Mostrando entradas con la etiqueta Zona Fantasma: Javier Marías.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Zona Fantasma: Javier Marías.. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de noviembre de 2010

Puritanismos primitivos. 28/11/2010

Tal vez lo más grave y lamentable de los actuales puritanismos de derechas e izquierdas sea lo que tienen de regresión al primitivismo, y esto se percibe con especial claridad en la manera de entender y juzgar las ficciones por parte de cada vez más gente, y de lo más variada. Puede que todo comenzara hace ya bastantes años, cuando, primero en los países anglosajones y después en el imitativo resto, se criticaron, pusieron en tela de juicio y finalmente censuraron muchos cuentos infantiles tradicionales. Unos daban miedo a los niños, argüían los puritanos, como si el miedo no existiera en la vida y a los críos no les conviniera aprenderlo vicariamente, a través de los personajes con los que se identificaban, y sin peligro real para ellos, sino sólo imaginario; otros contenían elementos eróticos que debían desterrarse; otros no eran lo bastante respetuosos con los animales, empezando por el pobre Lobo Feroz; otros daban una imagen de la mujer “inadecuada” y “poco acorde” con nuestros tiempos, como si ya no hubiera mujeres que sólo aspiran a encontrar marido (nos guste o no, aún las hay) o lo escrito en remotas épocas hubiera tenido la obligación de prever evoluciones inimaginables en el momento de su creación. De ahí se pasó a cuestionar la “moralidad” o “corrección” de obras adultas, y, desde ese punto de vista “edificante” –idéntico al que la Iglesia adoptó durante siglos para dar o negar su placet a los libros y prohibirlos o no–, casi ninguna estaba libre de delito: El mercader de Venecia resultaba antisemita, en el Quijote había demasiadas violencia y crueldad, los protagonistas de Macbeth eran un matrimonio asesino, Tristram Shandy y Moll Flanders contenían picardías sin fin, Madame Bovary presentaba a una idiota que sólo pensaba en el amor, Lolita mostraba el enamoramiento de un hombre maduro y una preadolescente. A estos puritanos les habría gustado verlas desaparecer, que no se volvieran a reimprimir.

A continuación ciertos colectivos y minorías se pusieron quisquillosos hasta extremos grotescos de elementalidad: si en una novela o en una película había un asesino gay, los homosexuales más tiquismiquis lo interpretaban como un ataque global a su opción; si los malvados eran negros, o coreanos, o árabes, se veía en ello una actitud racista, como si no pudiera haber algunos negros, coreanos o árabes con muy malas pulgas. Todo esto denota, más que nada, una manera en verdad primitiva de entender la ficción y el arte en general, a saber: como si éstos fueran meros vehículos de ideas o de ideologías, como si encerraran siempre moralejas y ejemplos, como si cada elemento existente en ellos fuera simbólico y poseyera un significado trasladable a la realidad, como si las novelas y las películas fueran parábolas en las que por fuerza hubiera un mensaje o una lección. El colmo de este puritanismo reaccionario son las ocasionales declaraciones de cargos públicos que se atreven a decir cómo deberían ser, por ejemplo, las series de televisión, esto es, qué valores deberían reflejar o ensalzar, qué “roles” (la palabra no es mía, por favor) deberían atribuirse a la mujer, de qué “problemática” (tampoco palabra mía, jamás) deberían ocuparse. Esas voces son eco de una visión del mundo tan simplista como dictatorial: la imaginación debería estar al servicio de la sociedad deseada; el arte debería ser propagandístico y favorecer los valores que nosotros propugnamos. Son ecos (por suerte débiles) de la Inquisición, del nazismo y del stalinismo, por mencionar tres instituciones con las que estamos familiarizados. Quiénes sean “nosotros” resulta enteramente secundario.

Leo, en crónica de Lucia Magi, que la última novela de Umberto Eco, Il cimitero di Praga, está siendo acusada en este tipo de términos. No la he leído, pero en todo caso es cómico encontrarse, a estas alturas, con reproches como los que la cronista citaba, de L’Osservatore Romano (no podía faltar): “Cuando se evoca el mal, es necesario enfrentarlo al bien, para que sirva de contraste. La reconstrucción del mal sin condena, sin héroes positivos, adquiere una apariencia de voyeurismo amoral”. No dejaría de ser una opinión pintoresca sin importancia si fuera la única. Pero las reconvenciones a la novela de Eco han partido de diferentes instancias, y todas ellas, en principio, reflejan la extendidísima confusión de la que vengo hablando, esa regresión al primitivismo. ¿No había quedado como algo de tiempos lejanos, felizmente superados, la idea de que las artes hubieran de tener un componente “moral” y “edificante”? Más de una vez he dicho que las novelas, precisamente las novelas, son lo contrario de los juicios. En éstos se dirimen unos hechos y nada más que unos hechos; no se atiende (o apenas) a lo que pasó antes, ni a la historia, la psicología o los motivos del reo, que suelen resultar irrelevantes; se juzga conforme a unas leyes establecidas, que determinan qué es delito y qué no; finalmente, se condena o se absuelve. En una novela es al revés: no hay leyes establecidas que valgan, ni ha lugar a condenas ni a absoluciones; se asiste a los hechos y a su condensación, se muestran y explican, a veces se entienden (lo cual tampoco significa que se justifiquen ni exculpen), se ve cómo han podido ocurrir. Y sólo los malos novelistas carecen de cierto “voyeurismo amoral” y se aplican a juzgar a sus personajes como si estuvieran en un tribunal. Sólo los rudimentarios, los justicieros, los predicadores, los que se han equivocado de profesión.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de Noviembre de 2010

lunes, 15 de noviembre de 2010

Zonas fantasma atrasadas...

