martes, 21 de abril de 2009

Felices 50, Mr Smith


Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am home again
Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am whole again
Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am young again
Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am fun again

However far away I will always love you
However long I stay I will always love you
Whatever words I say I will always love you
I will always love you

Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am free again
Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am clean again

However far away I will always love you
However long I stay I will always love you
Whatever words I say I will always love you
I will always love you

Neruda "A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España"


LLEGASTE a mí directamente del Levante. Me traías,
pastor de cabras, tu inocencia arrugada,
la escolástica de viejas páginas, un olor
a Fray Luis, a azahares, al estiércol quemado
sobre los montes, y en tu máscara
la aspereza cereal de la avena segada
y una miel que medía la tierra con tus ojos.

También el ruiseñor en tu boca traías.
Un ruiseñor manchado de naranjas, un hilo
de incorruptible canto, de fuerza deshojada.
Ay, muchacho, en la luz sobrevino la pólvora
y tú, con ruiseñor y con fusil, andando
bajo la luna y bajo el sol de la batalla.

Ya sabes, hijo mío, cuánto no pude hacer, ya sabes
que para mí, de toda la poesía, tú eras el fuego
azul.
Hoy sobre la tierra pongo mi rostro y te escucho,
te escucho, sangre, música, panal agonizante.

No he visto deslumbradora raza como la tuya,
ni raíces tan duras, ni manos de soldado,
ni he visto nada vivo como tu corazón
quemándose en la púrpura de mi propia bandera.

Joven eterno, vives, comunero de antaño,
inundado por gérmenes de trigo y primavera,
arrugado y oscuro como el metal innato,
esperando el minuto que eleve tu armadura.

No estoy solo desde que has muerto. Estoy con los que
te buscan.
Estoy con los que un día llegarán a vengarte.
Tú reconocerás mis pasos entre aquellos
que se despeñarán sobre el pecho de España
aplastando a Caín para que nos devuelva
los rostros enterrados.

Que sepan los que te mataron que pagarán con sangre.
Que sepan los que te dieron tormento que me verán
un día.
Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre
en sus libros, los Dámasos, los Gerardos, los hijos
de perra, silenciosos cómplices del verdugo,
que no será borrado tu martirio, y tu muerte
caerá sobre toda su luna de cobardes.
Y a los que te negaron en su laurel podrido,
en tierra americana, el espacio que cubres
con tu fluvial corona de rayo desangrado,
déjame darles yo el desdeñoso olvido
porque a mí me quisieron mutilar con tu ausencia.

Miguel, lejos de la prisión de Osuna, lejos
de la crueldad, Mao Tse-tung dirige
tu poesía despedazada en el combate
hacia nuestra victoria.
Y Praga rumorosa
construyendo la dulce colmena que cantaste,
Hungría verde limpia sus graneros
y baila junto al río que despertó del sueño.
Y de Varsovia sube la sirena desnuda
que edifica mostrando su cristalina espada.

Y más allá la tierra se agiganta,
la tierra
que visitó tu canto, y el acero
que defendió tu patria están seguros,
acrecentados sobre la firmeza
de Stalin y sus hijos.
Ya se acerca
la luz a tu morada.
Miguel de España, estrella
de tierras arrasadas, no te olvido, hijo mío,
no te olvido, hijo mío!
Pero aprendí la vida
con tu muerte: mis ojos se velaron apenas,
y encontré en mí no el llanto,
sino las armas
inexorables!
· Espéralas! Espérame!

lunes, 20 de abril de 2009

Destino de fracaso

Proponerse un destino de fracaso
y ser fiel al mar,
eso es lo único que me espera.
Revivir una y otra vez el abismo,
matar a cada momento
la vida que me regalas cada día.

Me desprecio. Desprecio mi cuerpo
y mi alma de fantasma. Desprecio la vida
que me corrompe, la fatalidad del desengaño,
lo desprecio todo de mí.
Desprecio la noche y el día.
Desprecio la carne viva que me envuelve
y envidio al gusano que devora
la corrupta sangre muerta.

Vomito sobre mí, me desprecio,
rompo cristales
y arranco lamentos.
Retuerzo gargantas y quemo recuerdos;
revivo sin ganas
y muero entre sueños.
A cada lado se abre la brecha,
la negra sonrisa de sombra en mi cuello.
Y me desprecio,aunque ahora...
ahora ya estoy muerto.

