros gráficos internacionales. Yo mismo vi, después de que grabara unas imágenes de belleza y horror perfectos –a veces una cosa y otra eran compatibles, pues no siempre lo peor es la sangre– en un lugar llamado Kukunjevac, acudir a la sala de montaje a los más fogueados cámaras de las televisiones internacionales para contemplar su trabajo, admirados. «Es la guerra de verdad», comentó Rust, de la CNN. Y por Dios lo era.
Ustedes mismos, quienes veían aquellos telediarios, recordarán otro de sus momentos de gloria profesional, pues unas imágenes suyas dieron la vuelta al mundo, emitidas cientos de veces: un croata tumbado en el suelo, intentando acertarle con un lanzagranadas a un tanque serbio, en Vukovar, mientras las balas trazadoras que disparaba el tanque pegaban en el asfalto alrededor, entre las piernas de Márquez; que, de pie junto al soldado, grababa la escena. Luego, un impacto en una pierna del soldado, éste saltando a la pata coja, las manos del reportero que estaba con Márquez metiéndole un paquete de kleenex al herido en el agujero de bala para taponar la hemorragia, y en ese momento, pumba, un zambombazo que hizo a herido y reportero buscar resguardo a toda leche, mientras el cámara, que seguía grabándolo todo de pie y sin inmutarse, se limitaba a pulsar la tecla de zoom abriendo a plano general.
Se jubiló hace algún tiempo de la tele. Nos vemos de vez en cuando, o hablamos por teléfono con esa bronca aspereza que era, y sigue siendo, nuestra manera de ser amigos. Vete a tomar por saco. Mamón. Etcétera. Nunca hablamos entre nosotros de batallitas, ni falta que hace. Como mucho, recordamos a Miguel Gil Moreno, a Julio Fuentes y a los otros compadres que dejaron de fumar. Cuando me pasé del todo a la tecla, escribí Territorio Comanche y dediqué el libro al puente de Petrinja y a Márquez –Carmelo Gómez lo encarnó de maravilla en la película de Gerardo Herrero–, los jefes de la tele quisieron vengarse en él, pues yo estaba fuera de su línea de tiro. Lo pusieron a hacer guardias en la puerta de la Audiencia Nacional. Es la única vez en mi vida que he usado el teléfono para algo así: llamé a Ramón Colom, director de TVE, y le dije que, si no lo dejaban en paz, igual me daba por escribir sobre otros territorios y sus habitantes, y entonces nos íbamos a reír mucho, todos. Ramón captó el mensaje, cumplió como un caballero, y Márquez volvió a sus guerras: Kosovo, Chechenia, Iraq y todo eso. Luego aceptó la jubilación anticipada, y ahora vive junto al mar, con un enano que, estoy seguro, tiene la misma cara de rubio cabrón, la voz de carraca y la mala leche que su padre.
Sólo una vez en veintiún años lo vi moquear. No trabajando, pues ya he dicho que era impasible. Se lo comía todo para sí, y al acabar el curro dejaba la cámara en el suelo, se sentaba en cuclillas con la espalda contra la pared y encendía un pitillo en silencio. Decía que cuando se jubilara iba a comprarse un Rolex, y decidí adelantarme gracias a los derechos de autor de Territorio Comanche. Una noche lo invité a cenar un chuletón en El Schotis, en la Cava Baja de Madrid, y le tiré el reloj sobre la mesa. «Toma, gilipollas», dije. Se lo quedó mirando, sin tocarlo, y sólo dijo dos veces: «En mi puta vida». Fue entonces cuando lloró. No mucho, claro. Una lagrimita de nada. Estamos hablando de Márquez.
De Vietnam a los Balcanes pasando por la plaza de Tiannanmen, la biografía de Jose Luis Márquez cubre más de un cuarto de siglo de historia bélica. De conmociones internacionales que abrieron telediarios. Tuve la suerte de trabajar a su lado muchas veces, en especial durante la larga guerra de los Balcanes. Con él pasé en Mostar mi última Navidad como reportero, la del año 93. Creo que nunca respeté tanto a nadie. Y no fui el único. Ese fulano gruñón, compacto y duro, de ojos azules y jeta impasible, con su voz de carraca vieja y su sempiterno cigarrillo colgado en la boca, era y es una leyenda en el mundo de los reporteros gráficos internacionales. Yo mismo vi, después de que grabara unas imágenes de belleza y horror perfectos –a veces una cosa y otra eran compatibles, pues no siempre lo peor es la sangre– en un lugar llamado Kukunjevac, acudir a la sala de montaje a los más fogueados cámaras de las televisiones internacionales para contemplar su trabajo, admirados. «Es la guerra de verdad», comentó Rust, de la CNN. Y por Dios lo era.
Ustedes mismos, quienes veían aquellos telediarios, recordarán otro de sus momentos de gloria profesional, pues unas imágenes suyas dieron la vuelta al mundo, emitidas cientos de veces: un croata tumbado en el suelo, intentando acertarle con un lanzagranadas a un tanque serbio, en Vukovar, mientras las balas trazadoras que disparaba el tanque pegaban en el asfalto alrededor, entre las piernas de Márquez; que, de pie junto al soldado, grababa la escena. Luego, un impacto en una pierna del soldado, éste saltando a la pata coja, las manos del reportero que estaba con Márquez metiéndole un paquete de kleenex al herido en el agujero de bala para taponar la hemorragia, y en ese momento, pumba, un zambombazo que hizo a herido y reportero buscar resguardo a toda leche, mientras el cámara, que seguía grabándolo todo de pie y sin inmutarse, se limitaba a pulsar la tecla de zoom abriendo a plano general.
Se jubiló hace algún tiempo de la tele. Nos vemos de vez en cuando, o hablamos por teléfono con esa bronca aspereza que era, y sigue siendo, nuestra manera de ser amigos. Vete a tomar por saco. Mamón. Etcétera. Nunca hablamos entre nosotros de batallitas, ni falta que hace. Como mucho, recordamos a Miguel Gil Moreno, a Julio Fuentes y a los otros compadres que dejaron de fumar. Cuando me pasé del todo a la tecla, escribí Territorio Comanche y dediqué el libro al puente de Petrinja y a Márquez –Carmelo Gómez lo encarnó de maravilla en la película de Gerardo Herrero–, los jefes de la tele quisieron vengarse en él, pues yo estaba fuera de su línea de tiro. Lo pusieron a hacer guardias en la puerta de la Audiencia Nacional. Es la única vez en mi vida que he usado el teléfono para algo así: llamé a Ramón Colom, director de TVE, y le dije que, si no lo dejaban en paz, igual me daba por escribir sobre otros territorios y sus habitantes, y entonces nos íbamos a reír mucho, todos. Ramón captó el mensaje, cumplió como un caballero, y Márquez volvió a sus guerras: Kosovo, Chechenia, Iraq y todo eso. Luego aceptó la jubilación anticipada, y ahora vive junto al mar, con un enano que, estoy seguro, tiene la misma cara de rubio cabrón, la voz de carraca y la mala leche que su padre.
Sólo una vez en veintiún años lo vi moquear. No trabajando, pues ya he dicho que era impasible. Se lo comía todo para sí, y al acabar el curro dejaba la cámara en el suelo, se sentaba en cuclillas con la espalda contra la pared y encendía un pitillo en silencio. Decía que cuando se jubilara iba a comprarse un Rolex, y decidí adelantarme gracias a los derechos de autor de Territorio Comanche. Una noche lo invité a cenar un chuletón en El Schotis, en la Cava Baja de Madrid, y le tiré el reloj sobre la mesa. «Toma, gilipollas», dije. Se lo quedó mirando, sin tocarlo, y sólo dijo dos veces: «En mi puta vida». Fue entonces cuando lloró. No mucho, claro. Una lagrimita de nada. Estamos hablando de Márquez.
lunes, 26 de octubre de 2009
Se puede decir más alto...
"La milicia no es angélica"
Creo que alguien debería explicarle a la ministra de Defensa lo que es un soldado. Me refiero a uno de esos que desfilaron hace un par de semanas con casco y escopeta. Es cierto que la ministra tiene alrededor, en cada foto, un montón de generales y uniformados varios que podrían explicárselo perfectamente. Pero tengo la impresión de que no se expresan bien; tal vez porque a medida que asciendes, te suben el sueldo y te acercas a la jubilación, uno suele volverse menos elocuente. Con lo fácil que sería, por otra parte, abrirle a la titular del ramo el diccionario de la RAE por la palabra soldado, mostrarle que significa persona que sirve en la milicia, llevarla luego a la palabra milicia y hacerle leer algo que no admite equívocos: (Del latín militia. Femenino). 1. Arte de hacer la guerra y de disciplinar a los soldados para ella. 2. Servicio o profesión militar. 3. Tropa o gente de guerra. Es cierto que hay una cuarta acepción: coros de los ángeles, que lleva como ejemplo la milicia angélica. Pero cuidado. Que no se haga ilusiones la ministra. Ahí ya estamos hablando de otra cosa.
Lo que no dice el diccionario, desde luego, es tropa o gente de paz. En sentido recto, soldado remite a lo que debe: un fulano disponible para matar y que lo maten en guerras defensivas u ofensivas. Alguien que por patriotismo, obligación, dinero o lo que estime oportuno, está entrenado para escabechar a sus semejantes; procurando que palmen más fulanos del otro bando que del suyo. El lado turbio del oficio –matarife, a fin de cuentas– se compensa con otros aspectos respetables: disciplina, disposición a soportar penalidades y miserias, y el sacrificio singular de exponerse al dolor, la mutilación y la muerte. Hay gente a la que no le gusta ese paisaje, y desde un punto de vista tan digno como su opuesto defiende la desaparición de soldados y ejércitos, en favor de un mundo ideal –y me temo que imposible– donde la palabra soldado sea un anacronismo. Otros, más realistas, admiten que la existencia de soldados profesionales, que sirven de modo voluntario y aceptan los riesgos del oficio, es necesaria en un mundo imperfecto y violento como el nuestro.
En todo caso, la palabra humanitario nada tiene que ver. Eso no corresponde a los soldados, sino a las organizaciones y oenegés adecuadas. A ellas corresponde poner tiritas, repartir agua embotellada y socorrer a los parias de la tierra. Por el contrario, la misión básica de los soldados –considerando la convención de Ginebra y la conciencia de cada cual– es hacer todo el daño posible al enemigo. Matarlo mucho y bien, inspirarle temor y vencerlo, disuadiéndolo de intentarlo de nuevo. Los soldados no fueron ideados para otra paz que la impuesta por sus bayonetas, ni para inspirar afecto, sino temor. Incluso en una misión de paz se trata de pacificar a hostias, si hace falta. Llegado el caso, lo que se espera de ellos es eficacia letal; de un modo compatible, dentro de lo que cabe en su sangriento oficio, con la decencia y la piedad, cuando se pueda. Que maten más y mejor que nadie, de manera que los intereses de su patria natural o adoptiva, o de la paz ajena que defienden, sean respetados por otros. Eso significa eficacia y ausencia de complejos. Por eso, llegados a tales extremos, las palabras soldado y misión humanitaria pueden ser no sólo incompatibles, sino confusas y hasta mortales.