14/11/2.010.- "Suerte que no votamos mañana".

No saben bien Zapatero, su Gobierno y su partido lo irritados y hartos que tienen a muchos electores que se consideran más o menos de izquierdas o que en todo caso jamás votarían por una derecha como la española: furibunda, beata, corrupta (es corrupto quien no destituye y sí defiende a los presuntos pero muy probables corruptos), difamadora por sistema y en exceso reminiscente de la franquista. El hartazgo y la irritación de los izquierdistas hacia el PSOE no son sólo debidos a la reciente reforma laboral del Gobierno y al incumplimiento de sus promesas. También tiene que ver con su nulo entendimiento de lo que son las libertades individuales y aun la democracia, con su afán regulador y prohibicionista, con su puritanismo o mojigatería dignos de monjas, con la simpleza –cuando no abierta idiotez– de muchos de sus representantes, sobre todo ministros; con su soez usurpación del antiguo socialismo, con sus torpezas y rectificaciones, con su injustificado optimismo, rayano en el iluminismo, ante los problemas más acuciantes y graves. Si, como se prevé, numerosos votantes de izquierda se quedan en casa o depositan un papel en blanco en las próximas elecciones generales de 2012, y también en las municipales y autonómicas del ya cercano mayo (o de este mes en Cataluña), no será sólo por la situación económica, sino por lo que acabo de enumerar. La opción de Izquierda Unida y similares se antoja disparatada, por su entendimiento aún menor de las libertades y de la propia democracia.

El gran problema aparece cuando esos votantes reacios se paran a pensar en el día siguiente a las elecciones. Tal como está conformada la política española, el único otro partido que puede gobernar, y además con mayoría absoluta, es el PP. Antes de que lo hiciera por primera vez, en 1996, había comprensibles dudas y temores respecto a lo que era capaz de hacer en el poder. Después de ocho años de haberlo ejercido (1996-2004), ya sabemos cómo se las gasta. Uno siempre espera que la gente pueda cambiar, o que sea sustituida por otra más civilizada, pero este no es el caso del PP, a cuyo frente está un individuo que formó parte de los Gobiernos de Aznar, en cargos bien prominentes. Es chistoso que esta derecha haya calificado el nuevo nombramiento de Rubalcaba como “vuelta al pasado”, cuando Rajoy no es ni siquiera eso, sino la permanencia en él pura.

Desde que empezó la crisis económica, el PP ha evitado decir cómo la combatiría, y se ha cuidado de revelar cuáles serían sus medidas y recortes, seguramente porque, al lado de la que ellos harían, la reforma laboral de Zapatero parecería un favor a los trabajadores. Hace unas semanas Rajoy abrió por fin la boca –muy poco–, y lo único que fue capaz de anunciar es –oh sorpresa– que privatizaría; es decir, que vendería a particulares lo que se ha construido a lo largo de décadas con el dinero de todos los españoles. En concreto, explicó, los servicios postales, los trenes, los puertos y los aeropuertos. No he leído apenas comentarios a estas inquietantes declaraciones. Tomemos el caso de los trenes. ¿Podría explicar Rajoy los motivos para entregar la Renfe a una empresa privada? ¿Para que funcionara mejor? Es imposible. Los trenes, y sobre todo los AVEs, son una de las escasísimas cosas que van a la perfección en España. Salen y llegan puntuales, el servicio es excelente, son cómodos y rápidos, algo caros pero no demasiado, y van a tope casi siempre. Su éxito es indiscutible. ¿Entonces? ¿Se trataría acaso de privatizarlos para sacar más dinero y enriquecer a algún amigo? Recordemos el caso de Telefónica durante el Gobierno de Aznar. Algo costeado por todos pasó de pronto a manos privadas, encarnadas por las de un sujeto llamado Juan Villalonga del que sólo se sabía que había sido compañero de pupitre del entonces Presidente. Hoy ese señor ya no está al frente de Telefónica –medio que ha perdido hasta el nombre–, y lo único que ahora sabemos de él es que vive fuera de España la mayor parte del tiempo, se casa con ex-modelos y es multimillonario.