Museo del mar fantasma -19 / 04/ 2009

Ya que me había ido hasta Chile, quería ver Valparaíso, así que dos de mis anfitriones, el joven escritor argentino Gonzalo Garcés y mi editor Juan Díaz, feroz culé expatriado que me torturó con las hazañas del Barça esta temporada, me llevaron amablemente desde Santiago en coche. Valparaíso no defrauda, con sus casas de colores pastel y su bahía como pintada, sus viejos ascensores de rampa para ir de la parte alta a la baja de la ciudad y viceversa sin despeñarse al descender sus empinadísimas cuestas ni deslomarse al subirlas, su aire de decadencia orgullosa, la reminiscencia de sus batallas navales y de su esplendor industrial decimonónico, que llevó a establecerse allí a numerosas empresas alemanas, británicas y norteamericanas. No le faltan, además, edificios exóticos, como el Palacio Baburizza, construido en 1916 por dos arquitectos italianos en estilo art nouveau orientalizante y adecuadamente situado en el Paseo Yugoslavo, al que dio nombre, en honor de su patria de origen, el industrial salitrero Pascual Baburizza.

Pero el primer sitio que me llevaron a ver mis acompañantes fue la casa de Pablo Neruda, quizá ignorantes de que ni su poesía ni su persona me han interesado nunca mucho. Con todo, me alegró visitarla: convertida en museo, es una casa bastante náutica, toda enmaderada, algo teatral pero muy agradable, con excelentes vistas sobre la bahía, que desde allí no parece real: tal vez porque era domingo y los barcos estaban muy quietos, tal vez por la neblina que la acechaba, producía una impresión fantasmal, como si fuera el decorado enorme de un escenario. Pero lo que a mí se me había antojado ver, sólo por el nombre que había leído en una guía, era el Museo del Mar Lord Cochrane. Curiosamente, la guía en cuestión no decía una sola palabra sobre su contenido. Hablaba tan sólo de su ubicación “en el solar del antiguo castillo San José, construido para defender el puerto de los ataques de piratas; es una de las pocas casas coloniales que se conservan en Valparaíso, erigida en madera en 1842. Tiene un patio rectangular en torno al cual se abren las habitaciones y, hacia el exterior, un jardín con un mirador que por sí solo merece la visita”. Nada sabía yo de Lord Cochrane en aquel momento. De vuelta en Madrid, consulto el Dictionary of National Biography y me entero de que Thomas Cochrane (1775-1860) fue décimo Conde de Dundonald y almirante que participó en cien batallas europeas y americanas. Su conexión con Chile no es baladí, desde luego: en 1818 aceptó el encargo del Gobierno de ese país de organizar y asumir el mando de la flota nacional, que a la sazón se componía tan sólo de siete navíos, de los que el único eficaz era una fragata de cincuenta cañones capturada a los españoles, los cuales se aprestaban entonces a atacar Valparaíso con una imponente escuadra. A pesar de ello, Cochrane logró mantenerlos a raya durante cinco meses vitales, hostigarlos con escaramuzas y hacerles muchos prisioneros.

Garcés, Díaz y yo anduvimos preguntando por el Museo del Mar, sin que nadie supiera darnos cuenta. Por fin unos carabineros no sólo nos contestaron, sino que se ofrecieron a acercarnos hasta él en su furgón enrejado, “no vaya a ser que los asalten”. “¿Hay aquí muchos asaltos?”, preguntó Garcés. “Hay unos cuantos”, respondieron los carabineros encargados de prevenirlos. Mis acompañantes quisieron fotografiarme en el momento de subir al furgón, a fin de chantajearme más adelante con la amenaza de filtrar la instantánea con este pie: “Escritor español en el momento de ser detenido por la policía de Valparaíso”. (Me hicieron la foto en el interior, en todo caso, con fondo de ventanilla de rejas.) Los gentiles carabineros nos trasladaron doscientos metros y nos sugirieron que tomáramos un taxi que vieron libre, para el resto del recorrido. Como no íbamos a oponernos a la autoridad, así lo hicimos, y el taxista nos trasladó otros doscientos metros cuesta arriba hasta la puerta del Museo, que tenía echado el candado. Íbamos a pedirle que nos devolviera abajo cuando apareció un señor con un notable bigote y la llave. Nos pidió que escribiéramos nuestros nombres y lugares de procedencia en un libro de visitas. Observé que nos habían precedido unas veinte personas en el día. No nos cobró. Entramos al patio que mencionaba la guía y fuimos abriendo una puerta tras otra para acceder a las salas. En ninguna había nada, ni de mar ni de tierra, el Lord Cochrane estaba vacío. “¿No hay nada que ver en las salas?”, le preguntamos al hombre bigotudo. “Lo hubo”, nos contestó con parquedad. “¿Y qué fue de ello?”, insistí con curiosidad. “Se lo llevaron hace años. No dijeron adónde”. “Toda esa gente del libro de visitas, ¿ha venido como nosotros, creyendo que había algo, o ya sabían?” “Quién sabe. Han mirado la casa y la vista”. Nos asomamos al mirador y admiramos la vista. Me quedé con la duda de si el Museo del Mar era tan fantasmal como algunas zonas de la preciosa ciudad que lo alberga, o si sus responsables están a la última y se han adscrito –pero al pie de la letra– a la corriente contemporánea y cretina de considerar que lo que importa de los museos no es su contenido, sino el envoltorio.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de abril de 2009