Es lo que ocurre en España. Incapaces de conciliar de modo inteligente la necesidad de un ejército con la tendencia pacifista de la sociedad occidental actual, nuestros gobernantes –eso incluye al Pesoe como al Pepé– intentan lo imposible: unas fuerzas armadas desarmadas compuestas por soldados humanitarios, cuyo objetivo no es hacer la guerra sino la paz, y a los que se respeta más cuando se dejan matar que cuando matan. Esa imbecilidad se desmorona cuando lo real se presenta en forma de mina, emboscada o combate, y las familias largan en el telediario, con toda razón, que nadie les habló de guerra, y que su chico no fue a que le volaran los huevos, sino a repartir leche condensada. Es entonces cuando la ministra o ministro de guardia en esta charlotada bélico humanitaria del Bombero Torero, atrapados en su propia incongruencia, se adornan con media verónica ahuecando la voz y poniéndose estupendos mientras hablan de la deuda que España tiene con los difuntos y difuntas. Haciendo, además, que éstos queden como pardillos, al negarles incluso la palabra guerra; que, por políticamente incorrecta que sea, es la única que explica una muerte en combate. Cuando en un ejército profesional, voluntario, las familias protestan y se dicen engañadas si sus chicos mueren, alguien no se ha explicado bien. O no tenemos soldados, o los tenemos. Y si los tenemos, es para que palmen sin rechistar cuando les toque. No para que la ministra de Defensa –y sigo sin saber lo que defiende– venga a decirnos, con voz trémula y solemne, que acaban de matar a un cervatillo en el bosque de Bambi.
ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 25 de Octubre de 2009
Creo que alguien debería explicarle a la ministra de Defensa lo que es un soldado. Me refiero a uno de esos que desfilaron hace un par de semanas con casco y escopeta. Es cierto que la ministra tiene alrededor, en cada foto, un montón de generales y uniformados varios que podrían explicárselo perfectamente. Pero tengo la impresión de que no se expresan bien; tal vez porque a medida que asciendes, te suben el sueldo y te acercas a la jubilación, uno suele volverse menos elocuente. Con lo fácil que sería, por otra parte, abrirle a la titular del ramo el diccionario de la RAE por la palabra soldado, mostrarle que significa persona que sirve en la milicia, llevarla luego a la palabra milicia y hacerle leer algo que no admite equívocos: (Del latín militia. Femenino). 1. Arte de hacer la guerra y de disciplinar a los soldados para ella. 2. Servicio o profesión militar. 3. Tropa o gente de guerra. Es cierto que hay una cuarta acepción: coros de los ángeles, que lleva como ejemplo la milicia angélica. Pero cuidado. Que no se haga ilusiones la ministra. Ahí ya estamos hablando de otra cosa.
Lo que no dice el diccionario, desde luego, es tropa o gente de paz. En sentido recto, soldado remite a lo que debe: un fulano disponible para matar y que lo maten en guerras defensivas u ofensivas. Alguien que por patriotismo, obligación, dinero o lo que estime oportuno, está entrenado para escabechar a sus semejantes; procurando que palmen más fulanos del otro bando que del suyo. El lado turbio del oficio –matarife, a fin de cuentas– se compensa con otros aspectos respetables: disciplina, disposición a soportar penalidades y miserias, y el sacrificio singular de exponerse al dolor, la mutilación y la muerte. Hay gente a la que no le gusta ese paisaje, y desde un punto de vista tan digno como su opuesto defiende la desaparición de soldados y ejércitos, en favor de un mundo ideal –y me temo que imposible– donde la palabra soldado sea un anacronismo. Otros, más realistas, admiten que la existencia de soldados profesionales, que sirven de modo voluntario y aceptan los riesgos del oficio, es necesaria en un mundo imperfecto y violento como el nuestro.
En todo caso, la palabra humanitario nada tiene que ver. Eso no corresponde a los soldados, sino a las organizaciones y oenegés adecuadas. A ellas corresponde poner tiritas, repartir agua embotellada y socorrer a los parias de la tierra. Por el contrario, la misión básica de los soldados –considerando la convención de Ginebra y la conciencia de cada cual– es hacer todo el daño posible al enemigo. Matarlo mucho y bien, inspirarle temor y vencerlo, disuadiéndolo de intentarlo de nuevo. Los soldados no fueron ideados para otra paz que la impuesta por sus bayonetas, ni para inspirar afecto, sino temor. Incluso en una misión de paz se trata de pacificar a hostias, si hace falta. Llegado el caso, lo que se espera de ellos es eficacia letal; de un modo compatible, dentro de lo que cabe en su sangriento oficio, con la decencia y la piedad, cuando se pueda. Que maten más y mejor que nadie, de manera que los intereses de su patria natural o adoptiva, o de la paz ajena que defienden, sean respetados por otros. Eso significa eficacia y ausencia de complejos. Por eso, llegados a tales extremos, las palabras soldado y misión humanitaria pueden ser no sólo incompatibles, sino confusas y hasta mortales.
Es lo que ocurre en España. Incapaces de conciliar de modo inteligente la necesidad de un ejército con la tendencia pacifista de la sociedad occidental actual, nuestros gobernantes –eso incluye al Pesoe como al Pepé– intentan lo imposible: unas fuerzas armadas desarmadas compuestas por soldados humanitarios, cuyo objetivo no es hacer la guerra sino la paz, y a los que se respeta más cuando se dejan matar que cuando matan. Esa imbecilidad se desmorona cuando lo real se presenta en forma de mina, emboscada o combate, y las familias largan en el telediario, con toda razón, que nadie les habló de guerra, y que su chico no fue a que le volaran los huevos, sino a repartir leche condensada. Es entonces cuando la ministra o ministro de guardia en esta charlotada bélico humanitaria del Bombero Torero, atrapados en su propia incongruencia, se adornan con media verónica ahuecando la voz y poniéndose estupendos mientras hablan de la deuda que España tiene con los difuntos y difuntas. Haciendo, además, que éstos queden como pardillos, al negarles incluso la palabra guerra; que, por políticamente incorrecta que sea, es la única que explica una muerte en combate. Cuando en un ejército profesional, voluntario, las familias protestan y se dicen engañadas si sus chicos mueren, alguien no se ha explicado bien. O no tenemos soldados, o los tenemos. Y si los tenemos, es para que palmen sin rechistar cuando les toque. No para que la ministra de Defensa –y sigo sin saber lo que defiende– venga a decirnos, con voz trémula y solemne, que acaban de matar a un cervatillo en el bosque de Bambi.
ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 25 de Octubre de 2009
sábado, 26 de septiembre de 2009
LA MOCHILA DE JIM HAWKINS
LA MOCHILA DE JIM HAWKINS
18 de junio de 2008
En las jornadas ‘Lecciones y maestros’
Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Santillana del Mar, Cantabria.

18 de junio de 2008
En las jornadas ‘Lecciones y maestros’
Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Santillana del Mar, Cantabria.
Antes que nada, una precisión: hay escritores y novelistas. Ambos términos son respetables, pero, a mi juicio, no siempre significan lo mismo. No todo escritor es novelista, aunque algún escritor crea que sí lo es, o que puede serlo. Yo escribo novelas, estoy aquí hoy como novelista, y la función de mi escritura, mi móvil, es contar historias. A través de esas historias, por supuesto, transmito una interpretación del mundo. Lo que cuenta es la confrontación del lector con ese punto de vista, que lo acepte o no lo acepte, que el lector asuma las reglas del viejo contrato: esto es una ficción, más o menos real, más o menos compleja, y de ti depende lo que hagas con ella. Yo suministro materiales narrativos, sociales, estéticos, morales, etcétera. Respondo de la honradez profesional con que han sido estructurados.
Ése es mi compromiso: contar una historia de forma eficaz. Pero cuando el lector pasa las páginas y proyecta en mi novela su mundo, su vida, sus lecturas anteriores, su ideología, eso ya no es cosa mía. Mi libro es ahora su libro. Que le divierta un rato o que cambie su vida ya no es asunto mío. Escribí lo que quería porque me gusta escribir, porque así vivo otras vidas además de la mía, porque ajusto cuentas con el mundo, porque me pagan, por lo que sea. Y me leen porque quieren leerme. Mi responsabilidad termina en el momento en que entrego el mejor texto posible a mi editor. He dicho alguna vez en público que no quiero ser referente moral ni partero intelectual de nadie.
Admiro a quienes lo son sin pretenderlo, respeto a quienes lo procuran con merecimientos, y desprecio a quienes lo pretenden sin fundamento, pero yo estoy fuera. Cuento historias, las que me apetecen, las que creo conveniente contar, y lo hago sin sentarme cada día a trabajar con el pesado fardo de la responsabilidad moral de autor o artista sobre los hombros. Soy un leal mercenario de mí mismo, de mis gustos, de mis aficiones, de mis sueños, de mi imaginación, de mis amores y de mis odios. No soy un teórico, ni tengo dogmas que transmitir, ni he sido tocado por la gracia. Escribo novelas y la gente las lee. De momento. Detalle que me permite vivir de esto y seguir escribiendo más novelas. Y debo decir que si estas jornadas se llamaran ‘La literatura ante el nuevo milenio’, ‘El futuro de la novela’ o algo así, yo no estaría aquí. No sé cuál es el futuro de la novela, y la verdad es que me importa un rábano el futuro de la novela. Hay ya suficientes novelas, buenas novelas, escritas, para que yo pueda leer y releer el resto de mi vida sin que nadie, ni yo mismo, escriba una sola línea más. El que quiera, que vaya y las lea, y si no las leen, tampoco pasa nada. Nunca entendí muy bien esa obsesión de algunos por que los demás lean. Tal y como están las cosas, cuanto menos mejor: menos ruido, y menos colas, y menos chicles pegados en el suelo habrá en las bibliotecas. Como dice mi amigo Pepe Perona, maestro de gramática, cuantos menos seamos, más nos reiremos cuando los bárbaros lleguen -o regresen- de una vez. Y los bárbaros llegarán. Como decía uno que hacía versos, 'traen soluciones, después de todo'.
En cuanto al presente, la teoría literaria, la crisis o el auge de la narrativa, de la creación artística y todo eso, también me importan poco. No sé por qué no hay lectores para algunos que se lamentan de no tenerlos, ni sé por qué los hay para otros. Yo tengo lectores, y me alegro. La vida a veces se porta bien, y no me quejo. Pero he dicho varias veces, y quiero repetirlo, que yo no soy más que un novelista accidental. Lo que soy en realidad es un lector contumaz, que incluso cuando escribe lo que hace en realidad es leer una vez más. Leer de un modo particular tal vez, releer los libros que amé y que amo, amueblarme el mundo a la luz de mi vida y de mis sueños con todos aquellos libros que me permitieron precisamente vivir mi vida y avivaron mis sueños, con los libros que son mi verdadera patria y mi memoria, los que me permitieron ordenar el espacio, y el tiempo que me queda. Aquí, en lo mío, no hay mucho arte. A lo mejor ése es el problema, que hay demasiada gente que se toma la novela como un arte, incluso como una misión sagrada, y no como lo que algunos entendemos que es: un noble oficio, con algo tal vez de inspiración, de arte quizá, o de talento, y una gran parte -la mayor- de disciplina y de trabajo. Crear mundos complejos y verosímiles y ponerlos en circulación. El lado solemne de la literatura prefiero dejárselo a gente que se pone de perfil ante el espejo de la crítica, las mesas redondas y las tertulias literarias, y a algunos que viven del cuento de contar no cómo son, sino cómo deberían ser los libros que escriben otros. Los libros que ellos, naturalmente, escribirían con suma facilidad si quisieran. Lo que pasa es que no quieren. Yo sí quiero. Cuando no estoy por ahí me levanto a las siete de la mañana, hago ejercicio, me doy una ducha y trabajo entre ocho y diez horas diarias. A mí lo que me preocupa es resolver con eficacia mis propios problemas narrativos, y eso es algo que resuelvo escribiendo, buscándole las vueltas, releyendo y subrayando a la gente que supo hacerlo bien. Eso me ocupa el tiempo suficiente como para no ir por ahí explicando a los demás cómo tienen que hacer las cosas ni al lector lo que debe o no debe leer, entre otras cosas porque no hay un método ni un sistema para escribir ni tampoco para leer. Uno debe leer o escribir o leer lo que le apetezca y como le apetezca, y atenerse a las consecuencias. Desde mi punto de vista, que a lo mejor no es objetivo ni extraordinario, pero es el único que tengo, escribir una novela es contar una historia, o sea, resolver un problema narrativo buscando el camino más eficaz para conducir al lector del punto A, que es el planteamiento, al punto C, que es el desenlace, pasando por el B, que es el nudo. Asquerosamente clásico, ya sé, pero hasta la fecha no creo que se haya inventado nada mejor, sobre todo si se acompaña con los puntos, las comas y los puntos y coma en su sitio. Un problema narrativo, decía. Y cuando tengo problemas narrativos que resolver no desnudo mi alma en las entrevistas, ni le echo la culpa al desfallecimiento creativo, ni intento justificarme diciendo que el público es imbécil, ni ataco a Javier Marías o a Mario Vargas Llosa porque en vez de esto escriben aquello, ni me quejo de que el mundo no me comprende.