Margaret Thatcher llevó a cabo la privatización de la red ferroviaria británica, que pasó de ser una de las mejores del mundo a ser un completo desastre: no sólo en lo referente al funcionamiento, sino que –no sé si se acuerdan– proliferaron los accidentes mortales de manera alarmante. En los Estados Unidos, donde el ferrocarril unió al país, la privatización supuso que ese medio de locomoción dejara de existir prácticamente. Algo parecido ha sucedido en algunos países sudamericanos, en los que no hay modo de desplazarse utilizando la vía férrea. Si Rajoy quiere vender los trenes, que como servicio público son casi inmejorables, pueden imaginarse qué más vendería. ¿La Seguridad Social? ¿El Museo del Prado? Nada estaría a salvo. La Sanidad madrileña, según aseguran todos los médicos que conozco (y no son precisamente de izquierdas), ha sido destruida por la política “liberalizadora” de Esperanza Aguirre. La privatización de lo común, no se engañen, suele significar, para los ciudadanos que con su contribución han erigido instituciones valiosas y que deben ser deficitarias si no hay más remedio –pues a todos benefician–, pagar mucho más por ellas y obtener peor servicio, o su supresión a veces. Si esto es lo que el PP se atreve a anunciar, figúrense cómo será el resto de lo que no osa decir y se calla. En verdad estamos entre la espada y la pared, y esta vez es en serio. ¿Pared? ¿Espada? Menos mal que las elecciones no son mañana.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de noviembre de 2010



*_*_*
7/11/2.010.- "viajamos entre eternidades".


Los comentaristas que aspiran a estar a la última hablan y no paran, desde hace unos años, de las series de televisión, afirmando, entre otros ditirambos, que en ellas está el mejor cine actual, el más adulto y el más complejo. Reconozco que pocas películas estrenadas en salas me han captado la atención como Los Soprano, Hermanos de sangre, El ala oeste de la Casa Blanca, Deadwood y Mad Men. En cambio no he conseguido adentrarme en la celebradísima The Wire, cuyos primeros episodios me resultaron convencionales; en cuanto a la idolatrada Perdidos, me pareció cualquier cosa menos adulta y compleja, y más bien facilona y arbitraria. Ese prestigio de las series, sin embargo, no ha alcanzado a los largometrajes hechos para la televisión, cuando en la década que termina he visto dos magistrales y cuya factura nada tenía que envidiar a la de las películas “de cine”. Sólo se diferenciaban de éstas, quizá, en su duración (unas tres horas o más) y en el hecho de que, al haber pasado en seguida al DVD, no he leído críticas sobre ellos, ni entrevistas con sus responsables, ni han gozado de promoción, ni el público en general se ha enterado de su existencia. Raro destino el de obras maestras que pasan inadvertidas, hasta para los comentaristas más modernos y sagaces.
Una de esas películas televisivas es de 2002, y supuso el adiós del director John Frankenheimer, a quien debemos dos de las mejores cintas de política-ficción de la historia, Siete días de mayo y El mensajero del miedo o The Manchurian Candidate (ojo, la versión antigua con Frank Sinatra y Laurence Harvey, no la nueva ridícula con Denzel Washington), así como El hombre de Alcatraz. Esta obra final suya se tituló Camino a la guerra o Path to War, y es un apasionante recorrido por la presidencia de Lyndon Johnson, el hombre gris que sustituyó a Kennedy, y su progresiva implicación en la Guerra de Vietnam, con Michael Gambon como el Presidente y Alec Baldwin y Donald Sutherland secundándolo en sendas interpretaciones inolvidables. Debería verla todo aquel al que le interese el cine político en su subgénero “Casa Blanca”, y también el cine en general.

Pero más bien quería hablar de la otra película televisiva, que descubrí en 2006 y hace unos días he vuelto a ver … dónde si no en el DVD: que yo sepa, ese magnífico film no se ha exhibido nunca en pantalla grande. Ahora que se ruedan pocos westerns, para nostalgia mía y de muchos, y los que se ruedan no suelen ser gran cosa desde hace decenios (ni siquiera me entusiasma la premiadísima Sin perdón, de Eastwood), esta desconocida Broken Trail, titulada Los protectores en el DVD puesto a la venta en España, dirigida por Walter Hill y protagonizada por Robert Duvall, me parece uno de los mejores que jamás se hayan hecho, casi a la altura de algunos de John Ford, Howard Hawks y Anthony Mann. En él, Duvall y su sobrino conducen una manada de caballos hasta Wyoming, y en su recorrido, como en cualquier novela o película itinerante desde el Quijote, se van encontrando con gente diversa. El encuentro más importante es el de cinco jóvenes chinas, alguna casi niña, todas vírgenes, recién llegadas y que no hablan inglés, destinadas a ser vendidas como prostitutas. Tras una serie de vicisitudes, Duvall, su sobrino y el vaquero violinista que los acompaña se sienten impelidos a hacerse cargo de ellas y a incorporarlas a su viaje, con los consiguientes retrasos y complicaciones. La relación que se va estableciendo entre los vaqueros y las jóvenes chinas, con las que apenas pueden entenderse, es una de las más delicadas que he visto en mucho tiempo, sin el menor subrayado ni la menor caída en el sentimentalismo, no digamos en la sensiblería. Otro tanto sucede con la no-relación entre el ya viejo Duvall y una puta madura (Greta Scacchi) de la que también han de ocuparse, así como de un señor chino entrado en años. Sin apenas darse cuenta, todos ellos van formando una extraña familia poco habladora, en la que el personaje de Duvall –ese personaje admirable llamado Print Ritter– acaba por ejercer, sin ánimo de protagonismo, sin ínfulas de héroe y con naturalidad, de bondadoso pater. Bondadoso sin exagerar: es bien capaz de tranquilizar la conciencia de su sobrino tras haber éste ahorcado a un hombre con sus propias manos, o de cargarse a uno de aquellos individuos que vendían a los indios mantas infectadas de enfermedades a fin de exterminarlos mejor. Nada en esta obra maestra del western está exagerado ni es deliberadamente truculento, como pasa hoy a menudo. Hay las dosis justas de violencia, aventura, peligro, lirismo contenido y emoción. También hay asombrosas escenas de quietud, y entre éstas una conversación junto a un río, entre Duvall y Greta Scacchi, que no puede por menos de recordar al cinéfilo aquella otra famosa conversación junto a un río entre James Stewart y Richard Widmark, en Dos cabalgan juntos de Ford. Broken Trail o Los protectores es una de esas raras películas, más que nunca hoy en día, en la que todos sus personajes caen bien. Son gente sencilla y sensata, con principios, sobria y con humor, en absoluto empalagosa, que ve la vida como “un viaje entre las eternidades”, según expresa Duvall en las oraciones fúnebres que le toca pronunciar. O que, como también dice en un momento determinado, “Nosotros no buscamos salvar a unas orientales y a una puta con la nariz rota. Simplemente ocurrió. A veces uno tiene que tirar adelante con lo que le pongan en el camino; nada más, ¿no?”

