sábado, 9 de octubre de 2010

Frankenstein, 2ª parte.

Frankenstein: de la literatura gótica al cine de terror

La novela "Frankenstein" surgió de una forma tan curiosa como conocida. Aunque muchos lo han llegado a considerar una leyenda, lo cierto es que la autora la narró como verídica en el prólogo de su obra en la edición de 1931.

Corría el verano de 1816 en Villa Diodati, una mansión que Lord Byron tenía cerca del lago Ginebra, en Suiza, y Mary Godwin, junto con su amante y posterior marido el poeta Percy Bysse Shelley, su hermanastra Jane Clairmont (de nombre artístico Claire), su amigo el poeta Lord Byron y el amante y médico personal de éste John Polidori (aunque hay quien incluye en la reunión a más personajes: Hobbhouse, Scrope, Rossi y Davies), pasaban el tiempo una noche tormentosa leyendo un libro alemán sobre historias de fantasmas. Influenciados por el ambiente, Lord Byron les propuso que cada uno de ellos escribiera una narración de horror. Sorprendentemente ni Byron ni Shelley, escritores de profesión, lo hicieron, mientras que Mary desarrolló lo que posteriormente fue su "Frankenstein o El Moderno Prometeo" y Polidori su conocida novela vampírica.
Sobre esta reunión se realizó una película titulada "Gothic" (1986) de Ken Russell, considerada 'de culto' por algunos cinéfilos y que pasó casi desapercibida, donde se mezclaba la historia, el sexo, las drogas y el terror. Al año siguiente repitió este intento Ivan Passer con su "Haunted Summer" y el español Gonzalo Suárez con su premiada película "Remando al viento".

Tras la edición del libro, fueron frecuentes sus representaciones teatrales con mayor o menor acierto, pero la primera película que se recuerda apareció en 1910, un "Frankenstein" de escasos 15 minutos, dirigida por un tal J. Searle Dawley, y producida por la Edison Kinetogram Company. El "Frankenstein de la Eddison".
Posteriormente hubo algún intento de repetir la experiencia con resultados mas que dudosos pero de los que se tienen pocas referencias, como fue la americana "Life Without Soul" (1915) de Joseph Smiley que para americanizarla más (algo quizá demasiado frecuente en la tierra de las barritas y estrellitas) llegó a cambiar algo tan revelador como es el nombre del doctor y le llamó Frawley, o la italiana "Il monstro de Frankenstein" (1920) de Eugenio Testa, adaptación muy libre de la novela, que se considera perdida.



Pero la película que relanzó la obra de Mary Shelley, la universalizó y, a la vez, la deformó y marcó la iconografía del monstruo como símbolo del terror durante décadas, abriendo caminos a los mitos erróneos y mezclando nuevos elementos en el terror cinematográfico, navegando entre el miedo y la lástima, fue la famosa "Frankenstein" (1931) de James Whale.
Producida por la Universal y, tras un baile previo de directores y actores, terminó siendo una de las películas más famosas de la historia del cine. La actuación de Boris Karlof como la criatura (como le gustaba al gran actor llamar al monstruo) y el experto maquillaje de Jack Pierce, marcaron un hito en la caracterización de los personajes terroríficos. Además, esta fue la primera vez que se introdujo en el cine americano (y de aquí a casi todo el mundo) a un nivel superior el inmenso valor de la iluminación y el juego de luces y sombras en las producciones que buscaban el miedo y el terror (que aprendieron, hay que decirlo, de directores expresionistas alemanes como Murnau o Robert Weine).
Pese a su éxito comercial, fue duramente criticada por distorsionar la novela hasta lo indecible. Los guionistas que preparaban su secuela, "La novia de Frankenstein (1935), decidieron reiniciar la historia con la famosa reunión de Villa Diodati, revivir al monstruo y humanizar a la criatura (aquí la actriz Elsa Lanchester hizo un sorprendente doble papel, en el de Mary Shelley y en el de la 'novia' de la criatura, con un original peinado que marcó un hito).
Pese a no conseguir mayor credibilidad en la fidelización a la obra original, es considerada la mejor película de toda la saga.

