jueves, 11 de febrero de 2010

A propósito de "El hombre lobo"...

Un tema apasionante...así que mejor por partes...
La zoomorfosis es la metamorfosis de ciertos animales en otros, y de ahí se deriva la creencia en la capacidad de algunos hombres para transformarse en animales (sería una antropomorfosis) ya sea voluntariamente, mediante prácticas mágicas o por influjos no controlados, y que se encuentra extendida por todo el mundo.
El animal en el que el hombre se transforma es elegido según la zona geográfica donde vive y por el simbolismo que tiene en su ámbito cultural, correspondiendo habitualmente a los más fieros y dañinos, expresión básica del salvajismo de la naturaleza (en Europa Meridional es el lobo, aunque en la Europa del Norte es el oso; en America Septentrional ambos, el lobo y el oso, mientras que en América Meridional es el jaguar; en Africa Septentrional es la hiena y en Africa del Sur el león, el leopardo o el cocodrilo; en Asia Oriental la zorra; en la India el tigre...).
Estas ideas dieron lugar a muchas leyendas sobre humanos animalizados que en ocasiones se mezclaban con datos reales. Así nos encontramos con los berserkers u hombres-oso de los pueblos escandinavos, fieros y sangrientos luchadores que, bajo la influencia de ciertas drogas, se cubrían con pieles de oso para luchar embriagados contra sus enemigos, creyendo que así participaban de la naturaleza de la fiera hasta el punto de creerse transformados. También han sido famosos los hombres-león y los hombres-leopardo africanos, personas que disfrazándose con las pieles y atributos de dichos animales, actuaban la mayoría de las veces como sociedad secreta dentro de su comunidad, con el fin de luchar contra sus enemigos o hacer cumplir sus leyes y normas mediante actos vengativos e incluso llegando con cierta frecuencia al asesinato.
De igual forma que se atribuye un antropomorfismo en los dioses (por el que adoptan la forma o cualidades del ser humano), con mayor razón pueden presentar un zoomorfismo y transformarse en animales; el mito de Osiris nos relata que éste adoptó la forma de un lobo para ir a socorrer a Isis y a su hijo Horus en su lucha contra Seth, aunque el gran hito en esto de las transformaciones animales viene de la India en la figura de Vishnú y sus avatares, ya que asumió la forma de un pez, de una tortuga gigante, de un jabalí o de un monstruo mitad hombre mitad león. Tampoco se queda atrás el dios griego Zeus que, por motivos menos espirituales que Vishnú y más relacionados con su sacra entrepierna, se transformó en toro, cisne, águila o serpiente..
En el ámbito de la mitología también nos encontramos con quienes se han considerado descendientes o primos lejanos de los animales. Diversas tribus griegas como los misios declaraban ser descendientes de ratones, los arcadios de los osos, a los ofiógenes se les emparentaba con las serpientes y los mirmidones creían ser hormigas metamorfoseadas en hombres. Otros pueblos se preciaban de descender de los lobos como los licios, los dacios, los arcanos del Mar Caspio, los orkas frigios, los licaones de Arcadia, los lucenses españoles o los lucanos e irpinos de Italia...

Y es esta última, la figura del lobo como animal de referencia en la transformación zoomórfica del ser humano, la que en realidad me interesa ahora.

El término "licántropo" tiene su origen en Licaón, rey de Arcadia, que según las diferentes versiones de Pausanias, Platón y Ovidio, fue transformado en lobo por Zeus en castigo por haber intentado comprobar su divinidad invitándole a un banquete en el que sirvió un asado preparado con el cadáver de un niño.
A este tenebroso y peludo ser se le ha denominado de diversas formas. El término hombre-lobo desciende del latín lupus hominarius, aunque en el latín clásico se le llamaba versipellis (el que cambia de piel). En inglés se denomina werewolf (de wer, hombre y wolf, lobo, aunque antiguamente significaba ladrón); en francés se llama loup garou (que deriva de loup garwolf, cuyo significado es un redundante lobo hombre-lobo); en ruso eran volkodlak (de volk, lobo, y dlak, pelo); los servios les llamaban vulkodlak, los letones vilkacis, los lituanos vilkatas, los escandinavos vargulfr, los griegos brucolakas, los rumanos pryccolitchs, los portugueses lobarras, los gallegos le llamaban lobishome y los vascos gizonochoa (traducción literal de hombre lobo)...
Pese al amplio territorio geográfico en el cual los hombres lobo hicieron su aparición, el origen de la superstición nunca ha sido aclarado del todo. En los Balcanes y los Cárpatos se utilizaba indistintamente el término vrykolakas para referirse a los hombres lobo y a los seres resucitados de la tumba, es decir, los vampiros; y en realidad una epidemia de licantropía precedió a la que ya hemos conocido de vampirismo (se decía que los licántropos que no morían de forma definitiva eran los que posteriormente se convertían en vampiros).
El rey húngaro Segismundo (1368-1437) hizo que la Iglesia, en el concilio ecuménico de 1414, reconociera oficialmente la existencia de los hombres lobo. Este hecho, junto con una serie de condiciones sociales y sanitarias, hizo que en la Europa del siglo XVI la maldición del hombre lobo adquiriera enormes proporciones, implicando en ello a las autoridades eclesiásticas que tuvieron que iniciar una investigación oficial. Entre el año 1520 y mediados del siglo XVII, se enumeraron unos 30.000 casos de licantropía en toda Europa, especialmente en Francia, Serbia, Bohemia y Hungría.
Casos famosos han sido los de los franceses Pierre Bourgot y Michel Verdung en 1521, el de Gilles Garnier en 1573, el de un sastre de Chalons condenado a la hoguera en 1598, o los de la familia Gandillon o el vagabundo Jacques Roulet y sus familiares en el mismo año. Aunque son dignos de conocer y la lectura de las actas originales son sorprendentes, no vamos a adentrarnos en ellos pues escapan al objetivo de esta serie.
Dentro del caos de opiniones sobre la licantropía una de las que tuvo mayor fuerza durante la Edad Media, fue la que la atribuía al demonio o a sus subalternos. El demonólogo Lancre asumía, por ejemplo, que el animal preferido por el diablo para transformarse era el lobo, pues "el lobo es el enemigo mortal del cordero, en cuya forma fue figurado Jesucristo". Así existieron tendenciosas obras, que intentaban ser más o menos serias a la hora de tratar el tema, la más terrible fue el "Malleus Maleficarum" (1486) de los frailes dominicos Heinrich Kramer y James Sprenger, y la misma línea siguieron obras como "De la Démonomanie des Sorcières" (1580) donde el inquisidor y doctor francés Jean Bosin opinaba que "el diablo puede real y materialmente metamorfosear el cuerpo de un hombre en el de un animal y causar con ella la enfermedad"; esta teoría también fue defendida por Claudio, prior de Laval en Maine, cuya obra se tituló "Diálogos de la licantropía", o por Francesco Guazzo en su "Compendium Maleficarum". Por otra parte, el médico Jean de Nynauld en su "De la Lycanthropie, transformation et extase des sorciers" (1615) opinaba que el fenómeno de los hombres lobo se debía a una intoxicación por diferentes drogas o venenos. Posiblemente el intento más serio de acercarse al tema, tanto desde el punto de vista histórico como folklórico, es el llamado "El libro de los Hombres Lobo" (1865) del historiador, sacerdote, teólogo, novelista y folklorista inglés Sabine Baring-Gould (1834-1924).
Indudablemente ha sido el poco definido origen de la licantropía lo que ha dado lugar, ya sea directa o indirectamente, a múltiples opiniones referentes al tema. Si las resumimos un poco podremos ver tres tendencias básicas en cuanto a la explicación del porqué una persona puede convertirse en lobo. Una de ellas engloba a las transformaciones voluntarias (vestirse con la piel del animal, utilizar determinado objeto cedido por el diablo en persona, frotarse con ungüentos o beber pociones mágicas, etc); otra hace referencia a las transformaciones inducidas por otras personas (ya sean magos, brujas o personajes similares) y que podría ser aceptada conscientemente o de forma involuntaria y que se asociaría a una maldición; y la última, que recogería las transformaciones espontáneas (aunque en el fondo también son inducidas de alguna forma, aunque no por personas) como sería el clásico influjo de la Luna, pasar por encima del cuerpo de un lobo, beber agua donde ha bebido el animal, comer su carne o sus órganos, recibir la mordedura de un lobo, e incluso circunstancias más complejas como una herencia familiar o ser el séptimo hijo varón de un matrimonio...
Y quizá lo que más a contribuido a ofrecernos una versión especial del tema (en gran parte inventada sobre la marcha) ha sido, sin ninguna duda, el llamado cine de terror...
El cine ha desarrollado muchos de sus guiones bebiendo en las fuentes literarias originales, y la literatura de todo el mundo ha recurrido a la transformación del hombre en animal como linea argumental a desarrollar. Pero, sorprendentemente, no existe ninguna obra de referencia representativa e importante sobre este tema, tal y como ha sucedido con nuestros dos monstruos anteriores, el "Drácula" de Stoker o el "Frankenstein" de Shelley.
A pesar de todo tampoco podemos dejar de comentar algunas obras interesantes con referencias antropomórficas como son los clásicos "La Odisea" de Homero (siglo VIII a. de C.), donde la maga Circe convierte en cerdos a la tripulación de Ulises, "Los nueve libros de historia" del griego Herodoto (siglo V a.C.) donde comenta las costumbres del pueblo de los neurianos, o "El Asno de Oro" de Apuleyo (123-180) donde la transformación de un joven de Corinto en un asno le hace vivir múltiples peripecias. Otras famosas obras, con similares argumentos son "La corza blanca" (1863) de Gustavo Adolfo Bécquer, una de sus más famosas 'leyendas' donde animal y mujer amada se funden en una tragedia romántica; el relato del belga Jean Ray "La princesa Tigre" (1887), en el que recoge una clásica leyenda brasileña; o con un tono más moderno, angustioso e intimista, "La Metamorfosis" (1912) de Franz Kafka, donde su personaje va cambiando hasta convertirse en un horrible insecto.
Referencias más explícitas a la licantropía las podemos encontrar en el "Satyricón" de Petronio (siglo I), donde se describe la historia de Nicero, testigo ocular de la transformación voluntaria de un soldado en lobo; así como en la obra de Colin Sutherland Menzies "Hughes, el hombre lobo" (1838), en "El lobo blanco de las montañas Hartz" (1839) de Frederick Marryat, o "Wagner, el hombre lobo" (1846) de G.W.M.Reynolds, una clara referencia al mito que apareció como relato seriado en revistas baratas de la Inglaterra victoriana. Otras interesantes referencias también las encontramos en "El jefe lobo" (1857) de Alejandro Dumas, en el especial y diferente "Hugo, el lobo" (1859) de la pareja Emile Eerckmann y Alexandre Chatrian o, más particularmente en la aventura de John Silence, el investigador de lo oculto creado por Algernon Blackwood, llamada "El Campamento del Perro" (1908) donde surje la licantropía psíquica, o en "La Marca de la Bestia" (1932) de Rudyard Kipling donde se describe una dramática transformación a consecuencia de una maldición religiosa; incluso podemos encontrarnos, sin entrar en la literatura actual, con el interesante "Le gâloup" (1960), escrita por el etnólogo y folklorista francés Claude Seignolle...
En diversos relatos clásicos, ya sean griegos o romanos, así como en relatos históricos sobre licantropía, el hombre-lobo era una persona que se convertía en un verdadero lobo, en un feroz animal peludo que caminaba a cuatro patas e imposible de distinguir inicialmente de un lobo normal. En la Edad Media comenzó a surgir la imagen del lobo semihumanizado en su postura, pues a pesar de su claro aspecto animal podía manifestarse como un bípedo ocasional. Las únicas referencias que se hacían a los hombres-lobo con apariencia humana eran, como las del pintor Cranach el Viejo (1510-1515), cuando se hacía referencia al hombre como salvaje, un ser antropófago poseído por la locura.
La industria cinematográfica, en su aportación al terror, y por necesidades impuestas por las antiguas técnicas de efectos especiales y la enorme capacidad de los profesionales de la caracterización, nos mostró otra imagen bien diferente del hombre-lobo y que ha quedado grabada en nuestras mentes para siempre. Nos referimos al hombre animalizado, al ser mitad animal y mitad humano, al monstruo que dejó gran parte de sus orígenes mitológicos y tradicionales para renacer en un nuevo ambiente creencial, inventado prácticamente de principio a fin, y que hoy ha sido asumido por muchos como lo real...
Este nuevo monstruo peludo vive básicamente en la tragedia, es un hombre condenado, con una extraña enfermedad (la mayoría de las veces infecciosa y de fácil transmisión) y de la que sólo puede liberarse mediante la muerte. El monstruo es, en pocas palabras, un hombre maldito. Torturado con el sufrimiento de la transformación física y atormentado por saber que, como animal, es capaz de los crímenes más terribles y espeluznantes...
La primera película que recrea a este personaje fue una obra muda de 1913 titulada sencillamente "The Werewolf" dirigida por Henry MacRae, aparecieron posteriormente "The fox woman" (1915) y "The wolfman" (1915), pero no fue hasta 1932 cuando surgió la primera película sonora de licántropos, "Le loup-garou", de origen franco-alemán y dirigida por Pierre Bressol.
Otras películas probaron el guión licantrópico sin éxito: "The Wolfman" (1924) de Edmund Mortimer (la primera película americana en tratarlo) o "Wolf Blood" en 1925 donde una transfusión es el origen de la tranformación de un hombre en bestia, hasta que llegó "Werewolf of London" (1935) y dirigida por Stuart Walker, que se tradujo fatalmente en España como "El lobo humano", primera aportación al tema de la productora americana Universal, una versión totalmente particular del libro de un guionista de Hollywood, Samuel Guy Endore (1900-1970), titulado "El Hombre Lobo de París" y que bebía directamente de las fuentes de la obra de R.L.Stevenson, película que no tuvo mucho éxito pese a lo interesante que resulta el conjunto final.
La película que hoy todos conocemos como la que fue capaz de relanzar la figura del monstruo es "The Wolfman" (1941) realizada por George Wagner para la Universal; el guionista era Kurt Siodmak quien, por diversas presiones de los productores, cambió y modificó el guión original hasta inventar toda una nueva mitología a su alrededor: el bastón con puño de plata, la mordedura en forma de estrella de cinco puntas, la repugnancia hacia el acónito, e incluso la famosa luna llena... El papel principal del famoso personaje Larry Talbot fue interpretado por el hijo de un experto en esas artes y que, pese a no alcanzar ni de lejos su maestría, bordó un papel de hombre maldito, nos referimos a Lon Chaney Jr, que actuó en la película junto a otros famosos secundarios como Bela Lugosi o María Ouspenskaya. La habilidad de Jack Pierce consiguió con la caracterización del monstruo abrir el camino a las famosas transformaciones cinematográficas.
Después del inesperado éxito que despertó el segundo hombre-lobo de la Universal, diversas compañías se dedicaron a explotar el filón de las transformaciones animales. La RKO optó por un personaje femenino y un animal diferente, así surgió en 1942 "Cat People" de Jacques Tourneur (libremente traducida en nuestro país, algo a lo que ya nos tienen muy acostumbrados, como "La mujer pantera"); es una historia donde se mezclan el terror y las debilidades del ser humano, un amasijo de amor, celos y violencia, una historia de seres marginados que retoma el mito desde un punto de vista diferente, y donde la protagonista aclara algo nuevo e importante: "Sea lo que sea lo que hay en mí, -dice- es inofensivo cuando soy feliz"; una película bien llevada donde las transformaciones no se ven, sino que se insinúan mediante rugidos e inquietantes juegos de sombras. Posteriormente y, en vista del éxito cosechado, se hizo una continuación "La maldición de la mujer pantera" (1944) dirigida ahora por Robert Wise, aunque con los mismos actores y que no obtuvo el reconocimiento esperado. En los años 80 se volvió al tema con un remake de la primera película que derivaba en una historia totalmente nueva, "El beso de la pantera" (1982) dirigida por Paul Schrader y protagonizada por una atractiva Nastassja Kinski. Finalmente, "El hombre leopardo" (1943), fue otra de las películas fallidas de la RKO que intentó recoger ganancias de su anterior éxito sin conseguirlo, y ello pese a utilizar al mismo Jacques Tourneur como director.