viernes, 17 de abril de 2009

Patriotas de la Patria...en conglomerado, ¡He dicho!

Maravillosamente sin-sentido!!!!!...o con sentido?...mm...



:)

This Is The Life



Oh the wind whistles down
The cold dark street tonight
And the people they were dancing to the music vibe
And the boys chase the girls with the curls in their hair
While the shy tormented youth sit way over there
And the songs they get louder
Each one better than before

And you're singing the songs
Thinking this is the life
And you wake up in the morning and your head feels twice the size
Where you gonna go? Where you gonna go?
Where you gonna sleep tonight?

And you're singing the songs
Thinking this is the life
And you wake up in the morning and your head feels twice the size
Where you gonna go? Where you gonna go?
Where you gonna sleep tonight?
Where you gonna sleep tonight?

So your heading down the road in your taxi for four
And you're waiting outside Jimmy's front door
But nobody's in and nobody's home 'til four
So you're sitting there with nothing to do
Talking about Robert Riger and his motley crew
And where you're gonna go and where you're gonna sleep tonight

And you're singing the songs
Thinking this is the life
And you wake up in the morning and your head feels twice the size
Where you gonna go? Where you gonna go?
Where you gonna sleep tonight?

(...)

Where you gonna sleep tonight?

jueves, 16 de abril de 2009

A.G.

" Yo sé que existo
porque tu me imaginas.
Soy alto porque tu me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
oscuro, torpe, malo
el que la habita. "

____________________________


" Mi memoria conserva apenas solo
el eco vacilante de su alta melodía:
lamento de metal, rumor de alambre,
voz de junco, también
latido, vena.
Recuerdo claramente su erre temblorosa,
su estremecida erre suspendida
sobre un abismo de silencio y ámbar,
desprendiéndose casi
de la música oscura que por detrás la asía,
defendiéndose apenas
del cálido misterio que la alzaba en el aire
creando un solo cuerpo de luz y de belleza.
Luminosa y precisa,
yo la sentía en mi ser profundamente,
sabía su sentido,
descifraba sin llanto su mensaje,
porque acaso ella fuese
-o sin acaso: cierto-
la única palabra irrefrenable
que mi sangre entendía y pronunciaba:
una palabra para estar seguro,
talismán infalible
significando aquello que nombraba.
Como un perfume que lo explica todo,
como una luz inesperada,
su presencia de viento y melodía
hería los sentidos, golpeaba
el corazón,
estremecía la carne
con el presentimiento verdadero
de la honda realidad que descubría.
Pronunciarla despacio equivalía
a ver, a amar, a acariciar un cuerpo,
a oler el mar, a oír la primavera,
a morder una fruta de piel dulce.
Todo ocurría así, hasta que un día
la dije bien, y no entendí su cántico.
La grité clara, la repetí dura,
y esperé ávidamente,
y percibí, lejano,
un eco inexplicable, infiel
reflejo
que en vez de iluminar, oscurecía,
que en vez de revelar, cubrió de tierra
la imprecisa nostalgia de su antiguo mensaje.
Cuando un nombre no nombra, y se vacía,
desvanece también, destruye, mata
la realidad que intenta su designio. "

miércoles, 15 de abril de 2009

Una joyita



Mil millones de gracias, Laura.

Yo se lo mando a todos los blogs que leo con tantísimo gusto...ya fue dificil seleccionar sólo 10 para el otro premio...no me hagáis hacerlo ahora.