Posteriormente vino algo a lo que el cine ya nos tiene acostumbrados, la explotación de los éxitos. Así surgieron películas como "La sombra de Frankenstein" (1939) de Rowland V. Lee que introducía a otro actor famoso como era Bela Lugosi en el papel de ayudante del doctor, o "El fantasma de Frankenstein" (1942) de Erle C. Kenton donde Lon Chaney Jr intentaba hacer el papel de la criatura con poco éxito.
Y , al agotarse el filón, se hicieron películas con el doble, el triple o el quíntuple de monstruos pensando erróneamente que el terror en el espectador aumentaría de la misma forma; surgió así "Frankenstein y el Hombre Lobo (1943) de William Neil, "House of Frankenstein" que conocimos aquí como "La zíngara y los monstruos" (1944), "La mansión de Drácula" (1945) o "Abbot y Costello contra los fantasmas" (1948), fenómeno que acabó degenerando el género pero dio películas aceptables que hoy muchos cinéfilos disfrutamos en gran medida (yo entre ellos).


De forma similar a lo sucedido con otras películas de terror, la productora británica Hammer recogió el testigo agotado por la Universal. El director londinense Terence Fisher (Grande!!!) fue el encargado de versionar de nuevo (versión tan nueva que era prácticamente una nueva historia) a la criatura en "La maldición de Frankenstein" (1957), caracterizada por estar protagonizada por 2 titanes: Christopher Lee y Peter Cushing como La criatura y el barón Frankenstein. El monstruo va abandonando su destino atormentado para convertirse en un ser agresivo, sin ética ni moral, y las actrices provocan sexualmente a la vez que la violencia alcanza cotas nunca vistas; fue además la primera versión en color de la historia.
Este inmenso director repitió al año siguiente con "La venganza de Frankenstein" y la Hammer abandonó al monstruo durante unos años hasta que lo retomó con "El Mal de Frankenstein" (1964) siendo el director Freddie Francis y obteniendo una de las peores películas al tener a Kiwi Kingston como el monstruo, ya que era un luchador pero no un actor, que no aportó absolutamente nada nuevo. Fisher tuvo que volver de nuevo con "Frankenstein creó a la mujer" (1966) donde desarrolla la teoría de la transferencia de almas, "El cerebro de Frankenstein" (1968) donde se produce una escena de violación que disgustó mucho a su director, y ya enfermo la que fue su última película, "Frankenstein y el monstruo del Infierno" (1973) con un Neanderthal con el cerebro transplantado. La Hammer agotó sus ideas con "El Horror de Frankenstein" (1970) de Jimmy Sangter, en parte un remake de una anterior con cierta dosis de humor negro y sexo. Malas?, Si, pero Hammer.


Mientras tanto en la américa de la postguerra, el Rock n´Roll y la cultura de la gran ciudad, buena parte del cine de terror se articuló alrededor de la juventud que llenaba los cines al aire libre, surgiendo las películas de teenagers que abarcaron prácticamente todos los monstruos clásicos conocidos. Así surgió "Yo fui un Frankenstein adolescente" (1957) de Herbert L. Strock o "El Frankenstein adolescente contra el Hombre Lobo adolescente" (1959). También aprovecharon un precoz futuro al hacer en 1958 un "Frankenstein 1970". Incluso consiguieron hacer algo tan malo como la pésima "Frankenstein y el monstruo del espacio" (1964) de Robert Gaffney, aunque posiblemente lo peor de lo malo fue un terrible "Jesse James y la hija de Frankenstein" (1965), que compitió por este título con el absurdo japonés "Frankenstein Conquista al Mundo" (1965).