La Universal, siguiendo su política de exprimir sus éxitos de terror, mantuvo al monstruo en sus nuevas producciones aunque, ya sea por falta de buenos guiones o de nuevas ideas, pasó directamente a compartir películas con otros famosos monstruos de la gran pantalla como las ya mencionadas en capítulos anteriores: "Frankenstein y el Hombre Lobo" (1943), "La zíngara y los monstruos" (1944), "La mansión de Drácula" (1945) o la humorística "Abbot y Costello contra los fantasmas" (1948). La única obra que escapó a este círculo estrafalario de la Universal fue "La loba de Londres" (1946) una obra melodramática dirigida a un público femenino.
Cuando nuestro personaje no dio más de sí mismo, se produjo una aproximación del terror a la juventud del momento (de forma similar a lo sucedido con otros monstruos). De esto se encargó Gene Fowles con "Yo fui un Hombre Lobo adolescente (1957), donde aparece un jovencísimo Michael Landon luchando contra la maldición de la Luna llena; luego se hizo "El Frankenstein adolescente contra el Hombre Lobo adolescente" (1959) intentando perseverar en el tema aunque sin el éxito esperado; en los años 80 se volvió a retomar a la juventud con una tonta comedia, "De pelo en pecho" (1985) donde aparecía un joven Michael J. Fox de protagonista.
"La maldición de Hombre Lobo" (1960) de Terence Fisher, fue la aportación de la británica Hammer al tema de la licantropía, donde Oliver Reed sufría la maldición ante las cámaras. A partir de entonces se produjo cierto desinterés por parte de productores y realizadores; pese a ello se produjo alguna película aunque poco importantes en general como "El terror de los lobos" (1961) de Richard Benson.
Desde finales de los años 60 a los 80, fue el español Jacinto Molina, más conocido como Paul Naschy, el que mantuvo la bandera de la licantropía como eje del cine de terror, creando al ya clásico personaje de Waldemar Daninsky. Comenzó como actor y terminó asumiendo el papel de director; se inició con "La Marca del Hombre Lobo" (1968), donde se aplicó un sistema visual en 3D para atraer la atención del público, y llegó a realizar 11 películas sobre el mismo tema de las que podríamos destacar "La Noche de Walpurgis" (1970) o "El retorno del Hombre Lobo" (1980), en su última película "La Bestia y la espada mágica" (1983) Waldemar se enfrenta a condesas sangrientas, muertos vivientes, al hombre de las nieves y al Dr. Jekyll, una extraña mezcla que desvirtuó finalmente el tema del licántropo evidenciando una falta total de buenas ideas. Durante esa época también se hizo alguna película aunque poco importante como fue "El hombre lobo de Washington" (1973) o "La leyenda del hombre lobo" (1975), y otras que debieron su éxito más al suspense policíaco que al terror como la producción argentina "La Bestia debe morir" (1952) basada en la novela de Nicholas Blake, así como su remake francés de 1969 e inglés de 1974. Por otra parte, la también argentina "Nazareno Cruz y el lobo" (1974) de Leonardo Fabio, nos acercaba al folklore mas clásico donde un séptimo hijo varón sufre la maldición y debe enfrentarse al final con el diablo.

Pero coincidiendo con el agotamiento del Waldemar de Naschy, a principios de los 80 surgieron nuevas películas que revitalizaron el mito por muy diversos motivos. Una nueva orientación la ofreció "Aullidos" (1980) de Joe Dante que, basándose en una novela de Gary Brandner, huye del hombre lobo solitario y nos muestra una comunidad organizada de licántropos; esta fue una película de culto y abrió toda una saga con, hasta el momento, siete secuelas (casi todas ellas prescindibles). Otra película a destacar resultó ser "Lobos Humanos" (1980) de Michael Wadleigh, una interesante obra donde se invierte el mito y nos muestra una raza diferente a la humana, que convive con ella y que, de forma algo sangrienta, lucha por la libertad y nos pide su respeto. Pero quizá la que más fama obtuvo fue "Un Hombre Lobo americano en Londres" (1981) que, con guión de su director John Landis, marcó la entrada del nuevo cine americano entre los licántropos; su mayor éxito se debió a la transformación del actor David Naughton en lobo, lo que marcó un hito en el cine de terror y le valió un Oscar por los logrados efectos especiales del habilidoso Rick Baker. Posteriormente se intentó una segunda parte con "Un Hombre Lobo americano en París" (1997) que pese a tratar el tema de las comunidades licantrópicas, no tuvo el éxito esperado.
Aunque durante esa época se volvió ocasionalmente al clásico hombre lobo, con bala de plata incluida, como en "Miedo Azul" (1985) basada en la obra de Stephen King, también surgieron obras más originales como la estética "En compañís de lobos" (1984) de Neil Jordan, que retomaba en cierta medida el cuento de Caperucita Roja.
Entre las obras más recientes podemos destacar la irregular "Lobo" (1994) de Mike Nichols, donde se sufre con el cambio experimentado por el personaje principal ( Jack Nicholson,al que le viene muy bien el papel de persona normal capaz de mantener una agresividad oculta dispuesta a liberarse si la vida le da una oportunidad) y que, al contrario que el arquetípico personaje de la Universal, éste es capaz de asumir e incluso disfrutar en con nuevo papel. Otras películas intentaron aprovechar el tirón de ésta pero tuvieron poco interés, entre ellas tendríamos "Werewolf" (1995), "Luna Negra" (1996) o "Licántropo" (1996).
El resto de películas modernas han padecido las tendencias típicas del cine americano. Unas se sitúan entre la acción, el terror y el esperpento gore como "Dog Soldiers" (2002) de Neil Marshall, con la historia de un grupo de hombres lobo que acosan a una patrulla de soldados. Otras destacan por sus efectos especiales y mixturas argumentales como "Underworld" (2003), con un mundo en el que viven tres razas distintas (los humanos, los vampiros y los licántropos), o "Van Helsing" (2004) con vampiros, hombres lobo y lo que se le tercie al guionista.
Visto el cúmulo de despropósitos imaginativos que el cine ha desarrollado alrededor de nuestro monstruo peludo, deberíamos revisar los conceptos que la ciencia y la medicina en particular nos pueden aportar en este tema...