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de noviembre de 2010


*_*_*

31/10/2.010.- "Cosas de la crisis que no entiendo"

A) Por lo que veo, no son pocas las empresas que, a cuenta de la crisis, han reducido su personal al mínimo. Un solo individuo se encarga de todos los repartos de una mensajería. En un supermercado una sola mujer atiende el puesto de charcutería y hay una sola cajera, aunque existan varias cajas. Los clientes, sin embargo, son los mismos de siempre; el nivel de envíos y de ventas no ha bajado. Los empresarios han encontrado un pretexto para adelgazar sus plantillas y hacer trabajar más, mucho más, a los escasos empleados que conservan, que se pasan el día echando el bofe y aguantando las iras de los clientes, los cuales se ven obligados a hacer largas colas y a perder una hora en lo que antes los ocupaba quince minutos. Es evidente que hacen falta más trabajadores, pero los dueños de estos negocios han decidido sobreexplotar y aterrorizar a los contados supervivientes y así incrementar sus ganancias. Les trae sin cuidado que éstos se deslomen innecesariamente (lo cual es una larga tradición del empresariado español, salvo excepciones), pero también que su clientela esté mal atendida. ¿Cómo va a bajar el paro si no se contrata a gente, allí donde no sólo no sobra, sino que es precisa? Los empresarios suelen aducir que ellos han de ser los más protegidos, porque crean riqueza y puestos de trabajo. En estos momentos, y en demasiados casos, esto ha pasado a ser una falacia. Sólo crean riqueza para sí mismos: lo único a que no están dispuestos es a ver menguar sus beneficios. Que los vean disminuidos los otros, los empleados, los parados y los clientes.

B) El Presidente de la patronal, el calamitoso y grosero Díaz Ferrán, lo ha expresado con claridad al dar su fórmula para salir de la crisis: “Trabajar más y cobrar menos”. Es obvio que se refería tan sólo a la gente común, a los asalariados, y no a los de su gremio. Desde luego ha predicado con el ejemplo en lo referente a sus propias empresas, salvo en un detalle: los empleados de Viajes Marsans o de Air Comet, por ejemplo, ya no cobran nada, en efecto, porque se han ido al paro; el detalle es que no trabajan más a cambio, sino nada, por la misma razón: están en la calle. No entiendo cómo ese calamitoso todavía se atreve a decir esta boca es mía ni a recomendar nada a nadie.

C) Estas actitudes están en consonancia con las de los ricos de otros lugares: según ha contado Paul Krugman, Premio Nobel de Economía, en los Estados Unidos quienes están de verdad iracundos no son los trabajadores ni los desempleados, ni quienes han perdido sus viviendas al no poder pagar sus hipotecas, sino los muy adinerados que desencadenaron la crisis y recibieron ayudas estatales –es decir, del conjunto de la población–, al ver que a cambio de eso se abogaba por una limitación temporal de sus bonus, y que Obama sugería el término de los recortes de impuestos con que los benefició Bush Jr. En el colmo de la obscenidad, los multimillonarios lloriquean y se llenan de autocompasión (“La gente no sabe a qué gastos nos obliga nuestro tren de vida”), reclaman el “derecho a conservar nuestro dinero” (nadie va a quitárselo: se entiende “nuestro dineral intacto y sin merma”) y vociferan contra Obama, al que comparan con Hitler. No entiendo que tanta desfachatez se consienta y no se castigue.