Durante los años 70 el mito parecía agotado; junto a las olvidables "La maldición de Frankenstein" de Jesús Franco y "Frankenstein a la italiana" de Armando Crispino, la Universal buscó nuevos caminos y relanzó la historia en forma de comedia con la divertida "El jovencito Frankenstein" (1974) de Mel Brooks, una de las mejores comedias de la historia del cine (para el que escribe).
Quizá esta fue la clave ya que se desarrollaron obras que se sumergían en áreas poco trilladas; así aparece la archifamosa comedia músico-terrorífica "The Rocky Horror Picture Show" (1975) de Jim Sherman, donde un travesti de medias negras y rimmel llamado Dr. Frank-N-Furter (interpretado por un fantástico Tim Curry) fabrica a un rubio, musculoso y superdotado monstruo..., o la creadora de la línea gore del terror "Carne para Frankenstein" (1974) de Paul Morrissey y supervisada por Andy Warhol que obtuvo unos famosos y nauseabundos resultados.

En los años 90 Roger Corman desarrolló un guión junto con Brian Aldiss basándose en una novela de éste último, "Frankenstein desencadenado" (1973), donde el cine de terror da la mano a la ciencia ficción de los viajes en el tiempo, mostrándo claramente que la destrucción es posible si partimos de un progreso científico irresponsable y descontrolado. Más recientemente han aparecido obras que intentaban acercarse a los orígenes y a la realidad de la novela de la misma forma que ya lo intentó previamente Jack Smight con su "La verdadera historia de Frankenstein (1973), nos referimos a "Frankenstein: la Historia Real" (1992) de David Wickes y la cara producción de Kenneth Branagh con su "Frankenstein, de Mary Shelley" (1994) donde un actorazo como Robert de Niro encarna a la criatura; Una película que considero notable como obra gótica, con un trabajo de dirección artística fenomenal. Y una música fabulosa de Patrick Doyle.

El cine de terror actualmente.....,mmmmm, se dirige hacia otros campos mientras Frankenstein y su mito se diluyen entre clásicos fotogramas. Posiblemente de las películas modernas podríamos destacar dos. Una de ellas se basa en la novela "El padre de Frankenstein" de Christopher Bram. Relata la relación entre un director de cine retirado (James Whale, creador del más famoso Frankestein, al que revive maravillosamente Ian McKellen) y su jardinero (Clay, interpretado por un correctísimo Brendan Fraser); una película que en ningún momento nos acerca al miedo pero que nos relata perfectamente una realidad histórica del mundo del cine; hablamos naturalmente de "Dioses y Monstruos" (1998) de Bill Condon, un film de los que ganan enteros en cada visionado. La otra película, más reciente todavía, es "May" (2002) de Lucky McKee, donde se retoma el susto adolescente y donde una inquietante Angela Bettis hace de "doctor Frankenstein" intentando crear un amigo a medida con los miembros de todos aquellos que le han maltratado alguna vez; retoma modernamente la estructura del creador y su obra que caracterizó a la novela de Mary Shelley.Merece la pena el visionado.

En esta escueta historia del cine hemos visto lo lejos que están las películas de la obra original en la que se basan. Bien es cierto que Frankenstein ha desarrollado todo un mito donde el médico, alma mater del monstruo, se convierte gracias a su obra en otro monstruo, siendo difícil en ocasiones distinguir quién es quién...
Por ello será interesante ver lo que nos ha dejado como punto ético de referencia intentando marcar los límites de la ciencia médica, las posibilidades reales que tiene la medicina en el desarrollo de la vida artificial con los transplantes de órganos y el ensamblaje de miembros, y la participación que puede tener en la admirable y, a la vez, tenebrosa "creación" de vida humana...