Ése es mi compromiso: contar una historia de forma eficaz. Pero cuando el lector pasa las páginas y proyecta en mi novela su mundo, su vida, sus lecturas anteriores, su ideología, eso ya no es cosa mía. Mi libro es ahora su libro. Que le divierta un rato o que cambie su vida ya no es asunto mío. Escribí lo que quería porque me gusta escribir, porque así vivo otras vidas además de la mía, porque ajusto cuentas con el mundo, porque me pagan, por lo que sea. Y me leen porque quieren leerme. Mi responsabilidad termina en el momento en que entrego el mejor texto posible a mi editor. He dicho alguna vez en público que no quiero ser referente moral ni partero intelectual de nadie.
Admiro a quienes lo son sin pretenderlo, respeto a quienes lo procuran con merecimientos, y desprecio a quienes lo pretenden sin fundamento, pero yo estoy fuera. Cuento historias, las que me apetecen, las que creo conveniente contar, y lo hago sin sentarme cada día a trabajar con el pesado fardo de la responsabilidad moral de autor o artista sobre los hombros. Soy un leal mercenario de mí mismo, de mis gustos, de mis aficiones, de mis sueños, de mi imaginación, de mis amores y de mis odios. No soy un teórico, ni tengo dogmas que transmitir, ni he sido tocado por la gracia. Escribo novelas y la gente las lee. De momento. Detalle que me permite vivir de esto y seguir escribiendo más novelas. Y debo decir que si estas jornadas se llamaran ‘La literatura ante el nuevo milenio’, ‘El futuro de la novela’ o algo así, yo no estaría aquí. No sé cuál es el futuro de la novela, y la verdad es que me importa un rábano el futuro de la novela. Hay ya suficientes novelas, buenas novelas, escritas, para que yo pueda leer y releer el resto de mi vida sin que nadie, ni yo mismo, escriba una sola línea más. El que quiera, que vaya y las lea, y si no las leen, tampoco pasa nada. Nunca entendí muy bien esa obsesión de algunos por que los demás lean. Tal y como están las cosas, cuanto menos mejor: menos ruido, y menos colas, y menos chicles pegados en el suelo habrá en las bibliotecas. Como dice mi amigo Pepe Perona, maestro de gramática, cuantos menos seamos, más nos reiremos cuando los bárbaros lleguen -o regresen- de una vez. Y los bárbaros llegarán. Como decía uno que hacía versos, 'traen soluciones, después de todo'.
En cuanto al presente, la teoría literaria, la crisis o el auge de la narrativa, de la creación artística y todo eso, también me importan poco. No sé por qué no hay lectores para algunos que se lamentan de no tenerlos, ni sé por qué los hay para otros. Yo tengo lectores, y me alegro. La vida a veces se porta bien, y no me quejo. Pero he dicho varias veces, y quiero repetirlo, que yo no soy más que un novelista accidental. Lo que soy en realidad es un lector contumaz, que incluso cuando escribe lo que hace en realidad es leer una vez más. Leer de un modo particular tal vez, releer los libros que amé y que amo, amueblarme el mundo a la luz de mi vida y de mis sueños con todos aquellos libros que me permitieron precisamente vivir mi vida y avivaron mis sueños, con los libros que son mi verdadera patria y mi memoria, los que me permitieron ordenar el espacio, y el tiempo que me queda. Aquí, en lo mío, no hay mucho arte. A lo mejor ése es el problema, que hay demasiada gente que se toma la novela como un arte, incluso como una misión sagrada, y no como lo que algunos entendemos que es: un noble oficio, con algo tal vez de inspiración, de arte quizá, o de talento, y una gran parte -la mayor- de disciplina y de trabajo. Crear mundos complejos y verosímiles y ponerlos en circulación. El lado solemne de la literatura prefiero dejárselo a gente que se pone de perfil ante el espejo de la crítica, las mesas redondas y las tertulias literarias, y a algunos que viven del cuento de contar no cómo son, sino cómo deberían ser los libros que escriben otros. Los libros que ellos, naturalmente, escribirían con suma facilidad si quisieran. Lo que pasa es que no quieren. Yo sí quiero. Cuando no estoy por ahí me levanto a las siete de la mañana, hago ejercicio, me doy una ducha y trabajo entre ocho y diez horas diarias. A mí lo que me preocupa es resolver con eficacia mis propios problemas narrativos, y eso es algo que resuelvo escribiendo, buscándole las vueltas, releyendo y subrayando a la gente que supo hacerlo bien. Eso me ocupa el tiempo suficiente como para no ir por ahí explicando a los demás cómo tienen que hacer las cosas ni al lector lo que debe o no debe leer, entre otras cosas porque no hay un método ni un sistema para escribir ni tampoco para leer. Uno debe leer o escribir o leer lo que le apetezca y como le apetezca, y atenerse a las consecuencias. Desde mi punto de vista, que a lo mejor no es objetivo ni extraordinario, pero es el único que tengo, escribir una novela es contar una historia, o sea, resolver un problema narrativo buscando el camino más eficaz para conducir al lector del punto A, que es el planteamiento, al punto C, que es el desenlace, pasando por el B, que es el nudo. Asquerosamente clásico, ya sé, pero hasta la fecha no creo que se haya inventado nada mejor, sobre todo si se acompaña con los puntos, las comas y los puntos y coma en su sitio. Un problema narrativo, decía. Y cuando tengo problemas narrativos que resolver no desnudo mi alma en las entrevistas, ni le echo la culpa al desfallecimiento creativo, ni intento justificarme diciendo que el público es imbécil, ni ataco a Javier Marías o a Mario Vargas Llosa porque en vez de esto escriben aquello, ni me quejo de que el mundo no me comprende.
Busco en los libros, en autores como Stendhal, Homero, Conrad, Dickens, Virgilio, Dumas, Mann, Conan Doyle, Dostoyevski, Stevenson -o incluso en gente tan maltratada como Agatha Christie, John Le Carré, y hasta en Ken Follett si me hiciera falta- los recursos, los mecanismos, las herramientas del oficio, que me permitan llevar al papel del modo más eficaz posible la historia que tengo en la cabeza. No crean que he citado a Follett como provocación. Durante todo un año juvenil viví en casa de un familiar que tenía en su biblioteca todos los best-sellers americanos y toda la novela policiaca de los años 50 y 60: Vicky Baum, Zane Grey, Frank Slaughter, Frank Yerby, Somerset Maugham... Lo leí todo, por supuesto. Ese año fue para mí decisivo en cuanto al aprendizaje de utilísimas técnicas narrativas que, aunque yo no podía imaginarlo entonces, iban a serme muy útiles cuarenta años después. Cuando se llevan, como es mi caso, casi cincuenta años de una vida de 56 leyendo ininterrumpidamente, a uno no le importa citar nombres y estilos y géneros sin el menor complejo. Nada tengo que hacerme perdonar como lector. Habiéndolos leído a todos, debo más a Homero que a Joyce, más a Dumas o a Balzac que a Faulkner, más a Bernal Díaz del Castillo que a Malcolm Lowry, más a Quevedo, Cervantes, Clarín o Dostoyevski que a Cortázar o Ferlosio, y más a un sólo libro de Agatha Christie, ‘El asesinato de Rogelio Ackroyd’, por ejemplo, que a la mayor parte de los autores aplaudidos por la crítica oficial en el último medio siglo. Cuando escucho a un autor quejarse del sufrimiento de la creación literaria siempre digo lo mismo: ‘Escribir no es obligatorio, déjalo, no sufras, no merece la pena.
No te lo van a agradecer, de verdad, tanto esfuerzo, tanta originalidad y tanto sacrificio.’ El acto de escribir literatura, o novela, como es mi caso, lo entiendo como un acto de felicidad, de diversión, un disfrute para la imaginación propia, y una buena oportunidad de recontar el mundo a mi manera, quizá porque durante veintiún años, en otro tipo de vida que nada tiene que ver con lo que aquí me ha traído, viví en un mundo que no me gustaba en absoluto. Escribo sobre todo porque soy lector, y supongo que a fin de cuentas intento ordenar esos casi cincuenta años de lectura a la luz de mi propia experiencia y de mi propia vida. Allá cada cual con los motivos por los que escribe. Yo no tengo ninguna misión, como dije, educativa ni cultural, ni pretendo hacer al lector más listo, más libre o más sabio. Me parece bien que haya escritores que se dejen la piel, la carne y la sangre, pero ése no es mi caso, y cuando lo es no voy por ahí dándole tres cuartos al pregonero. La piel me la he dejado en lugares que sólo son asunto mío, y a la hora de escribir lo que deseo es ser feliz, y lo soy dentro de lo que cabe. Soy feliz porque me divierto multiplicándome en diversos mundos, vidas y situaciones, y la diversión –creo que eso se lo hago decir incluso en ‘El Club Dumas’ a uno de mis personajes- ya es motivo suficiente para escribir o leer una novela. Si además hay otras cosas, mucho mejor, pero divertirse es imprescindible. Otra cosa es la dureza diaria de un trabajo a veces agotador, que puede llevarte a veces, si se te va la mano, hasta la locura. Los fantasmas que te acompañan al escribir, por ejemplo, en 'El pintor de batallas'. Pero ése es también sólo asunto mío, y cuando vienen mal dadas no ando por ahí lloriqueando en el hombro de críticos, de lectores y de suplementos literarios. Los andamios de la obra y los albañiles muertos no le importan al que va a habitar el edificio. Lo que cuenta es la casa, construida. Durante algún tiempo se nos quiso imponer una idiotez victimista que además es mentira: la literatura difícil, minoritaria y poco leída era la única que valía la pena. La otra era prescindible y superficial, culpable de la facilona vulgaridad de contar cosas, como si contar cosas fuera fácil, y de ser bien acogida por el ciego y necio vulgo. Profundidad, amenidad y muchos lectores eran, por tanto, incompatibles. Todavía recuerdo una crítica de los años 80, en el 'Babelia' de entonces, precisamente, afirmando en las últimas líneas, tras demoler a un libro -que no era mío- y a su autor, que si tal novela no fracasaba por completo, era debido, cito, 'a que tenía una sólida estructura y unos personajes creíbles'. Eso la libraba de fracasar por completo. Todavía hoy, después de Umberto Eco, de John Le Carré, a estas alturas de la feria -del libro- hay imbéciles que sostienen que lo importante es que el martillo tenga mango de ébano y cabeza de marfil, no que clave clavos. Me refiero a los que ignoran que ya Aristóteles, en la ‘Poética’, advertía de los peligros de mucha ‘elocutio’ y poca ‘dispositio’, entre otras cosas, supongo, porque nunca en su vida leyeron a Aristóteles. ..