D) Zapatero ha gestionado fatal la crisis y ha acabado por tomar medidas impopulares cuando ya era tarde. Intentó evitarse el descontento de la gente y al final lo ha padecido por duplicado. Además, se colgó medallas anunciando ayudas que no ha otorgado, como las que aprobó para que los jóvenes dispusieran de vivienda y se emanciparan: la mayoría de esos jóvenes se embarcaron en alquileres y aún están esperando a ver un solo euro de los 200 mensuales prometidos por persona, hasta que cumplieran treinta años. Ahora bien, creer que la culpa de la magnitud de la crisis en España es suya, y que será el PP el que nos saque de ella, viene a ser como pensar que serán las empresas contaminantes las que salvarán el planeta. Si en nuestro país la situación es peor que en ningún otro europeo (salvo Grecia), y el paro dobla la media del de la Unión, es debido a la monumental burbuja inmobiliaria propiciada por el Gobierno de Aznar y alentada por todos los autonómicos en manos de ese partido: Madrid, Castilla-León, Valencia, Murcia. Y no olviden que entre sus filas Díaz Ferrán es un ídolo.

E) En medio de la penuria, los festejos organizados por los Ayuntamientos no hacen sino proliferar, y todos cuestan dinero: no hay ciudad ni día en que no se celebre alguna costosa chorrada: festivales de música incesantes, maratones en pleno centro, “mejillonadas”, teatro callejero y cuanto se les ocurra. Serán para distraer al parado y entorpecer a los que aún trabajan. Para disminuir la productividad, que es excesiva.

F) España es, después de Italia, el país con mayor número (cantidades absolutas, no proporcionales; es decir, hay más que en Rusia o los Estados Unidos) de coches oficiales, extranjeros en su mayoría. Aquí dispone de uno hasta el último conserje de una alcaldía. Quisiera que me lo explicaran.

G) Oigo decir a un periodista económico que en Andalucía son 36.000 los teléfonos móviles a cuenta de la Junta, esto es, cuyas facturas paga la ciudadanía. Si el gasto mensual de un móvil puede ser fácilmente de 50 euros, sólo por este concepto, y en una sola autonomía, estaríamos apoquinando 1.800.000 euros al mes, es decir más de 21 millones al año. Total, tantas veces, para que el asesor de un concejal le pregunte por su salud a su señora suegra.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de octubre de 2010

*_*_*
24/10/2.010.-"El acoso del razonamiento".

Hasta hace no mucho tiempo, existía una tradición inviolable, y lo que quiero decir con este exagerado adjetivo es que por supuesto podía violarse, pero quien lo hacía quedaba inmediatamente expuesto al descrédito y privado de razón. Esa tradición atañía a la discusión, ya se diera en el ámbito privado, ya en el público. Si alguien afirmaba algo en el transcurso de una cena o de una tertulia, y un interlocutor se lo rebatía con argumentos, el primero estaba obligado a refutar a su vez y a aportar nuevas razones que sustentaran lo que había afirmado y desbarataran las esgrimidas por el segundo. Si no encontraba esos nuevos argumentos, o éstos carecían de peso y no resultaban convincentes –no ya para el adversario, sino para los presentes, que en cierto modo ejercían de árbitros, aunque sólo fuera con murmullos de aprobación o desaprobación–, sus aseveraciones iniciales debían ser retiradas o matizadas, o quedaban lo bastante desautorizadas para diluirse: en todo caso no prevalecían. Le suponía aún mayor desdoro irse por las ramas y evitar la confrontación, lo que hoy se llama –con expresión pedestre– “echar balones fuera”: cambiar de tema e intentar desviar la atención del aprieto en que se hubiera metido. Y la peor de todas las reacciones, la que más lo desprestigiaba y jamás se consentía, era no contestar nada, callar, fingir que lo aducido por su contrincante no había existido ni por tanto necesitaba réplica. Dentro de esa tradición se inscribía el viejo dicho “El que calla, otorga”, esto es, el que mira hacia otro lado y se pone a silbar, el que se hace el distraído y no se da por aludido tras una interpelación directa, está concediendo la razón al otro, está reconociendo su arbitrariedad o su equivocación. Y eso vinculaba, quiero decir que ese individuo ya no podía volver a la carga y seguir afirmando lo que había sido incapaz de demostrar o defender; quedaba desarbolado, y, cada vez que insistiera en sus opiniones carentes de base y de sostén, se le recordaría la argumentación que no pudo combatir.