Todos sois joyas para mí!

domingo, 12 de abril de 2009

Bachillerato con adultos - 12/04/2009

En el irreversible proceso de deterioro de la lengua hablada y escrita en España, se está ya alcanzando la fase más irritante y escandalosa, que es aquella en la que quienes hablan y escriben mal creen además hacerlo bien, y se permiten señalar como “incorrecciones” en otros lo que justamente sí es correcto. Es el mundo al revés, como se lamentaban nuestras abuelas. Las personas que afean usos correctos no son sólo ignorantes, sino temerarias y perezosas, pues ni siquiera se molestan en comprobar si llevan razón. Están convencidas de tenerla porque la mayoría ya habla y escribe como ellas, y dan por sentado que un error de muchos se convierte automáticamente en acierto. Por supuesto que todo el mundo puede hablar y escribir como le venga en gana, eso no está multado: no soy ningún purista, la lengua está en evolución permanente, la conforman los usuarios, y hay palabras que, por el insistente significado erróneo que éstos les han dado, han pasado a querer decir también algo distinto de lo que significaban, o aun opuesto. Así “álgido” y “lívido”. Eso no supone, sin embargo, que “álgido” y “lívido” ya no puedan ser empleadas en sus acepciones originales, de “glacial” y “amoratado” respectivamente, y sería ridículo –además de necio– reprocharle a alguien tales usos. Pues el equivalente a esto último es lo que está ocurriendo.

Hace ya años que algunos lectores me han acusado de recurrir al verbo “deber” para expresar una inferencia, ignorando que, así como no puede nunca decirse “deber de” para lo imperativo (esa es precisamente la fórmula para la inferencia: “debe de haberle sentado algo mal”, y jamás “el Gobierno debe de atender nuestras peticiones”, como sueltan casi todos los políticos y locutores), sí puede decirse “deber” a secas para las suposiciones: “debe ser amigo suyo” es correcto, y yo a veces, por una cuestión silábica y de ritmo de la prosa, he omitido el “de” en teoría preceptivo en estos casos. Es una opción, no una incorrección.

Pero lo que me mueve a escribir este artículo es que hace poco un respetable y veterano periodista se dirigió a este suplemento “suplicando a quien corresponda que ponga remedio al insoportable loísmo de Marías”. Me reprochaba escribir “LO” a menudo cuando, según él, “corresponde LE”, y ponía como ejemplo flagrante una columna mía sobre Bernhard en la que yo decía, refiriéndome siempre al autor austriaco, “Y se LO leyó, ya lo creo que se LO leyó … No fueron pocos los novelistas que LO imitaron”. Y luego: “Se LO leyó bastante mal”, y también “… que se LO tradujera”. Tan insoportable le parecía todo esto al periodista que instaba a alguien responsable a impedirme seguir incurriendo en lo que para él era “ese defecto lingüístico”. Le contesté privadamente, pero quizá no esté de más aclarar la cuestión también públicamente, y esto es lo que vine a explicarle:

“Muy señor mío: Gracias por su carta relativa a mi supuesto defecto de ‘loísmo’, y por lo tanto por su atención. Debo decirle, sin embargo, que usted considera defecto algo que es absolutamente correcto, como comprobaría si se molestara en consultar una gramática. Lo correcto en español, cuando se utilizan verbos transitivos como ‘leer’, ‘imitar’ o ‘traducir’, es utilizar ‘lo’ aunque se trate de personas. Así, decir ‘A Juan lo vi ayer en la calle’ es más correcto que ‘A Juan le vi ayer en la calle’, aunque esta última opción sea muy frecuente en España y esté ya admitida y aceptada. Rara vez verá, pese a ello, que la empleen ningún andaluz ni ningún latinoamericano, que observan más que otros hispanohablantes la mayor corrección de ese ‘lo’. Si se tratara de una mujer, diríamos todos, sin duda, ‘A Juana la vi ayer en la calle’, y nunca ‘A Juana le vi ayer en la calle’, lo cual le indica que Juan y Juana son acusativos o complementos directos, según las antiguas denominaciones, y que por ello lo más correcto es decir ‘lo’ y ‘la’, respectivamente, en la frase puesta como ejemplo. A usted le parece ‘insoportable’ mi ‘loísmo’. Está en su derecho, pero antes de calificarlo de ‘defecto lingüístico’, cerciórese de que lleva razón. Señalar como defecto lo que precisamente es correcto sí que me resulta a mí insoportable”.