...y la medicina???
Mmmm...La ciencia ha intentado ver a los llamados hombres lobo desde muy diversos puntos de vista. Unos desde el punto de vista patológico, atribuyéndoles una serie de característica específicas ya sea por alteraciones físicas o trastornos psíquicos, y otros desde un punto de vista sociológico, tema que arranca desde las más antiguas leyendas europeas. Aprovechemos el momento y démosles un breve repaso...
* En la Edad Media, época en la que los hombres lobo pasaron a ser parte de las creencias populares y a integrarse en las vidas de muchas personas, se produjeron grandes hambrunas y epidemias que desorganizaron la vida social y estimularon a su vez la religiosidad extremista, reafirmándose el valor de los inocentes y persiguiendo hasta la muerte a los impuros cuyos pactos con el demonio suponían que traían la tragedia a las tierras de Dios.
* El factor epidemiológico: Muchos investigadores han querido ver la realidad del hombre lobo en una epidemia de rabia, dando a entender que los afectados por la llamada rabia furiosa serían aquellos considerados popularmente como seres humanos transformados en fieras o, en este caso particular, en lobos. Pero aunque resulte en cierto grado una explicación atractiva (el lobo contagiando al hombre por un mordisco) no explicaría muchos de los casos que se dieron entonces, ni los prolongados periodos en los que los licántropos actuarían, ni la supervivencia de sus víctimas heridas, etc.
De la misma forma, otra enfermedad que se ha relacionado con estos personajes ha sido la porfiria, debido a determinadas características físicas de estos enfermos. Alguno lo asocia a la variedad llamada porfiria cutánea tarda, más frecuente en hombre y con cierta asociación con el alcoholismo, donde es frecuente que la piel se vuelva áspera y seca, oscureciendo su tono y con un hirsutismo como reacción orgánica defensiva del sol más frecuente en la frente y los pómulos. ...Una teoría muy traída por los pelos (y nunca mejor dicho)...
Debido a las condiciones sociales antes comentadas, la gran proliferación de hombres lobo también se ha atribuído a un fenómeno de histeria colectiva. Posiblemente existió un fenómeno de este tipo tal y como la historia nos ha demostrado en muchos de los casos conocidos de brujería. En este sentido es de destacar el caso conocido como 'La Bestia de Gévaudan' sucedido entre 1764 y 1767 en la región francesa de Lozène, donde más de cien personas fueron atacadas y devoradas por un misterioso animal; frente a esta realidad se desató una ola de histeria colectiva y se achacó a un loup garou lo que derivó en un grave problema de orden público y el mismo rey Luis XV tuvo que intervenir enviando a su caballería de élite para destruir a la bestia. Pese a que finalmente se dio muerte a un enorme animal con grandes garras y colmillos, la controversia sobre el hombre lobo no cesó. Se han escrito diversos libros sobre el tema e incluso se realizó en el año 2000 una película sobre el caso titulada "El Pacto de los Lobos", interesante interpretación de su director Christophe Gans donde con una bella estética realiza una compleja mezcla de terror, aventuras y política.
* Personajes peludos han sido con frecuencia malinterpretados como hombres lobo, aunque en este caso más por su morfología que por sus características sanguinarias.
Un amplio grupo de estos los encontramos en la historia de los llamados 'fenómenos humanos' y, por desgracia, asociados la mayoría de las veces a la exhibición circense o a un coleccionismo arcaico y de dudoso gusto por parte de nobles y monarquías por suerte obsoletas. El más antiguo conocido hace referencia a un canario nacido en 1556 llamado Petrus Gonsalvus, que tenía todo el cuerpo y la cara cubiertos de vello. Por orden del rey Enrique II de Francia, se transladó a París donde tuvo una exquisita educación y tuvo 4 hijos, todos con el mismo aspecto de su padre. Tras una gira por Europa de toda la familia, el duque Albretch IV de Babiera asombrado por su aspecto encargó realizarle un retrato de tamaño natural, obra que regaló posteriormente al archiduque Ferdinand del Tirol y que expuso en su Castillo de Ambras, en Innsbruck, Austria. Posteriormente la artista Lavinia Fontana de Zappis realizó otro famoso cuadro de su hija Antonietta. Al ser el primer caso detallado del que se tuvo noticia, este tipo de hipertricosis universal congénita es conocida como el Síndrome de Ambras -una de las llamadas enfermedades raras con inversión en el cromosoma 8 (p11.2q23.1)-, que curiosamente nos ofrece una imagen muy similar al clásico hombre lobo cinematográfico.

Barbara Urselin fue otro famoso caso de grave hipertricosis del que también existe testimonio gráfico. Nació en 1629 en Kempten, Alemania, y fue exhibida de muy pequeña por sus padres a cambio de dinero como "La Mujer Cubierta de Pelo" (The Hairy-Faced Woman); posteriormente se casó y su marido continuó con este dudoso negocio recorriendo toda Europa. También se tiene constancia pictórica del siglo XVII, obra de Stefano della Bella, de un tal Horacio González, un hirsuto hombre lobo español que viajó a Roma en peregrinación para rogar el milagro de un cambio de aspecto.

Otros famosos personajes peludos fueron Adrian Jeftichejev, conocido en 1873 como "El Hombre Salvaje de los Bosques de Kostroma" y que se exhibía como el fruto de las relaciones entre un oso y una campesina, de carácter arisco y de pésimo humor agravado por una hepatopatía debida a su aficción al vodka, así como su hijo ilegítimo Fedor, conocido posteriormente por el nombre de Theodore Petroff y por el sobrenombre de "Jo-Jo, el Niño con Cara de Perro", "El Skye Terrier Humano" o "El Hombre Caniche", y que gracias a su ingenio y buen carácter fue muy querido por el público y la prensa que lo visitaba en el circo. Tras su muy llorada muerte en 1904, el circo buscó un fenómeno similar encontrando a Stephan Bibrowski, conocido como "Lionel, el Hombre León", que había nacido en 1891 de padres normales; personaje culto y divertido, falleció en 1931 tras una exitosa carrera como showman.
Entre 1888 y 1889, una familia de birmanos que huyeron de su país durante la guerra civil, hizo una gira por Estados Unidos; el padre llamado Shwe-Maong, peludo como los casos anteriores, fue regalado de niño al rey como curiosidad y divertimento de palacio; tras casarse, tuvo cuatro hijas, una de ella peluda y que posteriormente tuvo un hijo normal y una hija también peluda. Y si revisamos la literatura médica, nos encontraremos ocasionalmente con este síndrome: un hombre chino en 1937, un alemán en 1958, otra alemana en 1964, un niño griego en 1993 y toda una familia mexicana con 21 miembros afectados y que son conocidos como "Los Niños Lobo". Este tipo de fenómenos han interesado poco al cine; que nosotros recordemos existe una película "Wolf Girl: La mujer lobo" (2001) que trata de una chica hirsuta llamada Tara Talbot (apellido que nos remite al famoso hombre lobo de la Universal) que vive y trabaja en un circo cuyo único deseo es ser considerada como cualquier otra chica normal.
La medicina también ha encontrado otro tipo de hirsutismo congénito diferente al que hemos visto; en este caso también puede afectar a todo el cuerpo pero se asocia a un prognatismo facial, hipertrofia gingival y alteraciones dentales. Este síndrome de hirsutismo con fibromatosis gingival se ha asociado más a una imagen de oso o de mono, que a un perro o a un lobo, pero no podemos evitar introducirlo aquí por su similitud.
Ejemplos famosos de este síndrome ha sido el trágico caso de Julia Pastrana, una india mexicana que nació en 1834 en las montañas de Sierra Madre; a los 20 años se puso a trabajar como fenómeno profesional exhibiéndose por la región y los EEUU. Era una mujer baja, de 137 cm de altura, con una gran hipertrofia gingival que formaba unas grandes encías llenas de protuberancias, con la frente muy peluda y unos bigotes y barba muy llamativos. Se le presentó como "El Híbrido Maravilloso" o "La Mujer Oso", y muchos creyeron que era el resultado de los bestiales amoríos de un humano y una osa o un orangután. Su vida, por desgracia, estuvo rodeada por los poquísimos escrúpulos de su mánager, que se casó con ella para poder seguir explotando el filón de la curiosidad humana; la dejó embarazada y llegó a vender entradas para asistir al parto. Julia dió a luz en 1860 a un niño tan peludo como ella pero, debido a lo dificultoso del alumbramiento, falleció a los tres días y la madre dos días después. El marido continuó aprovechándose de ambos y los mandó embalsamar (aunque en realidad fue un puro trabajo de taxidermia) y siguió exhibiéndolos por el mundo. Tras muchas peripecias las exhibiciones terminaron en 1976 cuando unos ladrones destruyeron parcialmente sus momias; desde el año 1990 sus restos se encuentran en el Instituto de Medicina Forense Rikshospitalet de Oslo, donde sólo están disponibles para estudios científicos. El director Marco Ferreri se inspiró en Julia para realizar en 1964 "La donna scimmia" y que interpretaron Ugo Tognazzi y Annie Girardot.