Esta vieja tradición dialéctica, fundamental para la convivencia, ha saltado por los aires. Los políticos actuales no habrían sobrevivido a un solo rifirrafe de estas características hace veinte años, no digamos hace cincuenta. A ninguno se le habría tolerado –o no sin un monumental descrédito para él– hacer caso omiso de las preguntas de los periodistas, de las opiniones fundadas de los columnistas, de las argumentaciones de sus adversarios. No habría sido de recibo que contestaran “Eso hoy no toca”, o “Qué buen tiempo hace”, o “Lo único que importa es que somos lo mejor para España” ante una pregunta directa o en medio de una discusión. Se los habría llamado de inmediato al orden: “Oiga, no me ha respondido”, o “No ha refutado lo que le he dicho”; y si se hubieran empeñado en seguir rehuyendo la cuestión, nadie les hubiera aceptado que volvieran a hablar, al menos no de esa cuestión. Esta actitud de los políticos no sólo se consiente y no les trae consecuencias, sino que además ha contagiado al resto de la sociedad. Lo habitual es hoy que, si alguien aduce o argumenta algo con suficiente convicción y el interpelado no sabe oponer resistencia, éste finja no haber oído, o es más, finja que nadie ha oído, que las palabras que lo incomodan no han sido pronunciadas o escritas, no han existido. A veces, como mucho, las despacha con ese comodín ridículo de “Esa es su opinión”, como si las opiniones ajenas no nos afectaran y no debieran ser refutadas o contrarrestadas por la propia, eso sí, con argumentos. Hoy es posible asistir a este diálogo: “El sol sale por oriente”. “Ah, esa es su opinión”.

Lo más grave de esta actitud generalizada, y admitida por los espectadores o árbitros, es que pronto, muy pronto, los que se molestan en razonar desistirán de ello, en vista de su inutilidad. Y eso es lo que en el fondo anhelan los políticos y cuantos no soportan disensión ni discrepancia alguna. Hace unos meses leí que ya se había producido un abandono: Félix de Azúa, uno de los mejores argumentadores de nuestro país, anunció que dejaba sus colaboraciones en El Periódico de Catalunya ante la imposibilidad no ya de convencer a nadie de nada, sino ante la evidencia de que sus columnas eran leídas como quien lee llover (no pude ver ese texto suyo, pero sí algunos comentarios sobre él). ¿Cuánto van a durar deslomándose, dándose con la cabeza contra una pared o contra el vacío, los que aún aspiran a tener razón –y, por tanto, a que se les dé– y se preocupan de demostrar que la tienen mientras otro no se la quite con las mismas armas dialécticas de buena ley? ¿Cuánto más durarán sin hartarse los Savater, Ferlosio, Ramoneda, Juliá o Gómez Pin, por mencionar a unos pocos articulistas de este diario, si lo único que obtienen son ladridos en el mejor de los casos y oídos sordos en el peor? ¿Si los gobernantes o los contrincantes no se dan por aludidos aunque hayan sido señalados con el dedo, y no van a sentirse obligados a responder ni a rectificar, y la ciudadanía en pleno se lo consiente? A este paso llegará un día en el que las cabezas pensantes habrán sido anuladas por el agotamiento, el hastío, el desaliento que esta situación produce. Y entonces estaremos aún más desahuciados: aunque ahora no haya respuestas ni reacción, y sólo “balones fuera”, los argumentos todavía existen, y los lectores-árbitros disponemos de ellos. Lo malo de veras será cuando a nadie le compense el esfuerzo, y nadie lleve la contraria a los vacuos que –ellos sí, impertérritos– seguirán hablando, e imponiendo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de octubre de 2010

domingo, 26 de septiembre de 2010

Medrados estamos. 26 /09/ 2010.

Ya ven el mundo ridículo y vulnerable que incomprensiblemente se ha construido y al que estamos condenados quién sabe hasta cuándo. Escribo esto el 11 de septiembre, nueve años después del atentado contra las Torres Gemelas y el Pentágono, así que el asunto les sonará ya a viejo y ojalá esté casi olvidado, aunque me temo que esto último no podrá ser. Un imbécil de una población de Florida, Gainesville, pastor de una congregación minúscula de la que nadie había oído hablar fuera de allí, amenazó con celebrar el aniversario de la catástrofe con una quema de ejemplares del Corán junto a su vacía iglesia, como quien dice en el patio de su casa o en su salón. Da escalofríos pensar en manos de qué estrategas se encuentra el ejército más poderoso de la tierra al ver que al Comandante de sus fuerzas en la peliaguda Afganistán, General Petraeus –hombre de prestigio y recientemente nombrado para la misión en sustitución de otro que lo hacía peor–, como si no tuviera suficientes quebraderos de cabeza en ese país, no se le ocurrió nada mejor que ocuparse del pastor pirómano pueblerino ante una cámara, y expresar su preocupación por las nefastas y seguras consecuencias de su plan. A partir de ahí, nos hemos familiarizado todos con el capullo Terry Jones, un tipo con revólver al cinto y un bigote grotesco, convertido en celebridad universal.

A esta hora parece que lo han convencido de renunciar a su incendiaria kermés, pero para ello han hecho falta no sólo la atención de todos los medios de comunicación durante días, sino las apelaciones y admoniciones de Obama, Hillary Clinton, el Pentágono, el FBI, la ONU, la OTAN, la Unión Europea, el Papa y todas las autoridades musulmanas imaginables, eclesiásticas y laicas. Como si todas esas personas y organismos, al igual que el metepatas Petraeus, no tuvieran otra cosa que hacer ni más problemas que resolver. Como al pastor idiota lo ampara la primera enmienda de la Constitución americana, que protege la libertad de expresión, dentro de la cual se enmarca la quema de Coranes o de lo que le apetezca a usted, la única manera de impedirle llevar su iniciativa a efecto era rogarle, argumentarle, persuadirlo, a lo cual se han dedicado con todas sus energías los mencionados prebostes e instituciones.