Me temo que a estas alturas el lío con “lo”, “le” y “la” es mayúsculo entre los hablantes, abandonados desde hace lustros a una educación grotesca. En el afán por evitar el “laísmo”, que está especialmente condenado y es muy feo, oigo sin cesar frases como “A Isabel hay que ayudarle”, o “que oírle”, o “que temerle”, cuando debería ser “ayudarla”, “oírla” y “temerla”. Quizá va siendo hora de recuperar las viejas reglas para saber si un verbo es transitivo y exige “lo” (aunque “le” esté admitido) y “la” para sus complementos directos masculino y femenino, respectivamente. Uno se preguntaba, recuerdan: ¿Qué o quién es lo leído, imitado, traducido, visto, ayudado, oído o temido? Bernhard, Juan, Juana, Isabel. Luego “lo” y “la” en todos los casos, o, si se prefiere, “le” en los de Juan y Bernhard. Parece mentira que haya que volver al bachillerato con adultos, maldita sea.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de abril de 2009

jueves, 9 de abril de 2009

Symbelmine



Gracias Lina, Gracias Narkia por ste rayo de luz que no creo merecer pero acojo con gusto.

El mío va para:
  1. Narkia:http://lachicadelfaro.blogspot.com/
  2. Lina: http://relegadadelmundo.blogspot.com/
  3. La reina: http://cyclotimia.blogspot.com/
  4. Lenka:http://esperandoalosbuhos.blogspot.com/
  5. Lal:http://shirak-lal.blogspot.com/
  6. Cristinita:http://lorien-cristina.blogspot.com/
  7. Kaken: http://kaken-h.blogspot.com/
  8. Ado:http://laslluviasdecastamere.blogspot.com/
  9. Ala:http://bookinwhite.blogspot.com/
  10. JR:http://losreyessonlospadres.blogspot.com/
Ya sabéis...no me olvideis....

REGLAS:
a) Exhibir la imagen del sello.
b) Poner el enlace de la persona que te lo ha regalado.
c) Elegir diez personas para pasárselo.
d) Escribirles un mensaje en su blog para comunicarles el premio.

lunes, 6 de abril de 2009

"Los que llevamos la nave" - 5/04/2.009

Para cuando se publique esta página, espero estar de regreso sano y salvo. Cuando la escribo, falta poco para que me embarque en un avión rumbo a Santiago de Chile, lugar que se me aparece ahora como el fin del mundo y en el que –lo siento– no sé qué se me ha perdido, por mucho que sí lo sepa y pueda reconstruir con precisión las circunstancias que el pasado agosto me llevaron a aceptar este disparate al que me enfrento. Ya sé que hay millones de personas para las que algo así no tiene nada de particular, y que efectúan desplazamientos aún más largos continuamente. A ellas me aferro: me acuerdo de los tenistas y de los cantantes de ópera, que van de aquí para allá casi todas las semanas de su vida. De los políticos, que cada dos por tres se trasladan al quinto pino para verse con sus homólogos o asistir a la toma de posesión de un Presidente remoto. De muchos colegas míos, que van cada año encantados a las Ferias del Libro de Buenos Aires, Cartagena de Indias o Guadalajara de México. De las masas de turistas que se mueven por el mundo como ardillas voladoras o como superratones, y que en Navidad marchan a Bali, a Cancún en cualquier puente y en Semana Santa al Cañón del Colorado. “La gente vuela sin parar y hace largos trayectos”, pienso. “A la mayoría no le ocurre nada, y se monta en las infernales máquinas como en un taxi”.

Bueno, esa es la apariencia. A poco que uno indague, descubre que también hay millares de individuos que, como yo, lo pasan fatal cada vez que se encierran en un avión, más aún si es para cruzar el océano, y que se pasan las interminables horas pensando: “¿Qué diablos hago en mitad del Atlántico? Porque es ahí donde estoy, no me engañan”. Durante los últimos años, además, he logrado evitar esta clase de viajes con variados pretextos: que si estaba escribiendo una novela muy larga y no podía desconcentrarme durante un par de semanas; que si no estaba dispuesto a visitar los Estados Unidos mientras Bush Jr los gobernara; que si encontrarme en un festival literario con más de cien escritores me parecía un preanuncio del infierno. Entre unas tonterías y otras, hará unos diez años que no atravieso ese océano, de lo cual me arrepiento ahora un poco, pues, al haberme desacostumbrado, la cosa me parece no una montaña, sino los Andes, que por cierto habré de sobrevolar de Santiago a Buenos Aires, quién me manda.