La medicina ante el mito de Frankenstein

La obra de Mary Shelley se ha interpretado desde varios puntos de vista. Desde la psicología femenina como una interesante expresión de la autora por sus miedos y terrores ante la maternidad, ante la posibilidad de traer una vida al mundo, donde sobrevuela el miedo al hijo imperfecto y a las responsabilidades que plantea. Otros prefieren hacer dobles lecturas ya sea desde el punto de vista político o el sociológico, que poco o nada nos interesa ahora. Nosotros intentaremos verlo desde el prisma de la ciencia médica, ya que se ha desarrollado hasta alcanzar el status de mito, de objetivo futuro o de seria advertencia...
Es indudable que la novela ha seducido de muchas formas a muchas personas. Algunas de éstas, mentes jóvenes en pleno desarrollo, han visto nacer en su interior esa chispa que poco a poco los ha orientado hacia las ciencias de la naturaleza, hacia la investigación científica o directamente hacia la medicina, sorteando consciente o inconscientemente las dudas morales que pueden plantearse y viendo sólo un camino abierto hacia un futuro prometedor y repleto de descubrimientos todavía ocultos. Así lo afirmaba, por ejemplo, sir Ronald Ross (1857-1932), que fue premio Nobel de Medicina en 1902 por haber descubierto el parásito de la malaria, y que siendo un buen aficcionadoa la literatura llegó a escribir un pequeño cuento satírico sobre el tema que nos ocupa titulado "El vivisector".

El primer referente médico que encontramos en Frankenstein tiene mucho que ver con la ética y la moral. "Jugar a ser Dios" es el argumento principal de muchas películas donde aparecen médicos .Y el doctor Víctor Frankenstein es el principal representante de esto, el que quiso emular al Creador; sus aspiraciones iniciales ("¡ Cuán grande sería mi gloria si me era posible acabar para siempre con la Enfermedad y hacer al hombre invulnerable contra toda muerte que no fuese violenta!") se desviaron hacia objetivos que iban más allá de mantener y cuidar la vida, objetivos que fijaba en la creación de esa vida que quería proteger.

El nombre del doctor es hoy, por derecho propio, símbolo de la ciencia desviada de sus objetivos, de la superación personal al pisar terrenos resbaladizos que pueden atentar contra el ser humano y su humanidad, provocando lo que algunos llaman el síndrome de Frankenstein. Pero la obra nos habla de la locura soñadora y la ambición desmedida, pero también de la crisis de conciencia y el arrepentimiento posterior, para finalizar con una dura penitencia de la que no hay escapatoria posible.

En la novela vemos a un médico solitario en su investigación y sin ayudantes (en las películas hay personajes para todos los gustos, ayudantes como Fritz, Hans, Ludwig o Igor), y no hay datos sobre la tecnología aplicada (en las películas hay probetas y matraces con líquidos placentarios más o menos sugerentes, cables y turbinas con mucha electricidad estática, salida del cielo como hizo Benjamín Franklin o derivada de un estanque lleno de anguilas eléctricas). En la actualidad el trabajo científico es caro y suele desarrollarse en grupo, por lo que es más difícil plantear una 'locura' visionaria de altos riesgos (aunque, por desgracia, es imposible descartar la existencia de un grupo de científicos obsesionados con su labor...).

El gran filósofo inglés Bertrand Russel (1872-1970) ya dijo que "La ciencia, en cuanto a tal, no nos puede proporcionar una ética. Tan sólo nos puede indicar los medios para alcanzar determinados objetivos, así como las metas imposibles de alcanzar". Para solucionar esto habrá que recurrir a la filosofía ética, ya que toda nueva teoría científica no es buena o mala por sí misma, y lo que le dará ese valor será el cómo se emplee. Por esta razón, en la actualidad, y para evitar en parte el llamado factor Frankenstein, el trabajo es supervisado por la comunidad científica en general o directamente por los comités de ética de las propias instituciones (confeccionados prácticamente en todos los hospitales actuales)...

La criatura creada por el doctor Frankenstein se ha comparado con una máquina, formada por una serie de piezas ensambladas y dirigidas por un motor, el cerebro. Pero el cerebro de la criatura está vacío, es decir, no tiene mente, conocimientos ni recuerdos, hasta que poco a poco y de forma autodidacta va aprendiendo y se convierte en un ser terrible y vengativo (y eso que sus lecturas fueron "Los sufrimientos del joven Werther" de Goethe, "El paraíso perdido" de Milton y "Vida de hombres ilustres de Grecia y Roma" de Plutarco). Hoy en día la ciencia cibernética e informática están evolucionando tan rápido que muchos temen llegue el día en que se desarrolle una máquina capaz de pensar por su cuenta y que, como el monstruo de Frankenstein, se rebele contra su creador...Ciencia ficción hoy, no?