Hablo de quienes olvidan o ignoran un principio elemental que ya apuntaba Stevenson: si un presunto novelista no tiene nada que contar, por mucho bello estilo que maneje lo mejor es que se calle. Que cierre la boca, que deje las saturadas mesas de novedades de las librerías en paz y se vaya a hacer puñetas. También, fiel a mi costumbre de hacer amigos, detesto con toda el alma a los creadores de opinión literaria cuya memoria empieza ayer por la tarde, los que no se manejan más que de Cortázar para acá. Lo hacía sin complejos hace exactamente veinte años, cuando empecé a publicar, y lo hago ahora: me refiero a algunos cagatintas analfabetos, si tenemos en cuenta a qué oficio se dedican, que de pronto, a causa de una edición reciente de algo, puesta de moda, descubren a Stefan Zweig, a Henry James, a Thomas Pynchon, a Chateaubriand o a Montaigne, a quienes no habían leído antes en su vida, o a quienes denostaban directamente. ¿Quién respetaba a Zweig, a Schnitzler o a Joseph Roth hace treinta años en España excepto aquellos que los leíamos? También sobre Conrad, que ahora no se le cae a nadie de la boca, debo recordar cómo algunos le perdonaban la vida en España hace sólo treinta o cuarenta años. ‘Escritor de mar, ya saben, aventura y todo eso, cosa menor, tipo Stevenson, otro que tal’. Me refiero, en fin a ciertos críticos o columnistas culturales que se apresuran a contarnos de un día para otro, con el sospechoso entusiasmo del converso reciente, lo imprescindible -palabra mágica- que son esos autores y cómo se tutean con ellos de toda la vida. Hablo de algunos parásitos iletrados, o esnobs, que con sus recomendaciones estuvieron a punto de dejar a la literatura española sin lectores en los años 80 y 90, aunque por suerte nadie les hizo al fin demasiado caso, y que ahora incluso, sin rubor alguno, se atreven a escribir a veces ellos también novelas vanidosas e infumables, que encima justifican -a la vejez, viruelas- como divertimento o juego de géneros. Hablo de aquellos individuos que en su momento, por citar un ejemplo clásico, leyeron ‘La vieja sirena’, de José Luis Sampedro, y aseguraron tan campantes que se notaba mucho en el libro la influencia de Mika Waltari, olvidando -o mejor dicho, ignorando- que Sampedro leyó desde niño, y trufó el libro con referencias a ellos, a Apolonio de Rodas, Suetonio, Herodoto, Homero y Virgilio, entre otros, autores a los que ese crítico o críticos no habían leído, naturalmente. Tal es el problema cuando un cretino elabora teoría literaria a partir de sus propias limitaciones, juzgando la obra de los demás a la luz mediocre de sus propias limitaciones culturales. Esa memoria literaria es, desde mi punto de vista, la verdadera patria del lector y del escritor, la matriz de la que parte todo. Hace un tiempo un buen amigo mío, Julio Ollero -que editó la primera edición de ‘El maestro de esgrima’ en Mondadori, y para quien escribí luego ‘Territorio comanche’- me propuso a modo de juego que elaborase la lista de los cien libros que de una u otra forma más habían influido en mi vida. Me puse a ello por curiosidad, y para mi sorpresa descubrí que de esos cien libros, la mayor parte los había leído antes de los veinte años.
http://www.capitan-alatriste.com/modules.php?name=Forums&file=viewtopic&t=871 Y
siguiendo con la sorpresa, a la hora de reflexionar sobre ello y establecer relaciones, caí en la cuenta de que en realidad los siguientes años de mi vida, el resto de mi vida, lo que he hecho ha sido buscar en los viajes, en los amigos, en todo lo demás, la huella que esos libros me dejaron, y a reescribirlos como novelista una y otra vez bajo luces diferentes. Todavía ahora, cuando tengo dificultades a la hora de resolver ese problema narrativo al que antes me refería, acudo a ellos con toda la humildad profesional de que soy capaz, como quien acude a casa de un viejo y sabio maestro, a pedirles consejo, a buscar soluciones técnicas, a recobrar ese estado de gracia maravilloso del lector -e insisto en que lo de ‘escritor’ sigue siendo secundario- que abre un libro como quien abre la puerta de un mundo lleno de hermosas posibilidades. Tuve la suerte de empezar a leer muy pronto. Vengo de una familia con biblioteca grande, y eso facilitó las cosas. Entre los seis y los doce años fueron sobre todo libros de aventuras y de historia. Luego maduré como lector, ya no leía, como antes, cualquier cosa que cayera en mis manos, sino que empecé a especializarme en géneros, a seleccionar, a buscar ingredientes concretos en los libros, y cuando los encontraba éstos se convertían en lecturas favoritas que releía y que aún releo con un lápiz en la mano, aprendiendo siempre. Realmente, mi oficio de escritor, mis estructuras novelísticas, la técnica narrativa, la dosificación de efectos profesionales que enganchen al lector provienen en origen de ahí. Me estoy refiriendo a los libros que mayor placer me han causado en la vida. En el folletín del siglo XIX, lleno de defectos pero también de virtudes, aprendí sin quererlo la técnica del oficio. Por esa puerta me introduje en la gran novela europea y norteamericana de finales del XIX y primer tercio del siglo XX. Y sin darme cuenta, esas lecturas, con los clásicos griegos y latinos de mi infancia y los siglos XVI y XVII españoles como herramientas, fueron conformando poco a poco el territorio en el que muchos años más tarde se asentaría el novelista que yo ni siquiera sospechaba entonces.
Quizá por eso para mí escribir es también un ejercicio de nostalgia. Todavía ahora, al leer páginas sueltas de 'La Eneida', 'La cartuja de Parma', 'La montaña mágica' o cualquier otro libro de aquellos puedo recordar sin esfuerzo la ropa que llevaba puesta el día que llegué a aquellas páginas, la voz de mi madre en la terraza, y el olor de la tierra y la lluvia en el jardín. En realidad, igual que, dicen, el hombre intenta volver al regazo materno, yo, tras haber vivido el mundo real, intento ahora con mis novelas tal vez volver a mis libros de juventud, los libros que me llevaron a enrolarme a bordo de la 'Hispaniola' con Long John Silver y viajar con ellos a la Isla de los Piratas, antes de embarcarme en el Pequod, que era un barco más serio, a arponear ballenas que matan a los hombres y matan a sus sueños. Libros a los que ahora, de regreso de islas y naufragios, con el saco marino lleno de cosas que pude salvar, intento recuperar y reescribir trufados de mi propia vida, del mismo modo que los viejos marinos varados en tierra narrar y recuerdan fabulosas historias junto al fuego de la chimenea de la posada del Almirante Benbow, mientras afuera cae la lluvia y se escucha el ruido del mar. Lo otro, lo original -palabra dudosa a estas alturas- se lo dejo a los artistas, cuyos nombres callo, por respeto, naturalmente. Que inventen ellos, los que no buscan éxitos de ventas ni dinero, sino la sobria y seca gloria inmortal, la alta literatura para paladares exquisitos, planteada como ética, como, estética e incluso como sintética.
Son esos autores a los que, según ellos, les dicen que han vendido mil ejemplares de un libro y les dan un disgusto de muerte. ¿Qué van a pensar en 'Babelia', o en 'La vanguardia', on en 'ABC' si tengo demasiados lectores?, se preguntan, o se deben preguntar, desolados, supongo. Yo apunto más cerca, más elemental, a leer, a escribir y a navegar en mis ratos libres. Y como novelista de infantería, aparte de ganar lo suficiente para publicar lo que me apetece y no tener que darle la mano a nadie que no me guste, me conformo si acaso con dar un pequeño pasito que ponga en circulación de nuevo la vieja materia que sigue estando ahí. No se trata de escribir otra vez lo ya escrito, aunque también hay quien se dedica a eso, sino de quitarle el polvo y ponerlo al día en la medida de mis limitadas posibilidades, contando historias para el lector de hoy sin renegar de la manera en que siempre se contaron: el héroe, el combate, el tesoro, el enigma, la traición, la muerte, la derrota, la venganza, por ejemplo, palabras casi todas literariamente incorrectas para algunos pajilleros de la vacuidad inane, capaces de elogiar, e incluso de escribir, novelas cuyo fascinante argumento es precisamente la imposibilidad de escribir una novela. Lo otro son para ellos asuntos muy trillados, faltaría más. A fin de cuentas, ¿qué escritor es capaz de contar hoy algo importante cuya trama básica, y eso es verdad, no esté apuntada ya en Homero, Sófocles, Eurípides, Cervantes o Shakespeare? Para saber qué siente un don nadie divorciado viajando en metro, por ejemplo, no necesito leer trescientas páginas donde un pelmazo juega a ser novelista masturbando a la perdiz: me basta con divorciarme y tomar el metro. Salvo que quien viaje en metro sean Don Quijote o Ulises, por supuesto, y quien me lo cuente sean Cervantes o el barón Corvo, por ejemplo, pero no suele ser el caso. Antes hablé del mar, y no lo hice como simple imagen literaria. Los libros sobre el mar, y el mar en sí mismo, forman parte importante de ese territorio del que estamos hablando. Fue en el mar donde un día, con diecinueve años, cogí una mochila llena de libros, me enrolé en un barco y me puse a viajar. En un tipo con mis antecedentes literarios, lo del mar como punto de partida era obvio. El mar es el más clásico de todos los clásicos que nutren la novela de aventuras o la aventura en la novela. Tiene todos los ingredientes: el viaje, lo desconocido, el peligro, la furia de los elementos, la libertad, el combate, el tesoro, la Historia... Y además, el mar genera personajes de incalculable riqueza novelesca. El caso es que yo también tuve mi mar, y viví lo que quería vivir. Supe lo que era capear un temporal con las olas barriendo la cubierta y mirando al capitán, agarrado al puente, como quien mira a Dios. Supe lo que era tener en la mano una navaja o una botella rota, y poco a poco todo aquello que había imaginado o que había leído en los libros fue materializándose a mi alrededor: la guerra, los amigos, el amor, la muerte, y todas esas cosas.
No he llegado a ver arder naves más allá de Orión, pero he visto arder bibliotecas en Sarajevo, he visto hombres despedirse de sus mujeres en las murallas de Troya, que siempre son las mismas, y un atardecer rojizo toqué fascinado en mitad de un desierto los restos oxidados de los trenes que voló el coronel Lawrence. Tengo el orgullo legítimo de poder escribir y decir en voz alta que mis novelas, entre otras cosas, las escribo con todo eso, que nadie me las ha contado. En cierta ocasión, durante una larga conversación con Javier Marías, que es mi amigo en el sentido exacto que tiene la palabra 'amigo' en las palabras que hoy les dirijo, llegamos a una conclusión curiosa, -al menos yo, no sé si él la sigue compartiendo-: son los nuestros caminos muy diferentes como novelistas, habiendo partido sin embargo del mismo territorio como lector.