Sin embargo he padecido épocas peores, en las cuales me comportaba como un niño –para mis adentros, descuiden, nunca he protagonizado una escena de pánico, ni me he bajado de un aparato a punto de despegar, como mi amigo Antonio Gasset hace mil años, al que admiro por ello–. Para empezar, intentaba hacerme a la idea de que estaba en un autobús o en un ascensor, para lo que era fundamental no mirar nunca por la ventanilla, ni de reojo. Compraba el periódico-sábana más grande que hallara en el quiosco para llevarlo desplegado durante todo el vuelo, fingiendo leerlo, y que sus páginas me taparan hasta el último resquicio de vacío. Desarrollé manías que me suena haber contado alguna vez en otro sitio: me parecía un mal augurio que algún pasajero estuviera de pie en el pasillo mucho rato, charlando con sus amistades, y si ese pasajero era japonés el augurio se me convertía en pésimo, no por racismo, sino porque los japoneses dan la impresión de no ser muy conscientes de los peligros a que se exponen… o que causan (no en balde inventaron los kamikazes). Como en esos estrechos tubos no hay madera, llevaba cerillas de ese material para tocarlas, hasta que algunos lectores y amigos benévolos me regalaron unas piececitas de diferentes maderas que pudiera manosear a gusto. Esta última costumbre –la verdad– no la he abandonado, así que alterno unas que llevan en francés sus respectivos nombres, y al iniciarse cada despegue pienso como un idiota: “A ver cómo te portas, acajou, o santal, o padouk, o bois de rose”, según cuál me acompañe (una para la ida y otra para la vuelta, por lo menos). Sí, lo confieso: les hablo en silencio a los trocitos de maderas nobles, como un anormal y encima cursi, por lo del francés sobre todo. Ni que decir tiene que me pasaba los vuelos con la agotadora sensación de ser yo quien conducía el aparato y de que de mi tensión, esfuerzo y alerta dependía que llegáramos a buen puerto. Me contaban que los pilotos suelen ir tan tranquilos la mayor parte del tiempo, y oscilaba entre no creérmelo y pensar: “Ya pueden; se desentienden de todo porque soy yo quien lleva la nave, a cuestas prácticamente”.

He hablado en pasado como si estuviera ya libre de incurrir en estas supersticiones ridículas. Ahora que se me avecinan doce horas en el aire no estoy muy seguro de si no tendré que recuperar el presente de indicativo. Si me atrevo a contarlas aquí es porque tampoco ustedes me engañan: sé que una gran parte, cuando vuela, va pensando parecidas sandeces y que es gracias a nosotros como el avión se sostiene y no se cae. Normalmente. (Y toco madera.)

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de abril de 2009

sábado, 4 de abril de 2009

"España" , de Carmelo Guillén Acosta


Hoy estoy de tu parte españa y sé que tengo
motivos suficientes para saberte mía
he vuelto de los sitios donde crece mi alma
y ya tú ves estoy que no quepo de gozo
he vuelto de esos pueblos humildes sin trajín
en donde aún respiro de verdad aire histórico
tan hecha a mi medida pareces que vivo
pendiente de perderme en tu geografía

mira tú que obsoleto yo yendo de español
volcado a lo que nunca pareció estar de moda
en sinvivir viviendo de pueblos impolutos
por los que nadie pasa ni el tiempo pasa nadie
yo en fin reconocido en ese privilegio
de ser de pueblo al menos a ellos me parezco
para qué quiero darle otro tono a mi vida
mi españolidad es bien sentimental

de quienes tienen viva la sed de lo infinito
de ésos del montón uno más ése soy
y cuando digo españa no me refiero a europa
lo mío es más telúrico tiene que ver de fondo
con un modo ancestral de cuidar de mí mismo
de sentarme a la puerta y estarme con los viejos
y hablar mientras orea el fresco y es un don
a ver quién se resiste a tanta plenitud

a ésa que me trae la memoria y que alcanzo
ajena a los políticos bella porque es de uno
a ésa que no tiene por qué cambiar de aires
y amo y que me atrae mire por donde mire
a ésa tan de gente que me conoce y sabe
mi vida y yo la suya tan íntima a mis ojos
anclada en tradiciones para qué quiero otra
perenne manantial de espiritualidad

a ésa la interior con la que sueño y voy
por sitios donde sé manejarme tan bien
mi españa la indigente a ella a ti te digo
hoy estoy de tu parte y porque no soy más
que un hombre ante su vida en ti me reconozco
tanto es lo vivido lo que me llenas tanto
que no sería capaz de vivir de otra forma
la tuya es la que entiendo lo sabe el corazón

Carmelo Guillén Acosta en Quedar con alguien

viernes, 3 de abril de 2009

"A ciegas", versión Alberto Iglesias y Miguel Póveda.