Otra caso que podríamos incluir en este grupo sería el de Krao, una niña hirsuta con un pelo corporal negro, lacio y lustroso, con prognatismo facial, nariz chata y orejas grandes, ágil de movimientos y muy flexible. Al igual que otras personas de características similares fue exhibida desde 1883 por Europa y EEUU como "La Mujer Simio" junto con una falsa historia familiar que la trasformaba en una especie de eslabón perdido, aunque nació en realidad en Bangkok de padres normales.
Existe un famoso caso español, la llamada "Osa de Andara", una mujer velluda de Cantabria estudiada en 1875, descrita con pelo crespo, de frente aplastada y estrecha, nariz chata, pómulos prominentes y labios parecidos a un hocico. Algún autor afirmó, con pocos visos de realidad, que era una pastora llamada Joaquina López que huyó a las cuevas de Andara avergonzada por su imagen; otros, por el contrario, han intentado ver en esta mujer un resto de la raza neandertal...
Todos estos últimos casos nos llevan necesariamente a comentar el tema del llamado Hombre Salvaje que, de alguna forma, puede relacionarse con los llamados hombres lobo solitarios.
Aquí es conveniente distinguir las teorías sobre el verdadero Hombre Salvaje de aquellas que hacen referencia a los "prehumanos supervivientes" (que incluirían al neandertal o a los australopitecos, con toda la gama de yetis del Himalaya, al almasty caucásico, al bigfoot y al sasquatch americanos, al yowie australiano, al maricoxi brasileño, al hibagón japonés, al moehau neozelandés, al agogwe africano o al toonijuk de los esquimales entre otros muchos), y las que hacen referencia al "atavismo", por el cual reaparecen en el organismo algunos de los caracteres de los antepasados, posiblemente debido al retorno de un gen mutante a su forma originaria (y aquí podríamos incluir las crónicas y leyendas de pueblos 'con cola' como la raza de los geriboku japoneses, los kia pon chinos, los orang ekor malayos, los batak berekor camboyanos, los niam niam africanos o los qweqwete bosquimanos; aunque recordemos de paso que este signo de atavismo ha servido para despreciar a algunos pueblos y marcarlos con la imagen de bestialidad, lo que hicieron los japoneses al llamar a sí a los ainos por vestir ropas de animales).
La imagen del Hombre Salvaje, un ser de aspecto humano, que vive desnudo en cuevas o bosques y que tiene todo el cuerpo recubierto por una espesa capa de pelo, aparece en la mitología de todo el mundo y representado en una cantidad ingente de obras gráficas. La mayoría de las veces se les describe como personajes solitarios, aunque también se ha hablado de poblaciones enteras de estos seres. Se les ha considerado libres de convencionalismos, viviendo sus deseos libre y espontáneamente, donde especialmente el deseo sexual se libera y que nos llevaría a la clásica relación entre la vellosidad corporal y el vigor o el deseo sexual (fenómeno éste muy relacionado con las historias de hombres lobo) de amplia difusión en muchas culturas.
Uno de los aspectos más curiosos del hombre salvaje lo constituye el hecho de poder ser también un asilvestrado, una persona que abandona por su propia voluntad la civilización y opta por la soledad y el ascetismo (en este sentido han sido famosos algunos santos de los primeros siglos: San Onofre, San Pafnucio, San Juan Crisóstomo o Santa María Magdalena...; un fenómeno similar a lo que Buñuel nos mostró en su película "Simón del desierto").
Este concepto del hombre asilvestrado nos lleva necesariamente a citar los casos de los llamados Niños Salvajes y que muchos han relacionado con hombres animales y especialmente con los hombres lobo. El naturalista Carl von Linneo ya describió en su "Systema Naturae" (1758) al homo sylvestris (hombres ferales u hombres salvajes), basándose en 9 niños abandonados que sobrevivieron en la selva gracias a los animales, y que caracterizaba como hirsutos, mudos y cuadrúpedos, y a los que actualmente podríamos añadir una cierta insensibilidad al frío o al calor, gran visión nocturna y olfato muy desarrollado, aunque estos casos se han mostrado sexualmente indiferentes. Cuando el magistral escritor Rudyard Kipling (1865-1936) publicó en su "Libro de las Tierras Vírgenes" (1894) las aventuras de Mowgli, un pequeño criado y educado por los lobos de la India (relato que modernizaba en cierta forma la leyenda de Rómulo y Remo, los fundadores de Roma que fueron amamantados por una loba), se reabrió el debate de la existencia real de los niños salvajes. Aquí posiblemente deberíamos distinguir dos tipos: los criados por animales y los que sobrevivieron por su propia cuenta.
En el primer grupo estaría, entre otros muchos casos, el de Rama y Kamala de 1920, las famosas niñas lobo de Midnapore en la India, que fueron cuidadas por una camada de lobos y que bebían, comían, gruñían y actuaban como sus padres adoptivos; el de un niño sirio que fue cuidado por lobos en 1946, o el de Ramu en 1954, el niño lobo de Lucknow que fue abandonado por sus padres por su retraso mental y criado por una loba. El cine poco nos ha mostrado sobre ellos si exceptuamos las abundantes, deformadas y aventurescas historias del famoso personaje de Edgar Rice Burroughs que nos mostraron una falsa idea sobre estos niños desde el cine mudo con "Tarzán de los monos" (1918) hasta "Greystoke" (1984).
El segundo grupo, que se nos escapa del tema que tratamos, ha sido mucho más versionado en el cine, donde nos encontramos con "El pequeño salvaje" (1969) de François Truffaut, basado en la historia de Victor, un niño de 12 años encontrado en el siglo XVIII en los bosques franceses de Aveyron y que fue educado por el médico Jean Itard; "El enigma de Kaspar Hauser" (1975) de Werner Herzog, que se hacía eco del famoso caso del niño hallado en Nuremberg en 1828; o más recientemente "Nell" obra de 1994 donde se teoriza sobre la reeducación de una niña de estas características. Existen casos más recientes que han permitido a los científicos estudiar un fenómeno que la ciencia del renacimiento ya teorizaba sobre ellos y proponía incluso un ensayo con seres vivos; estos han permitido que psicólogos y linguistas estudiaran la situación de los niños que han vivido abandonados por sus padres como es el caso de 'Genie' una niña californiana a la que su padre encerró durante doce años negándole toda comunicación y condenándola al silencio.
Y dejo para lo último lo que, a mi modo de ver, es la mejor explicación médica de los casos de hombres lobo: una enfermedad mental.
Durante el siglo XVI, diferentes actos que incluían los ataques sexuales, los asesinatos y el canibalismo, fueron atribuidos a seres humanos capaces de transformarse en lobos. Tanto era así, que el término "licantropía" acabó relacionándose con terribles situaciones en las que predominaba un excesivo sadismo e incluso una abominable antropofagia.
La posibilidad de encontrarse frente a una enfermedad mental se llegó a plantear en la época de mayor recrudecimiento de los ataques de los hombres lobo. El sastre de Chalons en Francia, que fue condenado a la hoguera en 1598, no sólo relató unos terribles actos durante su proceso sino que incluso se jactó de ellos, lo que ya podía hacer sospechar que fuera en realidad un enfermo. otros hombres lobo se llegaron a librar de la tortura y la hoguera como fue un vagabundo débil mental llamado Jacques Roulet, que juró que sus crímenes los realizaba bajo la forma de un lobo; el tribunal debió sospechar de una enfermedad, ya que lo internó en el hospital de Saint Germain aux Prés. El niño licántropo de Aquitania, Jean Grenier, también era un retrasado mental con apetitos caníbales, y terminó sus días encerrado en el monasterio franciscano de Burdeos.
Un famoso hombre lobo en España (ya que se considera el primer asesino en serie español) fue Manuel Blanco Romasanta más conocido como "El Hombre Lobo de Allariz" que confesó haber asesinado, despedazado y devorado a trece personas en los bosques de Galicia entre los años 1846 y 1852; gracias a los estudios de un médico francés la reina Isabel II le conmutó la pena capital por la cadena perpetua terminando sus días en la cárcel. Este caso fue llevado al cine por Pedro Olea en "El bosque del lobo" (1970) con una gran actuación de José Luis López Vázquez, y más recientemente en "Romasanta: La caza de la bestia" (2004) de Paco Plaza.
La compulsión por la sangre que presenta el sádico implica, muchas veces, un impulso sexual mal dirigido, que los convierte en asesinos voluptuosos que violan a sus víctimas y terminan devorando su carne, regocijándose en las mutilaciones o en los coitos postmortem y que les lleva, en ocasiones, a conservar alguna parte de sus víctimas como si fuera un fetiche. Estos enfermos entremezclan el placer sexual con el placer de comer, donde el deformado impulso amoroso le lleva a introducir y a asimilar en sí mismo al cuerpo amado. Cuando a este tipo de violencia asesina fuertemente relacionada con el sadismo sexual y el canibalismo, se asociaba además el convencimiento de que la personalidad se transformaba en la de otros animales (especialmente el lobo, debido a su ferocidad), los médicos comenzaron a hablar inicialmente de una insania lupina o locura lobera, una psicosis lúpica o una lupomanía. Actualmente mucha gente prefiere hablar de la licantropía como una enfermedad psiquiátrica, pese a no estar incluída en el DMS-IV (la monomanía por la cual el enfermo cree adoptar la forma de un animal, sin que se asocie el sadismo violento, sexual y caníbal, sería simplemente un zoomorfismo paranoico).

La realidad es que este tipo de enfermedad mental, la llamemos como la llamemos, es de muy difícil clasificación al ser enfermos incapaces de separar lo real de lo imaginario mientras conviven temporalmente con una violenta, feroz y 'supuesta' transformación de la personalidad. Esto ha dado lugar a que en la actualidad la psiquiatría hable de una conducta histérica transitoria, una hipocondria delirante, una psicosis alucinatoria o simplemente de una esquizofrenia aguda. Visto de esta forma el fenómeno licantrópico, sería fácil relacionarlo con muchos asesinos en serie actualmente conocidos: el ruso Andrei Chikatilo 'el carnicero de Rostv', el inglés Reginald Christie 'el monstruo de Rillington Place' o los americanos Albert Fish 'el Maníaco de la Luna' o Edward Gein 'el carnicero de Plainfield'.
El lobo es un animal simbólico de lo salvaje y lo libre de la naturaleza, que nos muestra una imagen estereotipada como expresión de lo peligroso y lo destructivo, del poder depredador. El poeta romano Plauto (254-184 a.C.) dejó escrito un clásico proverbio "Homo homini lupus", y que posteriormente popularizó Thomas Hobbes (1588-1679) en su "De cive, epistola dedicatoria": 'El hombre, es un lobo para el hombre', y éste con afán depredador (y pido perdón a los lobos) nos lo ha demostrado muchas veces a través de la historia.
Terminaré con unos famosos versos que pronunciaba María Ouspenskaya en la clásica película de la Universal, y que nos recuerdan que nadie está libre de la maldición, pues en nuestro interior se oculta una bestia dormida que puede salir en cualquier momento:
"Even a man who is pure of heart
And says his prayers by night
Can become a wolf when the wolfbane blooms
And the moon is full and bright".
____________________________
"Incluso el hombre puro de corazón
que reza sus oraciones por la noche
puede convertirse en lobo cuando florece el acónito
y la Luna llena brilla"...

Un ejercicio de comprensión. 7 /02/ 2.010.