De los antiguos autómatas hemos pasado en la actualidad a los robots. En el año 1920, el escritor de origen checoslovaco Karel Capek, publicó su novela "RUR" (Russum’s Universal Robots). Esta obra trata de dos pequeños seres artificiales de forma humana que responden perfectamente a las órdenes de su creador, aunque al final acaban rebelándose contra él (de forma similar al Frankenstein original). Para referirse a estos seres, el autor les llamaba robots, derivación del vocablo checo 'robota', que significa “trabajo obligatorio”. Y es así como surge la palabra robot para referirse a los autómatas mecánicos de aquellas épocas. A partir de esta novela, se generalizó el nombre y ahora se les llama robots a todo tipo de autómatas.

Existe un miedo a los robots debido a la evolución tan acelerada que se ha proyectado en muchas de las novelas de ciencia-ficción. Y aunque muchas de estas novelas no están tan fuera de la realidad, no debe temerse al desarrollo de la ciencia robótica, sino todo lo contrario, ya que estos existen para poder facilitar las tareas de los humanos. En la obra de Isaac Asimov, "Yo robot" (1940), éste postula tres leyes (que ya se han hecho clásicas) que los robots deberán de seguir para proteger a los seres humanos.

Aunque la creación de autómatas no pertenece al campo de la medicina, sino al de la mecánica o la electrónica, este ejemplo es importante ya que de él se deriva lo que suele llamarse el complejo de Frankenstein, término acuñado también por Isaac Asimov y que nos habla de la desconfianza y el temor que despertaría en los seres humanos una máquina que los superara (imagen que vemos en el célebre computador HAL de la película "2001, una odisea en el espacio" de Stanley Kubrick, y en alguna más moderna como "Yo, robot" que plantea algo similar pese a desvirtuar la novela en la que se basa).

Además debemos tener en cuenta que en la actualidad la medicina y la robótica se dan la mano cada vez más, desarrollando nuevos implantes y prótesis que resulten más fieles a los miembros u órganos que sustituyen (quizá, quién sabe, se produzcan finalmente situaciones como las que describe Crichton en su novela "El hombre terminal")

Y esto nos lleva directamente al tema de los transplantes, pues los primeros médicos en realizarlos fueron rápidamente acusados de ser médicos sin moral, violadores de la humanidad con el único objetivo de obtener logros personales (como el Dr. Frankenstein). De esta forma acusaron al doctor sudafricano Christian Barnard (1922-2001) al realizar en 1967 el primer transplante cardíaco. Hoy la situación ha dado un giro de 180º, y no sólo se aceptan los transplantes de corazón, hígado o riñones, sino que además se considera ético y moral con la humanidad hacerse donante de los mismos.

Cuando se utilizaron para transplantar órganos no vitales, volvieron a surgir las controversias y las acusaciones frankensteinianas. Así sucedió con el Dr. Owen, médico australiano que transplantó en 1998 la mano derecha de un donante muerto, o con el doctor Duberward, que un año después repitió la operación con el brazo derecho. Actualmente aceptamos con más facilidad estas situaciones y, frente a la sorpresa inicial, las asumimos como "correctas" desde la ética médica. Aceptamos transplantes, implantes mecánicos, pues su objetivo es salvar vidas humanas; pero aquí aparece una pregunta que nace de lo más oscuro de nuestro inconsciente, que nos recuerda a la imagen que tenemos de Frankenstein, y que asemeja al guión de una película de terror: ¿aceptaríamos, en un hipotético futuro, un transplante de cuerpo entero o, dicho de otra forma, un transplante de cerebros? ¿aceptaríamos un implante biomecánico corporal completo adaptado a una cabeza humana...?