La BSO de "Los abrazos rotos" es, sin duda, una de las más bellas creaciones en lo que a música de cine se refiere de lo que llevamos de año.
Alberto iglesias, portentoso compositor, creador de atmósferas y hermosas melodías, mantiene un discurso musical en esta película que me ha sorprendido gratamente porque supone una perfecta contraposición del guión escrito. Sus melodías acrecentan el sentimiento misterioro, casi opresivo, del que hace gala la película, en lugar del recurso, sin duda más manido (aunque imprescindible per sé en el cine), de aplicar melodías descriptivas a cada situación o personaje. Recurso que sólo expertos maestros de la música de cine son capaces de usar, y que llevan a una banda sonora de cine un paso más allá del simple acompañamiento: la BSO es una parte imprescindible de la película.

Como maravilloso colofón, Iglesias orquesta a su estilo una bellísima copla de Quintero, León y Quiroga del año 1953 que interpretó y dió a conocer en su día con gran éxito Doña Concha Piquer, para la voz de Miguel Póveda.
Piel, erízate.


No tienes que darme cuentas
A ciegas yo te he creído,
Yo voy por el mundo a tientas
Desde que te he conocido.
Llevo una venda en los ojos
Como pintan a la fe
No hay dolor como esta gloria
De estar queriendo sin ver.

Yo muchas noches sentía
Cercano ya el día
Tus pasos en la casa.
Gracias a Dios que has llegado
Que no te ha pasado
Ninguna cosa mala.

En tus manos un aroma
Que transminaba como el clavel,
Pero yo lo echaba a broma
Porque era esclavo de tu querer.

No tienes que darme cuentas
Que no te las he pedío
Quien va por el mundo a tientas
Lleva los rumbos perdidos.
Yo me clavaré en los ojos
Alfileres de cristal
Pa no verme cara a cara
Contigo y con tu verdad.

Yo muchas noches....

No tienes que darme cuentas.

"Princesa"



Y eres una princesa
a pesar de las humedades
de tu corazón,
vives y reinas
bajo la falda del anochecer,
y lo calientas todo...
Buscas príncipe
que te llene el estómago
de cuentos negros
y aun así,
quieres guerra...
Tu cuerpo es un campo de batalla
que conquistar
arrebatando y gimiendo
lamiendo y sorbiendo.

Tu hermoso traje de princesa
yace en un rincón,
arrancado y maltrecho
junto a la espada y la daga de mi cinto.
Ya recibes los espasmos
y yo grito de placer
muerto de calor
y concentrado en ti...
Y lo doy todo, princesa,
respiro hondo y vuelvo a empezar,
porque tú lo mandas.
Ya soy tu príncipe,
desde el mismo instante
que rocé tus pechos
lo supiste y lo supe;
que la noche sería larga,
y la repetiríamos
a cada momento...

Tú eres el verso
obsceno y mojado,
del diario de la libertad,
Yo la música...
Penetrémosnos.

miércoles, 1 de abril de 2009

Arthur Honegger - Pacífico 231.

La capacitación musical temprana de Honegger tuvo lugar en Le Havre y en Zurich. En 1913 ingresó en el Conservatorio de París, donde estudió con Charles Widor y Vincent d'Indy.
Hacia las postrimerías de la Primera Guerra Mundial, pasó a integrar un grupo de compositores conocidos como Les Six: Darius Milhaud, Francis Poulenc, Germaine Tailleferre, Georges Auric y Louis Durey. Los miembros de este grupo verdaderamente tenían poco en común excepto su amistad, y Honegger encajaba menos que nadie. Mientras otros miembros de Les Six (que recibió su nombre a la manera de los Cinco Rusos del siglo XIX) sentían afinidad espiritual con la irreverencia de Erik Satie, eran fuertemente anti Debussy y cultivaban un estilo ligero y casi popular, Honegger era un artista más serio. No sentía ningún respeto por la música de Satie (el sentimiento era mutuo, aunque yo admiro a ambos) y le encantaba Debussy. Honegger sentía tanta simpatía por la música alemana como por la francesa.

Rápidamente asimiló una plétora de influencias que incluyeron el canto gregoriano, técnicas dodecafónicas, jazz y corales de Bach. Honegger nunca fue un experimentalista y su música siempre está arraigada firmemente en la tonalidad.

Muchos compositores de la década de los 20 estuvieron fascinados con los sonidos de la sociedad industrial. En algunos casos la influencia fue muy directa. Edgard Várese, por ejemplo, usó dos sirenas en su Amériques y George Antheil incluyó motores de avión en su Ballet mécanique. Otros compositores respondieron imitando los sonidos de las máquinas con instrumentos orquestales tradicionales. Ejemplo de ello son Fundición de Hierro de Alexander Mossolov y Pacífico 231 de Honegger. La estética que comparten todas estas piezas es un romanticismo moderno, una fascinación por las cualidades artísticas de las máquinas cuyo propósito principal seguramente no era artístico. Honegger, por ejemplo, adoraba la velocidad y los ritmos de las locomotoras y se empeñó en poner estos sonidos en su música.