La cruzada antitabaco de Zapatero y su Ministra de Sanidad, Jiménez, está adquiriendo tintes tan demagógicos que, antes de tarifar con ellos a todos los efectos, he intentado darles la razón, a ver qué pasaba. En lo relativo a la inminente prohibición de fumar en todos los lugares públicos cerrados, no lo consigo. ¿Por qué en todos? ¿Es que los no fumadores piensan frecuentar todos y cada uno de las decenas de millares de bares y restaurantes desperdigados por España? Los fumadores ya sólo aspiramos a que en algunos locales se nos permita echarnos un pitillo mientras tomamos una caña o justo después de almorzar o cenar. ¿Por qué no puede haber unos cuantos sitios así, llámense clubs de fumadores o como se quiera? ¿Por qué, entre los muchísimos que prefieren que se fume en ellos –no me cansaré de repetir que esa ha sido la causa de la nueva ley que se avecina: que los propietarios han hecho uso de la libertad que se les concedió contrariamente a los deseos del Gobierno, en vista de lo cual éste se la retira, vaya libertad condicionada–, no se efectúa un sorteo y se consiente que cierto porcentaje admita el humo en sus dependencias? Los no fumadores no entrarían en ellos, como otros no entramos en casinos, puticlubs o sex-shops, eso sería todo. En cuanto a los camareros –también podrían ser autoservicios, y no haberlos–, tendrían que ser asimismo fumadores voluntarios, no se verían obligados a respirar una atmósfera indeseada.

Este ejercicio de comprensión que intento no lo están llevando a cabo muchos más fumadores. Conozco a no pocos que han prometido no volver a pisar un bar ni un restaurante una vez que la intolerante nueva ley entre en vigor. Así que es natural que el gremio de hostelería esté preocupado. Este diario se ha alineado con Zapatero y Jiménez hasta el punto de publicar un reportaje con el titular “Sin humo no se hunde el bar” y el subtitular “Los hosteleros vaticinan un desastre por la prohibición de fumar, pero la experiencia en otros países lo desmiente”, en el que sin embargo, al leer la información, ésta desmentía rotundamente dichos titulares, que se convertían en incomprensibles: resulta que en Irlanda hay un 25% menos pubs de los existentes antes de la prohibición; en el Reino Unido caen 52 a la semana, en el plazo de un año cerraron 2.377 y se redujeron 24.000 empleos; en Italia, un 12% de los establecimientos acusó pérdidas “significativas”; y en Francia la gente se ha refugiado en las terrazas, convirtiendo el “problema del humo” en el “problema del vocerío” desesperante para los vecinos, que es lo que sucederá en España, dados el buen tiempo reinante y los pingües beneficios que sacan los Ayuntamientos de la proliferación de mesas en las calles. Otro extraño titular de El País afirmaba que los partidarios de la prohibición total eran “clara mayoría”. Luego, la noticia revelaba que se trataba de una mayoría pelada del 52%, frente a un 44% que se oponía, si mal no recuerdo. Un 44% es mucha gente, como para cercenar su libertad completamente. Unos veinte millones de personas, con las cuales, yo creo, debería llegarse a algún tipo de entendimiento.

En lo que sí he logrado darles la razón a los tramposos Zapatero y Jiménez es en su última medida de adornar con pavorosas fotos los paquetes de cigarrillos: pulmones destrozados, dentaduras roídas, fetos, jeringuillas, gatillazos y demás males que pueden sobrevenir a los fumadores. Aunque eso no hará sino disparar la venta de pitilleras (yo las uso desde hace años), me parece bien, siempre que se haga lo mismo con todos los demás productos que pueden dañar nuestra salud o matarnos. Exijo, por tanto, que las botellas de vino, whisky y ginebra lleven fotos de repulsivos borrachos, de hígados con cirrosis y de las ratas y arañas que se aparecen a quienes sufren de delirium tremens. Quiero que en las carreteras, y sobre las portezuelas de los coches, haya, bien visibles, imágenes de muertos aplastados por la chatarra, tetrapléjicos en sillas de ruedas, motoristas decapitados, peatones atropellados, cueros cabelludos arrancados y brazos y piernas amputados. Que presidan las playas grandes fotos de ahogados, de miembros hinchados por las picaduras de las medusas y de afectados por cánceres de piel. Reclamo que los costados de los aviones exhiban imágenes de catástrofes aéreas, con cuerpos desmembrados, terroristas con bombas y momentáneos supervivientes chapoteando en un mar helado, y otro tanto los de los trenes, ilustrados por desastres ferroviarios y por las consecuencias del 11-M. Pido que en las fachadas de los Ayuntamientos se vean fotos de paisajes destruidos por la especulación inmobiliaria, y de gente sorda por culpa del ruido de sus infinitas y arbitrarias obras. Porque todas esas desgracias pueden acaecerle a quien bebe alcohol, o monta en coche o en moto o es un mero transeúnte, o a quien vuela o viaja en tren, o a quien se baña en el mar, o a quien está expuesto a los abusos del Ayuntamiento de turno. Sería un mundo alentador y alegre, lleno de estampas que nos describieran gráficamente los peligros y horrores que se ciernen sobre nosotros constantemente. Es posible que la economía se fuera al traste, pero qué se le va a hacer. Al fin y al cabo, ¿no son los Gobiernos los que sacan mayor provecho del consumo de tabaco? Si nos ponen fotos espantosas en las cajetillas, que las pongan también en todo el resto, incluyendo las de obesos inmovilizados en muchos productos alimenticios. Si no lo hacen, quedarán como hipócritas, además de como fanáticos y supresores de las libertades.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de febrero de 2010

martes, 2 de febrero de 2010

Carta de Juan Rulfo a Clara Aparicio.

Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye.
Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba.
Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua.
Clara: corazón, rosa, amor...
Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña.
Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida.
Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida.
Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara.
No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba.
Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada.
¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?
He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada.
Lo han aprendido ya el árbol y la tarde...
y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...
Clara:
Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.

Paradise lost-Blood of another


You'll see the blood - blood of another
You'll see the blood as we roll in it together
You'll see the blood - blood of another
You'll see the blood as we roll in it together tonight

That unruly life is like what is fabled wisdom like?
This indulgent grace is spinning round and leaving all behind
Knowledge limits you besides claiming you're so sure by vibes
In this frozen climate the temperature should bring you down
To rights beauty, purity inside

Twisted madness filth and vice death is not selective
The darker shroud will fall on all despite recklessness
The fault in mind anger laughter can't provide
Try to turn a blind eye the wasting pain
One trip you cannot buy...

Todavía parte de este mundo. 31 /01/ 2010.

Los muertos de la ciudad en que uno vive son mucho más llevaderos que los de los lugares que se visitan de tarde en tarde. Aquí, en Madrid –en mi caso–, la cotidianidad prosigue sin más remedio y uno se acostumbra a que los días pasen y se superpongan sin la presencia de quienes nos acompañaron durante largo tiempo. Me doy cuenta, si acaso, de que, de manera más bien inconsciente, tiendo a rehuir los barrios en que los desaparecidos tenían sus casas o en que solía encontrarme con ellos. Hace diecisiete años, por ejemplo, que rara vez voy por El Viso, donde vivía Juan Benet; algo más desde que no paso por la calle de Gaztambide, en cuyo número 4 habitó Juan García Hortelano; y ya veinticinco desde que evito la zona de hotelitos en que tenía el suyo Vicente Aleixandre. Eso por mencionar sólo a amigos escritores, y por lo tanto a muertos a los que también muchos lectores podrían poner rostro y palabras, y cuya ausencia, hasta cierto punto, puede ser compartida por ellos. En la propia ciudad se van produciendo huecos, pero éstos no la dominan, y uno no puede tenerlos en la conciencia permanentemente, aunque –valga la contradicción– no pase jornada sin acordarse de sus caras y sus voces.

En cambio, cuando uno regresa a una ciudad a la que viajó con frecuencia en el pasado, inmediatamente echa en falta, con gran viveza, a quienes veía allí y ya se han muerto. En esos sitios uno estableció ciertos hábitos que formaban parte de su estancia. No visitar a Guillermo Cabrera Infante en Londres –por continuar con los escritores amigos– resultaba inconcebible, no sólo por el placer de encontrarlos –a él y a su mujer, Miriam Gómez–, sino también por las numerosas y divertidas anécdotas que proporcionaban y con las que uno volvía como con un tesoro, presto a relatárselas a las amistades madrileñas que tanto las celebraban. En las ciudades en que uno no vive no hay posibilidad de llenar los vacíos con el mero transcurso de los días, así que cuando uno llega de nuevo a ellas se ve asaltado por la nostalgia y por la sensación de pérdida con la misma intensidad que cada vez anterior, y eso ocurre indefinidamente, por muchos años que vayan pasando. Ahora he estado una semana en París, tras un lustro largo sin pisarla, y no ha fallado: inverosímilmente he echado de menos con fuerza a un muerto de hace casi veinte años, es decir, a alguien a quien no veo y de quien nada sé desde hace mucho, y a cuya falta debería estar más que acostumbrado, lo mismo que a no llamarlo ni a escribirle, a no esperar verlo en el Boulevard Saint-Germain ni en el Quai des Célestins ni en la Rue des Écoles, por mencionar algunos sitios en los que él estuvo y yo lo recuerdo.

El 15 de noviembre de 1990 ese amigo puso fin a su vida. Yo me enteré unas fechas más tarde, estando precisamente en París, y escribí una semblanza de él titulada "La muerte de Aliocha Coll". También era escritor, aunque a él es casi imposible que los lectores le pongan rostro y sumamente difícil que lo asocien a texto alguno, porque no publicó más que un libro y una traducción en vida, y con posterioridad aparecieron dos novelas más y una colección de poemas, si no me equivoco, todo ello hace ya tiempo, con escaso eco y sin el menor éxito. En verdad esto último no podía tenerlo ni lo buscó nunca, tan arriesgada y poco convencional era su literatura. Cuando hoy leo sobre escritores actuales que pasan por supermodernos y “rupturistas” y “mutantes”, no puedo evitar reírme: no sólo nacen la mayoría anticuados porque repitan fórmulas ya gastadas y estériles de los años setenta, sino que, al lado de Aliocha Coll, que lleva dos decenios enterrado, sus propuestas son cuasi galdosianas, por mucho “ciberespacio” que metan en sus obras tan perecederas. Me temo que son carne de tan pronto olvido como el propio Aliocha Coll, con la salvedad de que él nunca estuvo de moda ni fue jaleado por los tuertos críticos, y por tanto jamás pudo abandonar ese olvido al que se entregó deliberadamente. Era médico de profesión y muy culto. Se conocía al dedillo la tradición, como todos los que deciden darle la espalda con algún talento, no por pereza o ignorancia. Catalán de origen, vivía en París desde su primera juventud, primero de rentas, luego de su trabajo como médico cuando se le acabaron aquéllas. Era un hombre educado y discreto, siempre bien trajeado, con una risa tímida y como retardada, como si esperase a comprobar que lo que se había dicho era una broma para permitirse soltar la carcajada. Tenía cuarenta y dos años cuando se mató, tras leer un cuento de Nerval, beberse una copa de vino y escuchar no recuerdo qué música. Había terminado su novela Atila (una de las que se publicaron póstumamente) y con ella dio por concluida su obra. Como dije en aquella semblanza de 1990, “Acabado el papel se acabó la vida”, así fue en su caso. Sus textos son difíciles, rozando la ininteligibilidad a veces, pero poseía un gran talento verbal y rítmico: “Es y era la auréola de la silueta luz absorta en el polvo, absuelta en humo. Y el humo era el que vomitaba fuego, vómito del humo en el humo…” Es una cita escogida al azar, de Atila. Cada vez que voy a París me resulta incomprensible no llamarlo, no verlo, que no esté allí y se me frene el impulso. Que no esté en el mundo y sí en mi memoria, que todavía es parte de este mundo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de enero de 2010

martes, 26 de enero de 2010

Cesare Pavese - "Vendrá la muerte..."