Una de las diferencias quizá estriba en que él quiso ser desde muy joven el autor de los libros que había amado, y yo quise ser desde muy niño el personaje de esos mismos libros. Quizá eso defina bien dos formas, ambas entre las muchas honorables, de entender la literatura, los libros y la vida. A veces Javier y yo nos imaginamos los dos en el salón del 'Titanic' jugando a las cartas mientras el barco escora, riéndonos de tanto charlatán habitual que de pronto busca descompuesto un bote salvavidas, impasibles, no por coraje, que eso es cosa de cada cual, sino por simple reputación. Y no creo que Mario Vargas Llosa hiciese mal papel en ese 'Titanic', porque Mario es de los que sabe ahogarse como caballeros también. En realidad, como ven, que alguien que se inició como lector apasionado y se hizo reportero por culpa de la literatura regrese a allí de donde vino no sólo no es una paradoja, sino que es lógico, incluso como aventura. No es casual que yo sea un escritor tardío, muy tardío. Hasta entonces había estado demasiado ocupado para sentarme a escribir. No tenía necesidad ni ambición de ello. Recordemos que según los cánones del género, por aventuras entendemos un viaje lleno de peligros o descubrimientos a cuyo término el protagonista encuentra la felicidad o la decepción, pero que en cualquier caso ha progresado en el conocimiento de sí mismo y del mundo en el que ha vivido, y es exactamente eso, como en el juego de la oca, al llegar a la casilla 36, como el peregrino medieval al llegar a Santiago, como el ya curtido Jim Hawkins que desembarca al final de 'La isla del tesoro' más maduro y sabio, como el Ismael al final de 'Moby Dick' agarrado al ataúd calafateado de su amigo el arponero Queequeg cuando el 'Pequod' se ha ido a pique. Quizá por todo eso, porque mi memoria conserva vivos todavía esos fantasmas -que dicho sea de paso son queridos compañeros de viaje y de vida, compatriotas y amigos- sea que mis novelas siempre responden a la estructura de movimiento, de un viaje o aventura, aunque a veces sea urbana, o de un juego sobre todo. Puede ser un juego de iniciación o un juego mortal, el descubrimiento de la guerra, el cruce de la línea de sombra por parte de un joven subteniente de caballería, los sucesivos movimientos y estocadas de un asalto de florete, el ajedrez como clave de la vida y de la muerte, los libros como aventura y como patria, las trincheras que los pequeños peones olvidados se inventan para sobrevivir, la mujer como enigma y como respuesta, la pintura de batallas como balance de una vida, los mercenarios honestos, los héroes cansados... Todo eso a la luz de la vida que he vivido: sueños, odios, amores, victorias, derrotas y también mis amigos, los vivos y los muertos. Y cuando me siento a soñar, a leer, a releer, a imaginar una historia, convoco en mi ayuda a la gente que conocí, amigos y enemigos, adversarios y compañeros, pero también a las viejas sombras de Alicia, Holmes, Eneas, Ulises, Aquiles y la tortuga, Scaramouche, Bradomín, Pedro Blood, el capitán Garfio, Sancho, Don Quijote, Patricio del Dongo, Hans Castor, Sam Spade, Hércules Poirot, Lagardère, Jean Valjean, Ana Ozores, Gabriel o aquellos diez mil compañeros con los que durante todo un curso escolar, mucho antes de vivirlo en propia carne diez años después en Eritrea, me retiré hacia el mar de retorno a Grecia. Sería de miserables no reconocer públicamente la deuda que tengo con todo eso. Por ello, en estos tiempos en que tan fácil es traicionar a un amigo, encuentro un singular placer, que a veces convierto en desafío abierto sin el menor complejo, en proclamarme alto y claro fiel a esos viejos amigos, mis primeros amigos, que podría seguir citando durante horas: Athos, Edmundo Dantès, Jim Hawkins, Irene Adler, Mowgli, Watson, el príncipe Salina, Nemo, el dinamitero de Jordan, el joven Faversham, Milady, Ruperto de Hentzau, Gulliver, Acab, Ojo de Halcón y tantos otros. Todos ellos siguen vivos mezclados con mi propia vida en cada una de las líneas que escribo, y en ese lugar impreciso de la imaginación y del sueño, en ese Valhalla o Grandes Cazaderos, que es el lugar a donde van cuando mueren -y así no mueren- los valientes. Mienten como bellacos quienes afirman que el tiempo de esos personajes ha pasado. Lo que ocurre es que quizá tanto autores como lectores han perdido la inocencia de antaño. Escenarios inmóviles han cambiado y la novela ahora exige estructuras diferentes, adecuación a lo que el lector ve y vive por otros medios, provocaciones y sacudidas diferentes, procuradas cuando es necesario con armas tomadas del cine, de la televisión, de internet, de lo que sea, armas arrebatadas al enemigo si hace falta. Pero el estremecimiento ante lo desconocido, el miedo, el combate franco e interior, el enigma cuya solución está en el fondo de uno mismo, el misterio del barco hundido, la amistad, el viento silbando en la jarcia, la verdadera libertad que sólo empieza a diez millas de la costa más cercana, las lejanas y benditas islas adonde nunca llegan órdenes de captura, todo eso sigue vivo en la mente y en el corazón del hombre, hoy como ayer.
Si un día los novelistas nos dedicamos sólo a imaginar historias romas y razonables, y nos limitamos a escribir novelas sobre la insoportable levedad de nuestra propia imbécil levedad, que el diablo se apiade de nosotros y de nuestros lectores. Fue Robert Louis Stevenson quien escribió este poema como introducción a ‘La isla del tesoro’ y a mí me sirve hoy como final de lo que les acabo de leer: ‘Si los cuentos que narran los marinos hablando de temporales y aventuras, de amores y odios, de barcos, islas, y perdidos robinsones, y bucaneros, y enterrados tesoros, y todas las viejas historias contadas una vez más de la misma forma que siempre se contaron, encantan todavía como hicieron conmigo a los sensatos jóvenes de hoy, ¿qué más pedir? Pero si no fuera así, si tan graves jóvenes hubieran perdido la maravilla del viejo gusto para ir con Kingston, el valiente Ballantyne, o con Cooper, y atravesar bosques y mares, bien, así sea. Pero que yo pueda dormir el sueño eterno con todos mis piratas junto a la tumba donde yacen ellos y mis sueños.’
Muchas gracias.
No te lo van a agradecer, de verdad, tanto esfuerzo, tanta originalidad y tanto sacrificio.’ El acto de escribir literatura, o novela, como es mi caso, lo entiendo como un acto de felicidad, de diversión, un disfrute para la imaginación propia, y una buena oportunidad de recontar el mundo a mi manera, quizá porque durante veintiún años, en otro tipo de vida que nada tiene que ver con lo que aquí me ha traído, viví en un mundo que no me gustaba en absoluto. Escribo sobre todo porque soy lector, y supongo que a fin de cuentas intento ordenar esos casi cincuenta años de lectura a la luz de mi propia experiencia y de mi propia vida. Allá cada cual con los motivos por los que escribe. Yo no tengo ninguna misión, como dije, educativa ni cultural, ni pretendo hacer al lector más listo, más libre o más sabio. Me parece bien que haya escritores que se dejen la piel, la carne y la sangre, pero ése no es mi caso, y cuando lo es no voy por ahí dándole tres cuartos al pregonero. La piel me la he dejado en lugares que sólo son asunto mío, y a la hora de escribir lo que deseo es ser feliz, y lo soy dentro de lo que cabe. Soy feliz porque me divierto multiplicándome en diversos mundos, vidas y situaciones, y la diversión –creo que eso se lo hago decir incluso en ‘El Club Dumas’ a uno de mis personajes- ya es motivo suficiente para escribir o leer una novela. Si además hay otras cosas, mucho mejor, pero divertirse es imprescindible. Otra cosa es la dureza diaria de un trabajo a veces agotador, que puede llevarte a veces, si se te va la mano, hasta la locura. Los fantasmas que te acompañan al escribir, por ejemplo, en 'El pintor de batallas'. Pero ése es también sólo asunto mío, y cuando vienen mal dadas no ando por ahí lloriqueando en el hombro de críticos, de lectores y de suplementos literarios. Los andamios de la obra y los albañiles muertos no le importan al que va a habitar el edificio. Lo que cuenta es la casa, construida. Durante algún tiempo se nos quiso imponer una idiotez victimista que además es mentira: la literatura difícil, minoritaria y poco leída era la única que valía la pena. La otra era prescindible y superficial, culpable de la facilona vulgaridad de contar cosas, como si contar cosas fuera fácil, y de ser bien acogida por el ciego y necio vulgo. Profundidad, amenidad y muchos lectores eran, por tanto, incompatibles. Todavía recuerdo una crítica de los años 80, en el 'Babelia' de entonces, precisamente, afirmando en las últimas líneas, tras demoler a un libro -que no era mío- y a su autor, que si tal novela no fracasaba por completo, era debido, cito, 'a que tenía una sólida estructura y unos personajes creíbles'. Eso la libraba de fracasar por completo. Todavía hoy, después de Umberto Eco, de John Le Carré, a estas alturas de la feria -del libro- hay imbéciles que sostienen que lo importante es que el martillo tenga mango de ébano y cabeza de marfil, no que clave clavos. Me refiero a los que ignoran que ya Aristóteles, en la ‘Poética’, advertía de los peligros de mucha ‘elocutio’ y poca ‘dispositio’, entre otras cosas, supongo, porque nunca en su vida leyeron a Aristóteles. ..