Luego, claro, están los otros. Si el asunto resultaba tan grave era porque no ya los terroristas islamistas, sino demasiados musulmanes corrientes, amenazaban con una catarata de atentados, altercados y asaltos, no contra el pastor cretino y sus cincuenta fieles, sino contra todo lo “occidental”. No sé si el Corán dice algo al respecto –mis lecturas no suelen incluir obras pías–, pero en nuestra zona del mundo solía considerarse inadmisible que “pagaran justos por pecadores”, según la expresión antigua, y, antes que eso sucediera, se renunciaba a veces a castigar a los ofensores para no causar daño a inocentes. Es obvio que la estrategia terrorista va precisamente contra este escrúpulo. Si alguien de una nacionalidad, una raza, una religión, hace algo que no cae bien, inmediatamente son juzgados culpables todos los de esa nacionalidad, raza o religión, a todos se los puede perseguir y asesinar. Pero si muchos musulmanes normales, en modo alguno terroristas, también creen en la colectivización de la culpa, comprenderán que no hay mucho que hacer. En este caso concreto, pocos han tenido en cuenta que los dirigentes americanos y europeos condenaban la anunciada acción del pastor memo. La protesta y las amenazas se hacían extensibles a todos los occidentales sin excepción: hoy ya ha habido un muerto debido a ellas, en un intento de asalto, en Afganistán, a tropas… alemanas, que ya me dirán qué tienen que ver con Florida.

Hace pocos años nadie se habría enterado de la proyectada quema, en Gainesville como en Habichuela del Tremendillo. Hace tan sólo dos, de hecho, otro reverendo de parecido jaez, con iglesia en Topeka, Kansas, prendió fuego a un Corán en una calle de Washington. No lo supo nadie, como es natural, y nada pasó. Ahora el eco planetario de la estupidez del pastor estúpido significa que quedamos a merced de las ocurrencias de cualquier descerebrado en cualquier punto del globo. Lo que carecía de trascendencia, o simplemente era ignorado, puede desatar una crisis gravísima que requiera la mediación de todos, desde el Presidente de los Estados Unidos hasta San Juan Crisóstomo. Insisto: como si no hubiera más que hacer. Y en todo caso el mal ya es irreversible; aunque el pastor obtuso no haya encendido al final su cerilla, no les quepa duda de que, tras tamaña repercusión, le saldrán imitadores de debajo de las piedras. Su idea ya está esparcida y sembrada en las mentes de los infinitos tontos que, mamarrachada que ven, mamarrachada que copian con devoción. Quizá no sea él, pero serán otros los que quemarán Coranes aquí o allá. Y bastará con que un alto cargo avise públicamente de la hoguera que se prepara en Tempranillo de la Francachela, para que todos los medios, como borregos, difundan los terribles propósitos de sus veintidós vecinos y las más altas jerarquías se movilicen para implorarles que no los lleven a cabo, aunque sea en el patio de su casa o en su salón-comedor. Como dice mi amigo inglés Eric Southworth, cuyo excelente español proviene en buena medida de sus lecturas de clásicos: “Medrados estamos”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de septiembre de 2010

No gubernamentales a ratos. 19 /09/ 2010.

Lejos de mi intención criticar a las ONGs en general y a las personas de buena fe que a menudo las integran o les aportan fondos (entre estas últimas me cuento, aunque con cada vez menor confianza, lo que me ha hecho darme de baja en algunas de ellas). Su labor suele ser muy meritoria, y la ayuda que prestan no se ve menoscabada, cuando es eficaz y no contraproducente, porque haya entre sus miembros individuos que, más que preocuparse de veras por las calamidades e injusticias del mundo, parecen buscar sentido a sus insatisfactorias vidas y complacerse en su propia imagen combativa y solidaria, o incluso no pocos –sobre todo actores, cantantes, escritores, quienes tienen necesidad de construirse un “personaje público” lucido y rentable– que no desaprovechan ocasión de darse autobombo en compañía de los desventurados de turno y siempre llevan cámaras cerca que atestigüen y aventen su “compromiso” con cualquier causa que les adorne la biografía. Que haya quienes saquen partido a su defensa de los oprimidos, a su denuncia de los agravios, a su nutrición de los hambrientos, es una “mácula colateral” que con frecuencia hace sospechar de la espontaneidad y generosidad de los activistas, pero que en modo alguno invalida el conjunto de su tarea.