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. ¡Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada!.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver surgir del espejo un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.

Los matones protegidos. 24 /01/ 2010.

Uno de los ejemplos más claros de cómo nuestras sociedades están entregadas a la política del appeasement o apaciguamiento -la que practicaron las democracias ante Hitler, y así les fue a partir de 1939- lo encontramos en el fútbol. Hace ya quince años escribí un artículo defendiendo al antiguo jugador del Manchester United Eric Cantona, que recibió unas severísimas sanciones por parte de su club y de su selección francesa, así como la reprobación de la prensa, porque se hartó de un individuo que le soltaba barbaridades sin cesar y, al retirarse del campo, expulsado, se acercó a él y le propinó un acrobático puntapié. Posiblemente no debió patear a aquel hincha, pero se comprende que lo hiciera. Quizá mereció las sanciones, pero no la condena moral generalizada que las acompañó. El agredido, como todos los hinchas groseros y violentos que llenan los estadios, se estaba amparando en la masa y en el anonimato, estaba actuando con cobardía al insultar a resguardo al jugador, cosa que sin duda no habría hecho a solas y en su proximidad. Seguramente ningún hooligan se habría atrevido. Pocas acciones más despreciables que la de atacar en manada, sabiéndose impune, indistinguible, a salvo de las consecuencias. Decía en aquella pieza remota que si hubiéramos visto esa secuencia en una película, la mayoría habríamos aplaudido a Cantona: el héroe, cansado de sufrir vejaciones, habría individualizado a la masa y le habría dado su merecido, mala suerte para el que se llevó el puntapié. No sabemos ver la vida real con la nitidez con que vemos cine o leemos novelas.

Algo parecido ha sucedido ahora con un delantero del Inter de Milán llamado Balotelli. Pese al apellido y a haber nacido en Palermo, se trata de un fornido negro, de madre ghanesa, motivo por el cual padece toda clase de insultos racistas cada vez que salta a un campo, y nunca tiene fácil jugar en la selección de su país, ya que, según demasiados aficionados, “no hay negros italianos”. Hace unas semanas, en un partido en Verona, tras haber soportado durante ochenta y ocho minutos los gritos simiescos del público, fue sustituido, y al retirarse aplaudió irónicamente a la masa que no había parado de humillarlo. Luego, ante los micrófonos, añadió otra “afrenta”: “El público de Verona me da cada vez más asco”. Cualquiera en su situación habría dicho, o por lo menos pensado, otro tanto. A diferencia de Cantona en su día, no se encaró con ningún aficionado ni a ninguno pateó. Se limitó a aplaudir y a expresar sus comprensibles sentimientos. Sin embargo, eso le ha valido una multa de siete mil euros, impuesta por el árbitro, “por haber provocado al público”. El Presidente del Chievo Verona se ha permitido negar la evidencia: “El problema no es el color de su piel, sino su actitud provocadora, que incita a que lo insulten”. Hasta el alcalde de esa ciudad de amantes ha dicho su majadería: “Un profesional tiene que aguantar pitos e insultos”. (No ha explicado por qué, pero el estamento político-futbolístico italiano, con Berlusconi a la cabeza de los sin cerebro, hace tiempo que perdió toda capacidad de razonar.) Es decir, a uno se lo hostiga sin pausa durante el ejercicio de su trabajo, y además en plan racista, y es uno el que “provoca al público” si reacciona mínimamente.

¿De dónde proceden estas ideas de que “un profesional” ha de callar ante los insultos, y de que el público sigue siendo “respetable” cuando hace muchísimo que dejó de serlo en todas partes? Recientemente oí reproches hacia Casillas porque se acercó a un crío valenciano que lo ponía verde y le pidió un poco de educación, nada más. “Hay que hacer caso omiso y concentrarse en el juego”, lo amonestaban los periodistas. Yo me pregunto cómo se hace caso omiso de las barbaridades que uno escucha nítidamente dirigidas a uno, de principio a fin de un partido. Cómo se concentra uno en parar los disparos. Salvando las distancias, es como si a un actor de teatro se le pidiera que pasara de los insultos lanzados con profusión desde el patio de butacas y se ciñera a su texto, como si allí no hubiera nadie. O a un cantante que siguiera impertérrito con su recital mientras le llueven abucheos e injurias. O a un escritor que continuara con su conferencia mientras los oyentes lo llaman “hijoputa” y “cabrón”. Y como si a todos estos “profesionales” se los castigara y multara por interrumpirse o hacer frente a sus groseros detractores. El razonamiento -es un decir- de los responsables del fútbol es más o menos: “Cualquier respuesta sólo empeorará las cosas”. Esto es: “Permitamos y protejamos los abusos, el matonismo y la violencia verbal, no vayamos a soliviantar a los soliviantados”. Lo mismo que en los años treinta: “Cedamos ante el furioso Hitler, no se vaya a poner aún más furioso”. Ceder ante los comportamientos fascistas siempre se paga caro, porque el espíritu fascista -que puede darse en gente de izquierda- toma por debilidad cualquier inhibición del adversario, y no hace sino envalentonarse y aumentar su agresividad, hasta aniquilar a ese adversario. Si el apaciguamiento está institucionalizado; si los violentos y matones están protegidos; si se condena al individuo valiente que se enfrenta a ellos o por lo menos les señala su cobardía y su mezquindad, no es de extrañar que éstos se crezcan y que cada vez estemos todos más y más a su merced.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de enero de 2010

viernes, 22 de enero de 2010

"5ª Sinfonía" de Carl Nielsen.

La Quinta Sinfonía fue concebida por Carl Nielsen poco después de la Primera Guerra Mundial. Aunque Dinamarca no estuvo directamente involucrada en ese conflicto, Nielsen se preocupó profundamente por las tragedias de los tiempos de guerra.
Varios comentaristas han rastreado la intensidad de la Quinta Sinfonía directamente hasta sus sentimientos respecto de la guerra. Si bien Nielsen negó todo intento de programa, la confrontación hostil de los opuestos dentro de la sinfonía es innegablemente bélica. Si bien semejante manifestación es demasiado vaga para decirnos mucho sobre las intenciones del compositor o sobre su música, es verdad que sus obras en gran escala de la década de 1920 abrieron nuevos territorios y adquirieron una profundidad que sólo se atisbaba en las anteriores. Están más entrelazadas , son más punzantes, más polifónicas, más dramáticas que sus piezas anteriores a la guerra. Nielsen también estaba interesado en componer música de absoluta simplicidad, como las canciones y los himnos populares. La melodía directa que se encuentra en partes de la sinfonía puede relacionarse con esta actitud hacia el público en general. La estructura singularmente poderosa de la sinfonía proviene directamente de la interacción de la simplicidad de tipo folclórico y el estilo sinfónico intensamente disonante de los años de Nielsen posteriores a la guerra.

La Quinta Sinfonía está creada en una forma singular, apropiada a la idea dramática de la obra pero diferente de la estructura de una sinfonía clásica. La sinfonía explora la confrontación de dos estados de ánimo, dos personalidades, dos estéticas: la consonante armónica y tranquila frente a la disonante, contrapuntística e intensa. Paul Hamburguer, al escribir sobre las sinfonías de Nielsen, caracteriza estas tendencias como lo constructivo y lo destructivo: "Los impulsos básicos parecen brotar de la... idea de la lucha por la vida, el eterno conflicto entre las fuerzas constructivas y las destructivas... el conflicto, la tensión entre barbarie y civilización, entre caos y orden."

De modo similar, el compositor Robert Simpson, en su libro Carl Nielsen, Sinfonista, considera que la Quinta Sinfonía expresa "el conflicto del hombre, en el que sus instintos progresistas y constructivos están en guerra con otros elementos (también humanos) que lo confrontan con la indiferencia o la oscuridad total. Nielsen descubrió que podía reflejar este drama de mejor modo en una obra de dos movimientos, el primero de los cuales debe contener el enigma del conflicto mismo y el segundo, ser un final que se elevaría desde las cenizas en un gran manantial de energía generadora. Incluso este final no está libre de dificultades, pero demuestra ser definitivamente irresistible".

El primer movimiento comienza tentativamente con una oscilación de la viola. Este movimiento perpetuo continúa hasta que se convierte en una obsesión. Las melodías tratan de invadirla, pero repetidamente caen en la mera figuración. El movimiento se desarrolla de modo doloroso y lento, generando un terror hipnótico. Las fuerzas destructivas hacen su entrada a manera de una ráfaga de notas (inicialmente acompañadas por un redoble de platillos) y, luego, un ritmo obsesivo de un tambor militar. Esta música militar genera una barbarie casi caótica, que se desvanece aparentemente antes de alcanzar todo su potencial. Un adagio en las cuerdas trae las fuerzas constructivas. El lirismo que sigue es un contraste conmovedor respecto del que lo ha precedido, pero no logra remplazar simplemente la inquietud de la apertura. El elemento destructivo hace su intrusión y se desata una verdadera batalla. Cuando la ráfaga obsesiva regresa en los vientos, la música del adagio pasa de las cuerdas a los bronces a fin de reunir fuerza. Este movimiento precipita un conflicto mayor, ya que el elemento perturbador ahora puede invadir las cuerdas. La fuerza oscura trae otra vez su alma elemental, el tambor militar. Al principio su ritmo compulsivo suena en su propio tiempo independiente y luego la ofensiva del tambor culmina en la improvisación del ejecutante del mismo "como para detener a toda costa el avance de la orquesta". Finalmente, gana el adagio lírico y el movimiento se aquieta casi pacíficamente con una cadenza del clarinete. Sin embargo, el clarinete está acompañado por un tambor militar que ha sido renuentemente aquietado y que todavía está obsesionado con su ritmo destructivo.