La Ciencia no ha llegado todavía a crear vida, pese a los arduos intentos de ciertos laboratorios para crear una especie de 'sopa primordial' de donde se supone salió el primer ser vivo de este planeta (concepto que tuvo su origen en una especie de jalea lodosa que se encontró en 1858 en el fondo del océano Atlántico a la que llamaron Bathybius y que resultó ser uno de los grandes chascos de la ciencia).

En los campos que trabajan directamente con ADN sólo o formando parte de seres unicelulares, es donde se renueva el mito del Frankenstein creador y terrible. Hablamos de la genética y la reproducción asistida, aunque habitualmente (salvo casos puntuales) no se habla de la existencia de una maldad intrínseca o consciente en los médicos que trabajan en ello, pero si de la sospecha de una incapacidad moral para distinguir lo que está bien de lo que está mal.

La asociación de Frankenstein con la genética es hoy en día algo habitual, pese a los indudables beneficios que podría reportar para la humanidad en un futuro no muy lejano; recordemos por ejemplo los carteles de 'No Frankenfoods' que aparecen con relativa frecuencia en las manifestaciones ecologistas contra los alimentos transgénicos. Las 'criaturas' de la genética serían, no sólo alimentos modificados, sino también gérmenes que podrían abrir las puertas a plagas incontrolables (de lo que nos advierten películas clásicas como "La amenaza de Andrómeda" basada en la novela original que Michael Crichton escribió durante su primer año de sus estudios de medicina, hasta las más recientes como "28 días después") y a terribles guerras biológicas. El miedo a que los seres humanos puedan manipularse de forma parecida (como aparece en la película de serie B "Trans-Gen, los genes de la muerte" del año 1987) ha llevado a que se establezcan una serie de controles bioéticos internacionales que vigilen los distintos proyectos internacionales en este campo (p.e "genoma humano")


Las modernas técnicas de Reproducción Asistida cada vez han entrado más en la controversia bioética, desde las decisiones sobre la vida o la muerte embrionaria a los diagnósticos preimplantacionales y sus consecuencias, pasando por la selección de sexos, etc... Pero las cuestiones que más polvareda han levantado y más 'síndrome de Frankenstein' han creado son (quizás influenciadas por la obra de Aldous Huxley "Un mundo feliz" del año 1932) la clonación y el uso o manipulación de células madre, sin olvidarnos de las graves desviaciones de estas técnicas como serían la creación de quimeras, la partenogénesis o la ectogénesis. Curiosamente el cine ha tratado estos temas tan serios y de tanta actualidad de muy diversas formas: como una comedia en la horrible "Mis dobles, mi mujer y yo" (1996) donde Michael Keaton aparece multiplicado, como una aventura donde Arnold Schwarzenegger es duplicado por error en "El sexto día" (2000), o de forma algo más terrorífica en la película de Robert de Niro "El enviado" (2004). Ninguna de las 3 merecen la pena....

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"He intentado en vano conseguir de Frankenstein los detalles de la creación de su monstruo. Pero en este punto se ha mostrado impenetrable.

- ¿Está usted loco, amigo mío? - me ha preguntado -. ¿Se deja llevar por su insensata curiosidad? ¿También quiere crear para el mundo otro demonio como aquel? Tome ejemplo de mis angustias y no trate de aumentar las suyas"...

Tomado de la novela original.

1 comentario:

Blog A dijo...

Tanto la primera parte como la segunda, muy interesante y mucha información, curioso lo de los huevos, voy a probar en casa .. :D mejor no. Casi siempre la ciencia lleva ventaja y los debates éticos no tienen desperdicio.
Lo que queda claro es que parece que nos movemos en las mismas ideas desde el principio de los tiempos y en culturas diferentes.
A mi frankesteín siempre me parecio un personaje más tierno que terrorífico, en mi recuerdo infantil y de las películas claro, me parecía un ser solitario que buscaba amor y que la falta de ello le convierte en un monstruo.
Gracias por tu visita.