Honegger dice sobre su obra:
"Siempre he tenido pasión por las locomotoras. Para mí son seres vivientes a las que amo como otros aman a las mujeres o a los caballos. En Pacífico 231 no he intentado imitar el sonido de una máquina sino más bien expresar en términos de música una impresión visual y un placer físico. La pieza se abre con una contemplación "objetiva", la respiración tranquila de la máquina en reposo, el esfuerzo al arrancar, la velocidad que aumenta gradualmente -llegando al lírico y sin embargo patético estado de un tren veloz, 300 toneladas de peso, tronando en medio de la noche a una milla por minuto. El tema de mi composición es una máquina del tipo "Pacífico" número 231, usada para cargas pesadas y construida para mucha velocidad"
Pacífico 231 es el primero de tres "movimientos sinfónicos" que compuso Honegger. El segundo, escrito cinco años más tarde en 1928, también celebra una de las fascinaciones del compositor: los deportes. Se llama Rugby. Cuatro años más tarde añadió el movimiento final, Mouvement symphonique nº 3.

Cuando escribió su libro "Soy Compositor" en 1955, Honegger hizo un replanteamiento sobre la naturaleza del programa de Pacífico 231:
¡Tantos, tantos críticos han descrito minuciosamente la embestida de mi locomotora a través de los grandes espacios, que sería inhumano desengañarlos! Uno de ellos, confundiendo Pacífico con el océano Pacífico, evocó incluso los olores del mar abierto. A decir verdad, en Pacífico fui tras las huellas de un concepto muy abstracto y muy ideal, dando la impresión de una aceleración matemática del ritmo, mientras el movimiento mismo se hacía más lento. Musicalmente compuse una suerte de coral grande y diversificado, salpicado con contrapunto a la manera de J. S. Bach... Primero llamé a la pieza Mouvement symphonique. Pensándolo mejor, me pareció que ese nombre era un poco descolorido. De pronto, una idea bastante romántica cruzó mi mente y cuando la obra estuvo terminada escribí el título Pacífico 231, que indica una locomotora para cargas pesadas y mucha velocidad (un tipo desafortunadamente desaparecido, ¡qué pena!, y sacrificado en aras de la tracción eléctrica).
Compuse... tres "movimientos sinfónicos", que fueron Pacífico 231, Rugby y, para concluir, Mouvement symphonique número 3. En realidad, me faltaba una idea para el tercero. Pero deben saber que, en lo que respecta a Pacífico y Rugby, la prensa resultó ser muy abundante. Gente de gran talento escribió maravillosos artículos, describiendo las varillas impulsoras, el ruido de los pistones, el crujir de los frenos, el globo oval, la salida del vapor, la conmoción de las ruedas frontales, etcétera, etcétera. Todas estas imágenes dieron origen a copiosos estudios. Pero mi pobre Movimiento sinfónico número 3 pagó caro su deslucido título. Apenas cosechó aquí y allá unas pocas líneas evasivas y corteses. Moraleja: -pero no, yo mismo he sido crítico musical y prefiero no hablar mal de una profesión que me ha dado de comer.
En términos puramente musicales, Pacífico 231 trata de ritmos que se aceleran y de creciente densidad de textura. De la apertura atmosférica con armónicas, trinos y trémolos de cuerdas, punteados por notas bajas de corno, emerge un ritmo que se acelera incesantemente. Una vez que el tiempo alcanza su meseta más veloz, las interjecciones de los bronces sugieren otras velocidades. En la sección media el tiempo se hace gradualmente más lento, pero el nivel de actividad -medido por la velocidad de las notas y el número de capas de sonido interpretadas simultáneamente- aumenta. Esta es la relación "matemática" que Honegger estaba explorando. Nuestra impresión es de coherencia, porque el tiempo que se hace más lento y la velocidad que se acelera se equilibran simétricamente. Poco antes del final se alcanza un clímax de densidad máxima. Por entonces el tiempo ha vuelto casi al nivel de la apertura lenta y atmosférica, pero hay tanto más actividad en el clímax que los dos pasajes suenan completamente diferentes. Al final de la pieza, Honegger hace más lento gradualmente no el tiempo sino el ritmo -el procedimiento opuesto respecto de la aceleración al comienzo- hasta que dos amplios acordes llevan esta pieza única a su cierre.