Hablo de quienes olvidan o ignoran un principio elemental que ya apuntaba Stevenson: si un presunto novelista no tiene nada que contar, por mucho bello estilo que maneje lo mejor es que se calle. Que cierre la boca, que deje las saturadas mesas de novedades de las librerías en paz y se vaya a hacer puñetas. También, fiel a mi costumbre de hacer amigos, detesto con toda el alma a los creadores de opinión literaria cuya memoria empieza ayer por la tarde, los que no se manejan más que de Cortázar para acá. Lo hacía sin complejos hace exactamente veinte años, cuando empecé a publicar, y lo hago ahora: me refiero a algunos cagatintas analfabetos, si tenemos en cuenta a qué oficio se dedican, que de pronto, a causa de una edición reciente de algo, puesta de moda, descubren a Stefan Zweig, a Henry James, a Thomas Pynchon, a Chateaubriand o a Montaigne, a quienes no habían leído antes en su vida, o a quienes denostaban directamente. ¿Quién respetaba a Zweig, a Schnitzler o a Joseph Roth hace treinta años en España excepto aquellos que los leíamos? También sobre Conrad, que ahora no se le cae a nadie de la boca, debo recordar cómo algunos le perdonaban la vida en España hace sólo treinta o cuarenta años. ‘Escritor de mar, ya saben, aventura y todo eso, cosa menor, tipo Stevenson, otro que tal’. Me refiero, en fin a ciertos críticos o columnistas culturales que se apresuran a contarnos de un día para otro, con el sospechoso entusiasmo del converso reciente, lo imprescindible -palabra mágica- que son esos autores y cómo se tutean con ellos de toda la vida. Hablo de algunos parásitos iletrados, o esnobs, que con sus recomendaciones estuvieron a punto de dejar a la literatura española sin lectores en los años 80 y 90, aunque por suerte nadie les hizo al fin demasiado caso, y que ahora incluso, sin rubor alguno, se atreven a escribir a veces ellos también novelas vanidosas e infumables, que encima justifican -a la vejez, viruelas- como divertimento o juego de géneros. Hablo de aquellos individuos que en su momento, por citar un ejemplo clásico, leyeron ‘La vieja sirena’, de José Luis Sampedro, y aseguraron tan campantes que se notaba mucho en el libro la influencia de Mika Waltari, olvidando -o mejor dicho, ignorando- que Sampedro leyó desde niño, y trufó el libro con referencias a ellos, a Apolonio de Rodas, Suetonio, Herodoto, Homero y Virgilio, entre otros, autores a los que ese crítico o críticos no habían leído, naturalmente. Tal es el problema cuando un cretino elabora teoría literaria a partir de sus propias limitaciones, juzgando la obra de los demás a la luz mediocre de sus propias limitaciones culturales. Esa memoria literaria es, desde mi punto de vista, la verdadera patria del lector y del escritor, la matriz de la que parte todo. Hace un tiempo un buen amigo mío, Julio Ollero -que editó la primera edición de ‘El maestro de esgrima’ en Mondadori, y para quien escribí luego ‘Territorio comanche’- me propuso a modo de juego que elaborase la lista de los cien libros que de una u otra forma más habían influido en mi vida. Me puse a ello por curiosidad, y para mi sorpresa descubrí que de esos cien libros, la mayor parte los había leído antes de los veinte años.
http://www.capitan-alatriste.com/modules.php?name=Forums&file=viewtopic&t=871 Y
siguiendo con la sorpresa, a la hora de reflexionar sobre ello y establecer relaciones, caí en la cuenta de que en realidad los siguientes años de mi vida, el resto de mi vida, lo que he hecho ha sido buscar en los viajes, en los amigos, en todo lo demás, la huella que esos libros me dejaron, y a reescribirlos como novelista una y otra vez bajo luces diferentes. Todavía ahora, cuando tengo dificultades a la hora de resolver ese problema narrativo al que antes me refería, acudo a ellos con toda la humildad profesional de que soy capaz, como quien acude a casa de un viejo y sabio maestro, a pedirles consejo, a buscar soluciones técnicas, a recobrar ese estado de gracia maravilloso del lector -e insisto en que lo de ‘escritor’ sigue siendo secundario- que abre un libro como quien abre la puerta de un mundo lleno de hermosas posibilidades. Tuve la suerte de empezar a leer muy pronto. Vengo de una familia con biblioteca grande, y eso facilitó las cosas. Entre los seis y los doce años fueron sobre todo libros de aventuras y de historia. Luego maduré como lector, ya no leía, como antes, cualquier cosa que cayera en mis manos, sino que empecé a especializarme en géneros, a seleccionar, a buscar ingredientes concretos en los libros, y cuando los encontraba éstos se convertían en lecturas favoritas que releía y que aún releo con un lápiz en la mano, aprendiendo siempre. Realmente, mi oficio de escritor, mis estructuras novelísticas, la técnica narrativa, la dosificación de efectos profesionales que enganchen al lector provienen en origen de ahí. Me estoy refiriendo a los libros que mayor placer me han causado en la vida. En el folletín del siglo XIX, lleno de defectos pero también de virtudes, aprendí sin quererlo la técnica del oficio. Por esa puerta me introduje en la gran novela europea y norteamericana de finales del XIX y primer tercio del siglo XX. Y sin darme cuenta, esas lecturas, con los clásicos griegos y latinos de mi infancia y los siglos XVI y XVII españoles como herramientas, fueron conformando poco a poco el territorio en el que muchos años más tarde se asentaría el novelista que yo ni siquiera sospechaba entonces.
Quizá por eso para mí escribir es también un ejercicio de nostalgia. Todavía ahora, al leer páginas sueltas de 'La Eneida', 'La cartuja de Parma', 'La montaña mágica' o cualquier otro libro de aquellos puedo recordar sin esfuerzo la ropa que llevaba puesta el día que llegué a aquellas páginas, la voz de mi madre en la terraza, y el olor de la tierra y la lluvia en el jardín. En realidad, igual que, dicen, el hombre intenta volver al regazo materno, yo, tras haber vivido el mundo real, intento ahora con mis novelas tal vez volver a mis libros de juventud, los libros que me llevaron a enrolarme a bordo de la 'Hispaniola' con Long John Silver y viajar con ellos a la Isla de los Piratas, antes de embarcarme en el Pequod, que era un barco más serio, a arponear ballenas que matan a los hombres y matan a sus sueños. Libros a los que ahora, de regreso de islas y naufragios, con el saco marino lleno de cosas que pude salvar, intento recuperar y reescribir trufados de mi propia vida, del mismo modo que los viejos marinos varados en tierra narrar y recuerdan fabulosas historias junto al fuego de la chimenea de la posada del Almirante Benbow, mientras afuera cae la lluvia y se escucha el ruido del mar. Lo otro, lo original -palabra dudosa a estas alturas- se lo dejo a los artistas, cuyos nombres callo, por respeto, naturalmente. Que inventen ellos, los que no buscan éxitos de ventas ni dinero, sino la sobria y seca gloria inmortal, la alta literatura para paladares exquisitos, planteada como ética, como, estética e incluso como sintética.
Son esos autores a los que, según ellos, les dicen que han vendido mil ejemplares de un libro y les dan un disgusto de muerte. ¿Qué van a pensar en 'Babelia', o en 'La vanguardia', on en 'ABC' si tengo demasiados lectores?, se preguntan, o se deben preguntar, desolados, supongo. Yo apunto más cerca, más elemental, a leer, a escribir y a navegar en mis ratos libres. Y como novelista de infantería, aparte de ganar lo suficiente para publicar lo que me apetece y no tener que darle la mano a nadie que no me guste, me conformo si acaso con dar un pequeño pasito que ponga en circulación de nuevo la vieja materia que sigue estando ahí. No se trata de escribir otra vez lo ya escrito, aunque también hay quien se dedica a eso, sino de quitarle el polvo y ponerlo al día en la medida de mis limitadas posibilidades, contando historias para el lector de hoy sin renegar de la manera en que siempre se contaron: el héroe, el combate, el tesoro, el enigma, la traición, la muerte, la derrota, la venganza, por ejemplo, palabras casi todas literariamente incorrectas para algunos pajilleros de la vacuidad inane, capaces de elogiar, e incluso de escribir, novelas cuyo fascinante argumento es precisamente la imposibilidad de escribir una novela. Lo otro son para ellos asuntos muy trillados, faltaría más. A fin de cuentas, ¿qué escritor es capaz de contar hoy algo importante cuya trama básica, y eso es verdad, no esté apuntada ya en Homero, Sófocles, Eurípides, Cervantes o Shakespeare? Para saber qué siente un don nadie divorciado viajando en metro, por ejemplo, no necesito leer trescientas páginas donde un pelmazo juega a ser novelista masturbando a la perdiz: me basta con divorciarme y tomar el metro. Salvo que quien viaje en metro sean Don Quijote o Ulises, por supuesto, y quien me lo cuente sean Cervantes o el barón Corvo, por ejemplo, pero no suele ser el caso. Antes hablé del mar, y no lo hice como simple imagen literaria. Los libros sobre el mar, y el mar en sí mismo, forman parte importante de ese territorio del que estamos hablando. Fue en el mar donde un día, con diecinueve años, cogí una mochila llena de libros, me enrolé en un barco y me puse a viajar. En un tipo con mis antecedentes literarios, lo del mar como punto de partida era obvio. El mar es el más clásico de todos los clásicos que nutren la novela de aventuras o la aventura en la novela. Tiene todos los ingredientes: el viaje, lo desconocido, el peligro, la furia de los elementos, la libertad, el combate, el tesoro, la Historia... Y además, el mar genera personajes de incalculable riqueza novelesca. El caso es que yo también tuve mi mar, y viví lo que quería vivir. Supe lo que era capear un temporal con las olas barriendo la cubierta y mirando al capitán, agarrado al puente, como quien mira a Dios. Supe lo que era tener en la mano una navaja o una botella rota, y poco a poco todo aquello que había imaginado o que había leído en los libros fue materializándose a mi alrededor: la guerra, los amigos, el amor, la muerte, y todas esas cosas.
No he llegado a ver arder naves más allá de Orión, pero he visto arder bibliotecas en Sarajevo, he visto hombres despedirse de sus mujeres en las murallas de Troya, que siempre son las mismas, y un atardecer rojizo toqué fascinado en mitad de un desierto los restos oxidados de los trenes que voló el coronel Lawrence. Tengo el orgullo legítimo de poder escribir y decir en voz alta que mis novelas, entre otras cosas, las escribo con todo eso, que nadie me las ha contado. En cierta ocasión, durante una larga conversación con Javier Marías, que es mi amigo en el sentido exacto que tiene la palabra 'amigo' en las palabras que hoy les dirijo, llegamos a una conclusión curiosa, -al menos yo, no sé si él la sigue compartiendo-: son los nuestros caminos muy diferentes como novelistas, habiendo partido sin embargo del mismo territorio como lector.