La reconciliación al final del primer movimiento es una paz intranquila. Se ha ganado una batalla, pero no la guerra. Las fuerzas destructivas se han retirado de la escena demasiado fácilmente como para admitir la derrota total. El segundo movimiento comienza con un allegro enérgico, completamente alejado de las luchas del movimiento precedente. El caos entra furtivamente y socava esta sección, obligándola a incurrir en repeticiones sin dirección y en un increíble perpetuum mobile de las cuerdas. La sección termina prematuramente, dando paso a una larga transición hacia una fuga rápida. La corriente subterránea de las fuerzas destructivas aparece en la superficie cuando interrumpen el clarinete y los timbales. Cuanto más trata la música de continuar de cara a estos obstáculos, más frenética se vuelve, llegando al final a un frenesí demoníaco y desplomándose: otra sección termina prematuramente. Una segunda fuga, esta vez un andante, trata ahora de impulsar la música hacia adelante. Es intensa y disonante, pero no es destructiva y por lo tanto no es necesaria su destrucción. Al final, se logra una síntesis. La música trasciende el campo de batalla para lograr unidad más allá de las fuerzas constructivas y destructivas. Por primera vez la sinfonía puede avanzar directamente hacia una nueva sección, sin necesidad de una transición mediadora. La sección final es un allegro que recapitula libremente la apertura del movimiento. Esta última parte lleva en sí triunfalmente el espíritu de la exaltación y la síntesis...algo que Nielsen siempre deseó.


2ª mitad del primer movimiento.

miércoles, 20 de enero de 2010

Dio - Don't Talk to Strangers


Don't talk to strangers
Mmmmh

Don't talk to strangers
'Cause they're only there to do you harm
Don't write in starlight
'Cause the words may come out real

Don't hide in doorways
You may find the key that opens up your soul
Don't go to heaven
'Cause it's really only hell

Don't smell the flowers
They're an evil drug to make you lose your mind
Don't dream of women
'Cause they only bring you down

Hey you, you know me, you've touched me, I'm real
I'm forever the one that lets you look and see and
Feel me
I'm danger - I'm the stranger

And I, I'm darkness, I'm anger, I'm pain
I am master
The evil song you sing inside your brain
Drive you insane
Don't talk

Don't let them inside your mind, yeah
Run away, run away, go!

No - no

Don't let them in your mind
Protect your soul

Don't dance in darkness
You may stumble and you're sure to fall
Don't write in starlight
'Cause the words may come out real

Don't talk to strangers [Don't talk to strangers]
'Cause they're only there to make you sad
Don't dream of women
'Cause they'll only bring you down
Yeah

Run, run, run, run away!

El tigre y los santos. 17 /11/ 2010.

Las mujeres se han quejado tradicionalmente, con razón, del muy diferente rasero con que se han medido su promiscuidad y la de los varones. Si en éstos era un timbre de gloria, en ellas era un baldón. Si a ellos se los admiraba y envidiaba por el número de sus conquistas, ellas se creaban mala fama por el mismo motivo. Hay muchos porqués para que esto haya sido así, pero no vamos a remontarnos a las dudas que los hombres han podido albergar sobre la paternidad de sus vástagos (y que las mujeres nunca han padecido respecto a la maternidad), ni siquiera a los recientes tiempos, bajo el franquismo, en que el adulterio de la esposa era un delito que podía llevarla a la cárcel, mientras que el del marido era una mera costumbre tan graciosa como inevitable. Baste con recordar que, si a los varones se les veía “mérito”, era porque en principio las mujeres se negaban a consentir, y en cambio aquéllos -se juzgaba de manera igualmente simplona- estaban siempre dispuestos a meterse en la cama con cualquiera, aunque fuese un espanto. Las conquistas femeninas, por tanto, no eran tales y carecían de todo valor: así como estaba tirado llevarse a un individuo al huerto, resultaba muy difícil llevarse a una individua al mismo asilvestrado lugar.

Todo esto suena a prehistoria, pero aún no había perdido enteramente su vigencia en mi primera juventud. Fue de hecho mi generación la que empezó a cambiar el punto de vista, con el llamado “amor libre” de los años sesenta y setenta. Es una de las pocas cosas de aquella época que han quedado incorporadas a la sociedad posterior. Al menos en apariencia, y hasta hay mujeres que presumen abiertamente, en público, en televisión, de su catálogo de seducidos, como el Don Giovanni de Da Ponte y Mozart, siempre y cuando se trate de sujetos “famosos”, requisito indispensable para la jactancia de las coleccionistas y para la relativa aceptación de su comportamiento por parte de las masas televidentes. “Ah, si ha sido con Beckham, o con Clooney, o con Springsteen, o incluso con el anciano Clint Eastwood”, parecen decirse los espectadores, “entonces vale”. Los gañanes que sonsacan a estas cazadoras de cabelleras les exigen “pruebas” de que el coito-con-famoso ha tenido lugar, y les piden detalles sobre las casas en que “consumaron” o incluso sobre la anatomía de los coleccionados, y por supuesto sobre sus performances o prestaciones. No se toleran las falsas medallas, lo cual indica que en estos casos sí se ve la conquista llevada a cabo por una mujer como un trofeo (aparte de un posible pasaporte para su efímera fama).

Tras todo este desparpajo, sin embargo, creo que lo que se está produciendo es un retroceso en los asuntos de esta índole y un triunfo del más rancio puritanismo. La mujer que es promiscua con particulares o desconocidos (es decir, la que no contribuye al espectáculo y al entretenimiento) aún es juzgada en estos programas con severidad parecida a la que se gastaba hace un siglo con las “casquivanas”. Y -lo que es peor, y nuevo- empieza a juzgarse con severidad semejante a los varones infieles o meramente mujeriegos, al menos en los Estados Unidos, y nada de lo que allí sucede debe minimizarse, porque suele acabar llegando también a Europa y sobre todo a España, el país más papanatas y mimético con cuanto proviene del Imperio y no digamos de Nueva York, ciudad admirable que demasiados escritores españoles nos están incitando a detestar, con su permanente baba exageradamente caída. Es bien sabido que en ese país un político no tiene futuro si es pillado en una infidelidad sexual, presente o remota. Algo absurdo que en nuestro continente no entendemos, pero que por lo menos obedece a un razonamiento, por ramplón y traído por los pelos que sea: “Si este tipo es capaz de engañar a su mujer, sin duda nos engañará también a nosotros”, piensan los elementales votantes. Lo que ya no se concibe es que un deportista como Tiger Woods, un personaje sin responsabilidades públicas que tan sólo se dedica a darle mejor que nadie a una bola con un palo de golf, que no está en situación de defraudar a la ciudadanía porque ningún poder tiene sobre ella, caiga en absoluta desgracia por descubrirse que, lejos del marido ejemplar que aparentaba ser, era un empedernido picaflor. Las empresas que utilizaban su imagen como reclamo publicitario han empezado a rescindirle contratos, el pobre hombre se ha visto obligado a anunciar que deja el golf durante tiempo indefinido, como si darle con pericia a la bola dependiera de su fidelidad o algo así, y, estando yo en la babeada Nueva York cuando estalló el “escándalo”, me quedé estupefacto al ver que todas las cadenas, incluidas las de noticias, hablaban obsesivamente de él para condenar sin pausa su “hipocresía” y su “inmoralidad”. Me llamó la atención el conservadurismo exacerbado del célebre showman Jay Leno, cuyos chistes al respecto los podría haber firmado San Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei (si hubiera hecho chistes alguna vez). Quizá no esté ocurriendo lo que creíamos muchos, a saber, que mujeres y hombres se hayan igualado en este campo porque a las mujeres promiscuas o infieles ya no se las juzgue mal. Sino que la igualación consista en que también a los varones ligeros de cascos se los denueste y execre y se los envíe al ostracismo. Si esto no es un triunfo de la pacatería, que venga el susodicho santo y lo diga, aunque en vida no tuviera nunca nada interesante que decir.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de enero de 2010

sábado, 16 de enero de 2010

Esta tierra,
que es la tuya,
se revuelve
y se violenta,
se desata
y se desploma.
Tierra de sangre y sal,
de mito y leyenda,
de garrote y linde al sol,
de fiereza fría
y glorioso honor.
Tierra a la deriva
de banderas y victorias,
piel de dragón,curtida
de besos y oración.
Tierra, madre; de aire
y agua roja.
Recíbeme.

viernes, 15 de enero de 2010

Opeth - Burden.

Una de las mejores canciones que se han compuesto.


I once upon a time
Carried a burden inside
Some will ask goodbye
A broken line but underlined
There's an ocean of sorrow in you

Sorrow in me

Saw movement in their eyes
Said I no longer knew the way
Given up the ghost
A passing minds and its a fear
In the wait for redemption ahead

Waiting to fade

Fading again

If death should take me now
Count my mistakes and let me through
Whisper in my ear
Taken more than we've received
And the ocean of sorrow is you

EXPLICO ALGUNAS COSAS

Preguntaréis: Y dónde están las lilas?
Y la metafísica cubierta de amapolas?
Y la lluvia que a menudo golpeaba
sus palabras llenándolas
de agujeros y pájaros?

Os voy a contar todo lo que me pasa.

Yo vivía en un barrio
de Madrid, con campanas,
con relojes, con árboles.

Desde allí se veía
el rostro seco de Castilla
como un océano de cuero.
Mi casa era llamada
la casa de las flores, porque por todas partes
estallaban geranios: era
una bella casa
con perros y chiquillos.
Raúl, te acuerdas?
Te acuerdas, Rafael?
Federico, te acuerdas
debajo de la tierra,
te acuerdas de mi casa con balcones en donde
la luz de junio ahogaba flores en tu boca?
Hermano, hermano!
Todo
eran grandes voces, sal de mercaderías,
aglomeraciones de pan palpitante,
mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua
como un tintero pálido entre las merluzas:
el aceite llegaba a las cucharas,
un profundo latido
de pies y manos llenaba las calles,
metros, litros, esencia
aguda de la vida,
pescados hacinados,
contextura de techos con sol frío en el cual
la flecha se fatiga,
delirante marfil fino de las patatas,
tomates repetidos hasta el mar.

Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños.

Chacales que el chacal rechazaría,
piedras que el cardo seco mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiaran!

Frente a vosotros he visto la sangre
de España levantarse
para ahogaros en una sola ola
de orgullo y de cuchillos!

Generales
traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.

Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?

Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!