Una de las diferencias quizá estriba en que él quiso ser desde muy joven el autor de los libros que había amado, y yo quise ser desde muy niño el personaje de esos mismos libros. Quizá eso defina bien dos formas, ambas entre las muchas honorables, de entender la literatura, los libros y la vida. A veces Javier y yo nos imaginamos los dos en el salón del 'Titanic' jugando a las cartas mientras el barco escora, riéndonos de tanto charlatán habitual que de pronto busca descompuesto un bote salvavidas, impasibles, no por coraje, que eso es cosa de cada cual, sino por simple reputación. Y no creo que Mario Vargas Llosa hiciese mal papel en ese 'Titanic', porque Mario es de los que sabe ahogarse como caballeros también. En realidad, como ven, que alguien que se inició como lector apasionado y se hizo reportero por culpa de la literatura regrese a allí de donde vino no sólo no es una paradoja, sino que es lógico, incluso como aventura. No es casual que yo sea un escritor tardío, muy tardío. Hasta entonces había estado demasiado ocupado para sentarme a escribir. No tenía necesidad ni ambición de ello. Recordemos que según los cánones del género, por aventuras entendemos un viaje lleno de peligros o descubrimientos a cuyo término el protagonista encuentra la felicidad o la decepción, pero que en cualquier caso ha progresado en el conocimiento de sí mismo y del mundo en el que ha vivido, y es exactamente eso, como en el juego de la oca, al llegar a la casilla 36, como el peregrino medieval al llegar a Santiago, como el ya curtido Jim Hawkins que desembarca al final de 'La isla del tesoro' más maduro y sabio, como el Ismael al final de 'Moby Dick' agarrado al ataúd calafateado de su amigo el arponero Queequeg cuando el 'Pequod' se ha ido a pique. Quizá por todo eso, porque mi memoria conserva vivos todavía esos fantasmas -que dicho sea de paso son queridos compañeros de viaje y de vida, compatriotas y amigos- sea que mis novelas siempre responden a la estructura de movimiento, de un viaje o aventura, aunque a veces sea urbana, o de un juego sobre todo. Puede ser un juego de iniciación o un juego mortal, el descubrimiento de la guerra, el cruce de la línea de sombra por parte de un joven subteniente de caballería, los sucesivos movimientos y estocadas de un asalto de florete, el ajedrez como clave de la vida y de la muerte, los libros como aventura y como patria, las trincheras que los pequeños peones olvidados se inventan para sobrevivir, la mujer como enigma y como respuesta, la pintura de batallas como balance de una vida, los mercenarios honestos, los héroes cansados... Todo eso a la luz de la vida que he vivido: sueños, odios, amores, victorias, derrotas y también mis amigos, los vivos y los muertos. Y cuando me siento a soñar, a leer, a releer, a imaginar una historia, convoco en mi ayuda a la gente que conocí, amigos y enemigos, adversarios y compañeros, pero también a las viejas sombras de Alicia, Holmes, Eneas, Ulises, Aquiles y la tortuga, Scaramouche, Bradomín, Pedro Blood, el capitán Garfio, Sancho, Don Quijote, Patricio del Dongo, Hans Castor, Sam Spade, Hércules Poirot, Lagardère, Jean Valjean, Ana Ozores, Gabriel o aquellos diez mil compañeros con los que durante todo un curso escolar, mucho antes de vivirlo en propia carne diez años después en Eritrea, me retiré hacia el mar de retorno a Grecia. Sería de miserables no reconocer públicamente la deuda que tengo con todo eso. Por ello, en estos tiempos en que tan fácil es traicionar a un amigo, encuentro un singular placer, que a veces convierto en desafío abierto sin el menor complejo, en proclamarme alto y claro fiel a esos viejos amigos, mis primeros amigos, que podría seguir citando durante horas: Athos, Edmundo Dantès, Jim Hawkins, Irene Adler, Mowgli, Watson, el príncipe Salina, Nemo, el dinamitero de Jordan, el joven Faversham, Milady, Ruperto de Hentzau, Gulliver, Acab, Ojo de Halcón y tantos otros. Todos ellos siguen vivos mezclados con mi propia vida en cada una de las líneas que escribo, y en ese lugar impreciso de la imaginación y del sueño, en ese Valhalla o Grandes Cazaderos, que es el lugar a donde van cuando mueren -y así no mueren- los valientes. Mienten como bellacos quienes afirman que el tiempo de esos personajes ha pasado. Lo que ocurre es que quizá tanto autores como lectores han perdido la inocencia de antaño. Escenarios inmóviles han cambiado y la novela ahora exige estructuras diferentes, adecuación a lo que el lector ve y vive por otros medios, provocaciones y sacudidas diferentes, procuradas cuando es necesario con armas tomadas del cine, de la televisión, de internet, de lo que sea, armas arrebatadas al enemigo si hace falta. Pero el estremecimiento ante lo desconocido, el miedo, el combate franco e interior, el enigma cuya solución está en el fondo de uno mismo, el misterio del barco hundido, la amistad, el viento silbando en la jarcia, la verdadera libertad que sólo empieza a diez millas de la costa más cercana, las lejanas y benditas islas adonde nunca llegan órdenes de captura, todo eso sigue vivo en la mente y en el corazón del hombre, hoy como ayer.
Si un día los novelistas nos dedicamos sólo a imaginar historias romas y razonables, y nos limitamos a escribir novelas sobre la insoportable levedad de nuestra propia imbécil levedad, que el diablo se apiade de nosotros y de nuestros lectores. Fue Robert Louis Stevenson quien escribió este poema como introducción a ‘La isla del tesoro’ y a mí me sirve hoy como final de lo que les acabo de leer: ‘Si los cuentos que narran los marinos hablando de temporales y aventuras, de amores y odios, de barcos, islas, y perdidos robinsones, y bucaneros, y enterrados tesoros, y todas las viejas historias contadas una vez más de la misma forma que siempre se contaron, encantan todavía como hicieron conmigo a los sensatos jóvenes de hoy, ¿qué más pedir? Pero si no fuera así, si tan graves jóvenes hubieran perdido la maravilla del viejo gusto para ir con Kingston, el valiente Ballantyne, o con Cooper, y atravesar bosques y mares, bien, así sea. Pero que yo pueda dormir el sueño eterno con todos mis piratas junto a la tumba donde yacen ellos y mis sueños.’
Muchas gracias.
lunes, 10 de agosto de 2009
"LA HABITACIÓN DEL HIJO " - APR
Lo conoce mejor que a ella misma. O creía conocerlo, porque el joven silencioso y reservado que ahora vive en la casa le parece, en ocasiones, un extraño. El niño dejó de serlo hace tiempo. A veces, cuando está fuera, la madre se queda un rato en su habitación, callada, mirando los objetos, los libros –ella compró los primeros y los puso allí, soñando con el lector que alguna vez sería–, las fotos de amigos, de chicas. Las medallas que ganó en el colegio, tenaz, esforzado. Valiente como ella procuró enseñarle a ser. Con el ejemplo del padre: un buen hombre que nunca dice tres frases seguidas, pero que jamás faltó a su deber, ni hizo nada que no fuera honrado. Que educó al hijo con más ejemplos que palabras.
Inmóvil en la habitación, aspira su olor. Desde hace mucho es seco, masculino. Distinto del que tanto añora: aroma de cuerpecito menudo en pijama, olorcillo a carne tibia, casi a fiebre. A bebé y niño pequeño, que con el tiempo se desvanece y no regresa nunca. El crío que aparecía en la cama a medianoche con las mejillas húmedas, después de una pesadilla, para refugiarse a su lado, entre las sábanas. Quizá algún día recupere ese olor con un nieto, o una nieta. Con otro cuerpecito al que estrechar entre los brazos. Ojalá no esté demasiado mayor para entonces, piensa. Que aún tenga fuerza y salud para ocuparse de él, o de ella. Para disfrutarlos.
Libros. Hay muchos en la habitación, y jalonan veinticinco años de una vida. Infantiles, aventuras, viajes, textos escolares, materias universitarias, novela, ensayo, arte, historia. Desde niño, leyéndole cuentos e historietas, orientándolo con cautela, ella fue transmitiéndole el amor por la palabra escrita. La puerta maravillosa a mundos y vidas que acaban por multiplicar la propia: aspiraciones, sueños, anhelos cuajados en largas horas de lectura y templados en la imaginación. La intensidad de una mirada joven que explora el mundo en el descubrimiento de sí misma. Estos libros llevaron al muchacho a reconocerse entre los demás, a moverse con seguridad por el territorio exterior, a descubrir y planear un futuro. A estudiar una carrera bella y poco práctica, relacionada con la lengua, el pasado, el arte y la historia. A licenciarse en sueños maravillosos. En cultura y memoria.
Ahora ella, inquieta, se pregunta si hizo bien. Si la lucidez que estos libros dieron a su hijo no sirve más bien para atormentarlo. Lo sospecha al verlo salir de casa para entrevistas de trabajo de las que siempre vuelve hosco, derrotado. Cuando lo ve teclear en el ordenador buscando un resquicio imposible por donde introducirse y empezar una vida propia: la que soñó. Cuando lo ve callado, ausente, abrumado por el rechazo, la impotencia, la falta de esperanza que pronto sustituye, en su generación, a las ilusiones iniciales. Recuerda a los amigos que empezaron juntos la carrera animándose entre sí, dispuestos a comerse el mundo, a vivir lo que libros y juventud anunciaban gozosos. Cómo fueron desertando uno tras otro, desmotivados, hartos de profesores incompetentes o egoístas, de un sistema académico absurdo, injusto, estancado en sí mismo. De una universidad ajena a la realidad práctica, convertida en taifas de vanidades, incompetencia y desvergüenza. Pese a todo, su hijo aguantó hasta el final. Fue de los pocos: acabó los estudios. Licenciado en tal o cual. Un título. Una expectativa fugaz. Luego vino el choque con la realidad. La ausencia absoluta de oportunidades. El peregrinaje agotador en busca de trabajo. Los cientos de currículum enviados, el esfuerzo continuo e inútil. Y al fin, la resignación inevitable. El silencio. Tantas horas, días, años, de esfuerzo sin sentido. La urgencia de aferrarse a cualquier cosa. Hace una semana, cuando llenaba el formulario para solicitar un trabajo de dependiente en una tienda de ropa de marca, el consejo desolador de un amigo: «No pongas que tienes título universitario. Nadie emplea a gente que pueda causarle problemas».
Tocando los libros en sus estantes, la madre se pregunta si fue ella quien se equivocó. Si no tendría razón su marido al sostener que no está el mundo para chicos con sueños en la cabeza y libros bajo el brazo. Si al pretenderlo culto y lúcido no lo hizo diferente, vulnerable. Expuesto a la infelicidad, la barbarie, el frío intenso que hace afuera. Es entonces cuando, abriendo un libro al azar, encuentra unas líneas subrayadas –a lápiz y no con bolígrafo ni marcador, ella siempre insistió en eso desde que él era pequeño–: «En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marino, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir».(*)
Se queda un instante con el libro abierto, pensativa. Releyendo esas líneas. Después lo cierra despacio, devolviéndolo a su lugar. Y sonríe mientras lo hace. Una sonrisa pensativa. Dulce. Tal vez no se equivocó por completo, concluye. O no tanto como cree. Puede que él forjara sus propias armas para sobrevivir, después de todo. Quizá mereció la pena.
XLSemanal, 16 de Agosto de 2009
Buufff...esta semana el Master se ha superado!!!
(*)

Una novela inolvidable, sobretodo si la lees de jovencito. Una suerte de moby dick pero con superpetrolero y venganza de por medio. Memorable.
Inmóvil en la habitación, aspira su olor. Desde hace mucho es seco, masculino. Distinto del que tanto añora: aroma de cuerpecito menudo en pijama, olorcillo a carne tibia, casi a fiebre. A bebé y niño pequeño, que con el tiempo se desvanece y no regresa nunca. El crío que aparecía en la cama a medianoche con las mejillas húmedas, después de una pesadilla, para refugiarse a su lado, entre las sábanas. Quizá algún día recupere ese olor con un nieto, o una nieta. Con otro cuerpecito al que estrechar entre los brazos. Ojalá no esté demasiado mayor para entonces, piensa. Que aún tenga fuerza y salud para ocuparse de él, o de ella. Para disfrutarlos.
Libros. Hay muchos en la habitación, y jalonan veinticinco años de una vida. Infantiles, aventuras, viajes, textos escolares, materias universitarias, novela, ensayo, arte, historia. Desde niño, leyéndole cuentos e historietas, orientándolo con cautela, ella fue transmitiéndole el amor por la palabra escrita. La puerta maravillosa a mundos y vidas que acaban por multiplicar la propia: aspiraciones, sueños, anhelos cuajados en largas horas de lectura y templados en la imaginación. La intensidad de una mirada joven que explora el mundo en el descubrimiento de sí misma. Estos libros llevaron al muchacho a reconocerse entre los demás, a moverse con seguridad por el territorio exterior, a descubrir y planear un futuro. A estudiar una carrera bella y poco práctica, relacionada con la lengua, el pasado, el arte y la historia. A licenciarse en sueños maravillosos. En cultura y memoria.
Ahora ella, inquieta, se pregunta si hizo bien. Si la lucidez que estos libros dieron a su hijo no sirve más bien para atormentarlo. Lo sospecha al verlo salir de casa para entrevistas de trabajo de las que siempre vuelve hosco, derrotado. Cuando lo ve teclear en el ordenador buscando un resquicio imposible por donde introducirse y empezar una vida propia: la que soñó. Cuando lo ve callado, ausente, abrumado por el rechazo, la impotencia, la falta de esperanza que pronto sustituye, en su generación, a las ilusiones iniciales. Recuerda a los amigos que empezaron juntos la carrera animándose entre sí, dispuestos a comerse el mundo, a vivir lo que libros y juventud anunciaban gozosos. Cómo fueron desertando uno tras otro, desmotivados, hartos de profesores incompetentes o egoístas, de un sistema académico absurdo, injusto, estancado en sí mismo. De una universidad ajena a la realidad práctica, convertida en taifas de vanidades, incompetencia y desvergüenza. Pese a todo, su hijo aguantó hasta el final. Fue de los pocos: acabó los estudios. Licenciado en tal o cual. Un título. Una expectativa fugaz. Luego vino el choque con la realidad. La ausencia absoluta de oportunidades. El peregrinaje agotador en busca de trabajo. Los cientos de currículum enviados, el esfuerzo continuo e inútil. Y al fin, la resignación inevitable. El silencio. Tantas horas, días, años, de esfuerzo sin sentido. La urgencia de aferrarse a cualquier cosa. Hace una semana, cuando llenaba el formulario para solicitar un trabajo de dependiente en una tienda de ropa de marca, el consejo desolador de un amigo: «No pongas que tienes título universitario. Nadie emplea a gente que pueda causarle problemas».
Tocando los libros en sus estantes, la madre se pregunta si fue ella quien se equivocó. Si no tendría razón su marido al sostener que no está el mundo para chicos con sueños en la cabeza y libros bajo el brazo. Si al pretenderlo culto y lúcido no lo hizo diferente, vulnerable. Expuesto a la infelicidad, la barbarie, el frío intenso que hace afuera. Es entonces cuando, abriendo un libro al azar, encuentra unas líneas subrayadas –a lápiz y no con bolígrafo ni marcador, ella siempre insistió en eso desde que él era pequeño–: «En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marino, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir».(*)
Se queda un instante con el libro abierto, pensativa. Releyendo esas líneas. Después lo cierra despacio, devolviéndolo a su lugar. Y sonríe mientras lo hace. Una sonrisa pensativa. Dulce. Tal vez no se equivocó por completo, concluye. O no tanto como cree. Puede que él forjara sus propias armas para sobrevivir, después de todo. Quizá mereció la pena.
XLSemanal, 16 de Agosto de 2009
Buufff...esta semana el Master se ha superado!!!
(*)
Una novela inolvidable, sobretodo si la lees de jovencito. Una suerte de moby dick pero con superpetrolero y venganza de por medio. Memorable.
domingo, 26 de julio de 2009
Nadie dijo que fuera fácil.
Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando.Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.
Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.
El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean.
Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.
El Semanal 21 de enero de 2007
...¿Qué puedo decir?. De esas cosas que te cambian la vida....
La lucidez es el camino, creo. Y en eso, Don Arturo es Dios.
domingo, 12 de julio de 2009
La sombra del Vampiro
A menudo llegan cartas pidiendo que recomiende un libro para jóvenes. Algo que los anime a leer. En literatura, la palabra jóvenes resulta ambigua y peligrosa, de modo que no suelo meterme en ese tipo de jardines. Cada cabeza es un mundo aparte. Por lo demás, creo que, salvo contadas excepciones, lo que establece la diferencia entre un libro para jóvenes y otro para adultos es la edad de quien lo lee. Unos textos encuentran a su lector en el momento adecuado, y otros no. El conde de Montecristo, por ejemplo, puede fascinar lo mismo a un joven de quince años que a un abuelo de setenta. Y no sabría decir cuándo es más placentero y provechoso leer La línea de sombra, El guardián entre el centeno, La cartuja de Parma, Moby Dick o La montaña mágica.
Hay una novela, sin embargo, con la que tengo la certeza de ir sobre seguro, pues no conozco a ninguno de sus lectores, jóvenes o adultos, que no hable de ella con entusiasmo. Con su título ocurre como con tantas obras maestras: el cine lo hizo todavía más popular, devorándolo, y al fijarlo en el imaginario colectivo desvinculó el mito de la fuente original. Pero ese libro extraordinario sigue ahí, en librerías y bibliotecas, en buen y sólido papel impreso, esperando que manos afortunadas lo abran y se estremezcan con su invención perfecta, su belleza y su trama sobrecogedora. La novela se llama Drácula y fue escrita –a máquina, innovación técnica absoluta en aquel momento– por su autor, Bram Stoker, hace ciento diez años.
Drácula es de una modernidad que apabulla. Para construirla, Stoker se zambulló en leyendas medievales, supersticiones y brumas balcánicas, vampirismo y hombres lobo, sin que nada de eso entorpeciese con erudiciones inoportunas, a la hora de escribir, la limpia eficacia de su historia, a la que aplica una factura técnica complicada, impecablemente resuelta, que ya quisieran para sí muchos de los que, a estas alturas del tiempo y la literatura, pretenden romper o reinventar las reglas del juego. La historia, que empieza cuando el joven inglés Jonathan Harker viaja a Transilvania para negociar una venta con un aristócrata local, se fragmenta en cartas, diarios íntimos, recortes de prensa, grabaciones fonográficas e incluso el espeluznante diario de a bordo –pieza maestra dentro de la obra maestra– del capitán de un navío, el Démeter, que con su perro negro ocupa por mérito propio un lugar en la nomenclatura de barcos legendarios y misteriosos de la gran literatura de todos los tiempos.
Además, están los personajes. Complejos, humanos hasta el dolor, inhumanos hasta la crueldad objetiva y fría, los seres que pueblan Drácula mantienen al lector pegado a sus páginas: las dos amigas atrapadas por una atracción fatal, la desnudez fetichista de sus pies –¡cómo insiste en eso el autor!– cuando se entregan al terrible seductor, la violación-vampirización de Lucy, la impotente lucidez de Van Helsing, el sacrificio del compañero generoso, la dramática empresa de los tres amigos y su estaca en el corazón, la fanática fe del miserable y leal loco Renfield en su maestro-mesías, a prueba de manicomios… Y, por encima de todos, desde que una mano fuerte, fría como la nieve, estrecha la del joven Harker en el castillo de los Cárpatos, la extraordinaria e implacable sombra que planea sobre la novela: ese espléndido conde Drácula, cuya engañosa ancianidad y bigote blanquecino quedaron borrados para siempre, en la iconografía clásica del mito –160 adaptaciones cinematográficas–, por la magnífica palidez engominada de Bela Lugosi, la elegancia aristocrática de Christopher Lee, la escalofriante cortesía de Frank Langella y todas las derivaciones, variantes o sucedáneos generados en torno; desde bodrios infames para la tele hasta obras maestras como el mítico, genial, Vampiros del maestro John Carpenter.
Y es que, por encima de todo eso, Drácula es una novela magnífica que a ningún lector deja indiferente. «La mejor del siglo», afirmaba de ella Oscar Wilde en 1897; y con Don Juan y Fausto, según André Malraux, «los únicos mitos creados por los tiempos modernos». Un pedazo de libro, vamos. De los que enganchan –literalmente– por el pescuezo. Así que, señora, caballero, profesor de literatura o quien diablos sea usted, permítame una sugerencia: si esa lastimosa criatura suya no abre nunca un libro, cómprele Drácula, o hágaselo leer y comentar en clase. A usted, de paso, tampoco le vendría mal. Échele un vistazo, y ya me contará. Tan seguro estoy de eso que, si no funciona, yo mismo le devuelvo su dinero.
Arturo Pérez-Reverte
XL Semanal
7 de octubre de 2007
Hay una novela, sin embargo, con la que tengo la certeza de ir sobre seguro, pues no conozco a ninguno de sus lectores, jóvenes o adultos, que no hable de ella con entusiasmo. Con su título ocurre como con tantas obras maestras: el cine lo hizo todavía más popular, devorándolo, y al fijarlo en el imaginario colectivo desvinculó el mito de la fuente original. Pero ese libro extraordinario sigue ahí, en librerías y bibliotecas, en buen y sólido papel impreso, esperando que manos afortunadas lo abran y se estremezcan con su invención perfecta, su belleza y su trama sobrecogedora. La novela se llama Drácula y fue escrita –a máquina, innovación técnica absoluta en aquel momento– por su autor, Bram Stoker, hace ciento diez años.
Drácula es de una modernidad que apabulla. Para construirla, Stoker se zambulló en leyendas medievales, supersticiones y brumas balcánicas, vampirismo y hombres lobo, sin que nada de eso entorpeciese con erudiciones inoportunas, a la hora de escribir, la limpia eficacia de su historia, a la que aplica una factura técnica complicada, impecablemente resuelta, que ya quisieran para sí muchos de los que, a estas alturas del tiempo y la literatura, pretenden romper o reinventar las reglas del juego. La historia, que empieza cuando el joven inglés Jonathan Harker viaja a Transilvania para negociar una venta con un aristócrata local, se fragmenta en cartas, diarios íntimos, recortes de prensa, grabaciones fonográficas e incluso el espeluznante diario de a bordo –pieza maestra dentro de la obra maestra– del capitán de un navío, el Démeter, que con su perro negro ocupa por mérito propio un lugar en la nomenclatura de barcos legendarios y misteriosos de la gran literatura de todos los tiempos.
Además, están los personajes. Complejos, humanos hasta el dolor, inhumanos hasta la crueldad objetiva y fría, los seres que pueblan Drácula mantienen al lector pegado a sus páginas: las dos amigas atrapadas por una atracción fatal, la desnudez fetichista de sus pies –¡cómo insiste en eso el autor!– cuando se entregan al terrible seductor, la violación-vampirización de Lucy, la impotente lucidez de Van Helsing, el sacrificio del compañero generoso, la dramática empresa de los tres amigos y su estaca en el corazón, la fanática fe del miserable y leal loco Renfield en su maestro-mesías, a prueba de manicomios… Y, por encima de todos, desde que una mano fuerte, fría como la nieve, estrecha la del joven Harker en el castillo de los Cárpatos, la extraordinaria e implacable sombra que planea sobre la novela: ese espléndido conde Drácula, cuya engañosa ancianidad y bigote blanquecino quedaron borrados para siempre, en la iconografía clásica del mito –160 adaptaciones cinematográficas–, por la magnífica palidez engominada de Bela Lugosi, la elegancia aristocrática de Christopher Lee, la escalofriante cortesía de Frank Langella y todas las derivaciones, variantes o sucedáneos generados en torno; desde bodrios infames para la tele hasta obras maestras como el mítico, genial, Vampiros del maestro John Carpenter.
Y es que, por encima de todo eso, Drácula es una novela magnífica que a ningún lector deja indiferente. «La mejor del siglo», afirmaba de ella Oscar Wilde en 1897; y con Don Juan y Fausto, según André Malraux, «los únicos mitos creados por los tiempos modernos». Un pedazo de libro, vamos. De los que enganchan –literalmente– por el pescuezo. Así que, señora, caballero, profesor de literatura o quien diablos sea usted, permítame una sugerencia: si esa lastimosa criatura suya no abre nunca un libro, cómprele Drácula, o hágaselo leer y comentar en clase. A usted, de paso, tampoco le vendría mal. Échele un vistazo, y ya me contará. Tan seguro estoy de eso que, si no funciona, yo mismo le devuelvo su dinero.
Arturo Pérez-Reverte
XL Semanal
7 de octubre de 2007
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