Los cien años de una amiga. - 10 /01/ 2010

Cuando escribo estas líneas falta un día –será el 28 de diciembre– para que una amiga de mis padres, María Rosa Alonso, cumpla cien años. Probablemente a ella la fastidien, o por lo menos la importunen, los agasajos que van a llegarle por este motivo, sobre todo en sus tierras canarias. Leo que una editorial de allí está publicando sus obras completas, en diez volúmenes, y aunque su nombre no sea muy conocido en el conjunto del país, es sin duda una de esas empresas que valen la pena. Los libros hechos y presentados con modestia por sus autores corren el peligro de pasar inadvertidos, más aún en estos tiempos impúdicos de permanente autobombo por parte de cualquier debutante o indocumentado. No por ello tienen menos valor del que tienen, y en el caso de María Rosa Alonso sus escritos lo tienen mucho.

Pero para mí ella no ha sido nunca “una escritora”, sino una vieja amiga a la que recuerdo desde que tengo memoria, primero de mis padres y luego, a cierta distancia y en la medida de lo posible, también mía. Si no me confundo, los tres eran compañeros de Facultad, allá en los años treinta, aunque María Rosa, a la vista de lo que se celebra ahora, les llevaba unos cuantos a mis progenitores. Era una mujer enormemente alegre, o aún sería más adecuado decir jovial, que entraba en la casa lanzando risotadas y tomando un poco el pelo, suave y cariñosamente, a todo el mundo, lo mismo a los adultos que a los niños. Pese a que éstos pueden ser muy serios y no siempre toleran que se les tome el pelo, esa actitud suya no nos hacía rehuirla ni desconfiar de ella, sino todo lo contrario. Porque se notaba que carecía de toda doblez y porque esa ironía suya era festiva o incluso celebratoria, más producto de un carácter bromista, generoso, animado y risueño que de ninguna otra cosa. Por decirlo de alguna manera, yo tenía la seguridad, de niño, de que se podía contar con ella para lo que fuera, rezumaba lealtad e incondicionalidad y afecto. Sin duda ha sido una excelente amiga de sus amigos, lo cual significa que no se habrá abstenido nunca de decirles, a cada uno, lo que no le pareciera bien de ellos. En eso consiste la lealtad también, en procurar que quienes uno quiere no se equivoquen demasiado o no se tuerzan, cuando uno cree que lo están haciendo.

Siendo yo ya un joven –tendría unos veinte años–, recuerdo que quedé a almorzar con ella en Roma. Fue la primera vez que la vi a solas, fuera del contexto familiar y sin su tutela, y en que me habló como a una persona con autonomía, no como al hijo de sus viejos amigos o a una especie de sobrino. Descubrí a una María Rosa con más sufrimiento a sus espaldas del que le suponía, que había atravesado numerosas dificultades sola, antes, durante y después de la Guerra Civil (con una larga emigración a Venezuela); también más política –en el mejor sentido de la palabra–, más radical en su antifranquismo –aún vivía el dictador–, alguien de gran franqueza y que no estaba para majaderías. Tan simpática y cariñosa como siempre, pero que no se llamaba a engaño en ningún aspecto de la vida. Alguien, en suma, muy fuerte. Así ha seguido durante el mucho tiempo transcurrido desde entonces, aunque nuestro trato, sobre todo desde que por edad hubo de regresar a Canarias y perder su queridísima independencia, haya sido epistolar eminentemente. Sus cartas, escritas a mano con letra firme y clara, están llenas de una energía que para mí quisiera. Suelen comenzar con una disculpa por la tardanza en responder o en haber leído algo que le he enviado: “Mi mesa rebosa de papeles y quisiera acabar un trabajo que me urge”, me decía con casi noventa y siete años. Y un mes después: “Sigo atragantada de trabajo y no doy avío a lo que quisiera terminar antes de cascar, que no tardaré”. Siempre activa y siempre atareada, en no pocas ocasiones metida en polémicas con algún ignorante que ha soltado idioteces en la prensa canaria. Una mujer sagaz y alerta, de las que desmienten que con la edad se pierdan la curiosidad y la vehemencia. Con una vejez así, ojalá le queden aún muchos años y estos cien que ahora cumple entre fastos no la dejen agotada ni asqueada por el empalago (al que contribuyo con estas líneas, ya lo sé: mis disculpas).

Por otra parte, ya he dicho que María Rosa posee entereza y es de las que no se engañan. Espero que no se tome a mal que cite de otra de sus cartas: “Morir es dejar de vivir, y convertirse en lo que se escribe sobre la tumba del Cardenal Portocarrero: ‘Pulvis, cinis et nihil’. Me dirás que se refería sólo al cuerpo, pero lo amplío al ser total: la nada… Los muertos no vuelven y es el Tiempo, nuestro enemigo, quien marca nuestra vida, que sólo vale vivir cuando se es joven y maduro, porque cuando eres niño y adolescente estás en ‘todavía’ y cuando llegas a viejo, ‘ya no’… Mi tiempo, como es lógico, se está acabando. Y me convertiré en nada, y dentro de veinte años nadie me recordará, como yo no recuerdo a cierta gente de la tanta que he conocido y hasta he querido. Los que por algo me impresionaron claro que son inolvidables”.

Felicidades a María Rosa Alonso en su envidiable y largo ‘ya no’ que sin razón desdeña, en el que todavía es alguien –y no nada– y en el que aún no da “avío”. En lo que a mí respecta, además, se cuenta entre los que, “por algo”, me han impresionado. Y me será, por tanto, inolvidable.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de enero de 2010

Los exterminadores de toros. - 03 /01/ 2010

Resulta desalentador comprobar cómo el franquismo, o su espíritu dictatorial, sigue habitando entre nosotros, en nuestra sociedad y en nuestros demagógicos políticos. A todo el mundo se le llena la boca hablando de la libertad de expresión, pero casi nadie tolera que se le lleve la contraria, ni, aún más grave, que exista lo que, según cada cual, no debería existir. La próxima ley antitabaco, por ejemplo, de la que hablé hace unos meses, impide que existan locales en los que se reúnan los fumadores, en vez de aconsejar a los enemigos del humo que se abstengan de frecuentarlos, lo mismo que está vedado el acceso a los casinos y a los bares de topless, supongo, a los menores de edad, o que la mayoría de los heterosexuales procuran no entrar en sitios de ligue gay, porque allí nada se les ha perdido. Esa ley de Zapatero y Jiménez equivale a suprimir los lugares mencionados por si acaso a quien no le gustan se le ocurre meterse en ellos. Dicho sea de paso, mi artículo sobre dicha ley me costó, entre otros reproches, una ruin carta de la Presidenta de Nofumadores.org, en la que insinuaba que quizá yo cobraba de las compañías tabaqueras. De nuevo el espíritu totalitario: si alguien no opina como yo, será porque está comprado.

Vaya así por delante, en esta ocasión, que no soy aficionado a las corridas y que se cuentan con los dedos de las manos las veces en que he asistido a ellas, y sobraría algún que otro dedo. Tampoco tengo ningún contacto con el mundo del toreo ni desde luego he percibido un euro de nadie relacionado con él. Si las corridas se prohibieran, en nada cambiarían mi vida ni mis costumbres, luego carezco de todo interés personal o laboral en su permanencia. Pero tampoco tengo nada en contra de ellas, y en la iniciativa ciudadana de Cataluña que ha dado pie a que los políticos de esa autonomía aprueben debatir en su Parlamento su posible abolición en el territorio, sólo veo, por tanto, un afán más de prohibir aquello con lo que no se está de acuerdo, una muestra más del espíritu dictatorial y franquista que continúa anegándonos y envenenándonos.

Lejos de mi intención hablar de “tradición y cultura” o de “fiesta nacional”, esa clase de argumento patriótico me causa alergia. En esa iniciativa se mezclan dos cosas: por un lado, la ignorancia deliberada e interesada de los nacionalistas e independentistas –es decir, su necedad, pues justamente eso significa “necio” en la certera definición del DRAE: “Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber”–, que los lleva a creer –o a fingirlo– que las corridas son algo netamente “español” y no catalán, cuando su afición y arraigo en Cataluña han sido siempre fortísimos y están bien documentados; por otro, la frivolidad extrema de quienes se llaman a sí mismos “animalistas” (no sé si el “ismo” está de sobra) y de los ecologistas. En lo que respecta a los segundos, ya ha señalado el filósofo Gómez Pin en este diario que, según preservadores del medio ambiente, economistas, ganaderos y veterinarios, “el mantenimiento de no pocas dehesas (parques auténticamente naturales, donde un animal criado por el hombre goza de condiciones para realizar su naturaleza específica…) sería inviable sin la fiesta de los toros”. Si no hubiera ganaderías hace tiempo que esas dehesas estarían convertidas en urbanizaciones monstruosas, de esas que dicen combatir los ecologistas. En cuanto a los primeros, a los “defensores de los animales”, me temo que en este caso se convierten más bien en su mayor amenaza y sus mayores enemigos. ¿Por qué creen que todavía existe el toro bravo o de lidia? Se lo cría y cuida artificialmente y con esmero tan sólo porque hay corridas y otros espectáculos taurinos en nuestro país. ¿Acaso se ve a esa bestia en Alemania, Italia, Gran Bretaña o Rusia, fuera –tal vez– de unos pocos ejemplares que se utilizan como sementales? El toro no viviría espontáneamente. No es un bicho que pueda andar suelto por los campos sin poner en grave peligro a la población humana, ni que pueda valerse enteramente por sí mismo. Si se prohibieran las corridas y dejara de haber ganaderías, ¿quiénes se ocuparían de ellos, de alimentarlos, cuidarlos y controlarlos? ¿Esos “animalistas” a los que hemos visto emocionarse consigo mismos tras la votación del Parlament de Cataluña? Seguro que no. ¿El Estado? No creo que se encargase de tarea tan costosa como improductiva, y, si lo hiciera, es muy probable que los mismos abolicionistas de hoy protestaran por el dispendio inútil a cargo de los contribuyentes.

Quienes quieren acabar con las corridas, en suma, lo que pretenden –o pueden conseguir sin darse cuenta– es extinguir una especie, que sin ellas no sobreviviría. A lo sumo se destinarían a sementales unos pocos toritos, y seguramente se sacrificaría en su nacimiento a la mayoría de los machos. En vez de hacerlo en la plaza, tras darles una vida plena y libre de más de cuatro años, se haría en secreto, nada más ser paridos. Si eso da buena conciencia a los antitaurinos, que me expliquen los motivos. Porque, suponiendo que los taurinos sean “torturadores de animales”, los enemigos de las corridas resultarían ser exterminadores de animales. Y, francamente, entre los primeros y los segundos, prefiero con mucho a aquéllos, que al menos les causan una muerte en combate tras permitirles una vida. Éstos ni siquiera consentirían que tuviesen vida, ni que perdurase el toro bravo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de enero de 2010