Últimamente, sin embargo, da la impresión de que el número de esos aprovechados aumenta. El eco mediático embriaga y ofusca a cualquiera, y es sabido que quien lo obtiene puede hacerse adicto a él y querer más cada vez. Algunas ONGs españolas que han saltado a la prensa por padecimientos que ojalá no hubieran sufrido, parecen haber perdido la perspectiva de lo que es útil para aquellos a quienes pretenden socorrer, y haberse ensimismado en una especie de narcisismo. Da la sensación de que ya no les importa tanto lo que puedan aportar cuanto el reflejo que les devuelva el espejo de su popularidad. Es de celebrar que los cooperantes de Acció Solidària secuestrados por la rama magrebí de Al Qaeda hayan regresado por fin salvos y casi sanos, aunque ello haya costado la excarcelación de algún terrorista y el pago de un rescate elevado a cargo del Estado español. Se ha comprobado que sus “caravanas de ayuda”, enviadas seguramente con la mejor intención, pueden traer más perjuicios que beneficios, desde luego para todos nosotros –y para los cautivos no digamos–, pero también para los destinatarios de dicha ayuda. Se ha comprobado que no todo lo que se nos ocurre es factible. Lo que resulta incomprensible es que esa misma Acció Solidària anuncia ahora que no se va a arredrar y que planea ya el flete de su próxima caravana –ojo con el narcisismo– no tanto para insistir en su apoyo a los necesitados cuanto como “homenaje” a los cooperantes maltratados. Uno se pregunta por qué no los homenajean en Barcelona, ya que han logrado volver allí, sin ponerse en peligro de nuevo, quizá volver a ser secuestrados –ojalá no sea así– e involucrar en su drama al Gobierno y a todo el país.

Otro tanto sucede con la docena de activistas del Observatorio para los Derechos Humanos en el Sáhara Occidental que fueron molidos a palos cuando se manifestaban contra Marruecos en El Aaiún, bien por la policía de allí, como aseguran ellos, bien por ciudadanos bestias a los que no gustó su actitud. Hay demasiada gente en España que, a la manera de los nuevos ricos, cree que puede ir a cualquier lado y hacer allí lo que le dé la gana como si estuviera en nuestro territorio. Si bajo la dictadura de Franco hubiera venido un grupo de franceses o noruegos a manifestarse contra el régimen en suelo español, es seguro que los grises o los muchísimos franquistas bestias que pululaban por aquí los hubieran hostiado, y que luego se les hubiera caído el pelo en la Dirección General de Seguridad. Lo mismo les ocurriría a esos activistas canarios si se plantaran hoy en Pekín y gritaran contra la dictadura china, o en La Habana contra la de Castro, o en Guinea contra la de Obiang, o en Caracas contra la de Chávez o en Moscú contra la pseudodemocracia de Putin y Medvédev, no digamos en Teherán contra la de Ahmadineyad. Hay cosas que, simplemente, uno sabe que no es posible hacer, y menos gratis y sin consecuencias; es preciso tener un mínimo sentido de la realidad. Pues bien, los miembros de ese Observatorio, lejos de haberse empapado a golpes de esa limitadora realidad, preparan ahora una “flotilla de la Independencia” para desembarcar a lo grande en el puerto de El Aaiún y volverse a manifestar. Están en su derecho y su causa es justa, allá ellos. Pero lo que resulta desfachatado y contradictorio es que la tal “flotilla” pida escolta y protección al Gobierno español. El abuso de las siglas nos hace olvidar a veces lo que éstas significan, y ONG quiere decir Organización NO GUBERNAMENTAL, y bien que todas ellas se han enorgullecido de esa N. ¿Cómo es, entonces, que esas Organizaciones NO GUBERNAMENTALES recurren a los Gobiernos cada vez que hay un problema, capturan a sus cooperantes o brean a sus manifestantes? Deberían ser coherentes. No es aceptable que hagan caso omiso de los Gobiernos cuando se trata de su proselitismo y su publicidad y que se pongan bajo el ala de aquéllos cuando les vienen mal dadas. Las ONGs son muy libres de meterse en cuantas bocas del lobo se les antoje, pero sería menester que, a partir de ahora y de una vez, lo hicieran por cuenta suya y sólo suya, sin pedir luego a los Gobiernos que tanto desprecian que les saquen las castañas del fuego.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de septiembre de 2010

Muy buena!

viernes, 10 de septiembre de 2010

No prometéis nada bueno. 5 /09/ 2010.

Ya sé que es sólo un juego de verano sin mayor importancia, pero no he podido por menos de mirarme con atención las listas que publicó este dominical en agosto con las cien películas y los cien actores que “cambiaron la vida” de cien profesionales hispanoamericanos del cine. También sé que todos, cuando se nos piden estas selecciones imposibles, tendemos a ser excéntricos, porque si no, no nos divertimos; nos encanta poner alguna película (o libro, o lo que sea) que en modo alguno juzgamos entre las mejores pero por la que tenemos debilidad, o bien intentamos salirnos un poco de la aburrida ortodoxia y resultar originales, dementes o escandalosos en alguna elección.

Pero en estas votaciones “hispanoamericanas” –la verdad es que la mayoría de los participantes eran españoles sin más– ha habido un elemento en verdad preocupante, a mi parecer, y es el desaforado nacionalismo o chauvinismo o patrioterismo que desprendían, no ya rayano en el ridículo, sino del todo inmerso en él. La supremacía del cine estadounidense ha sido clara, como correspondía. El resto del planeta, sin embargo, y si no he contado mal, se repartía los puestos de honor de la siguiente manera: entre las cien películas de la historia había siete italianas (con apoteosis del sobrevalorado y mal envejecido Fellini y ninguna de Rossellini, dicho sea de paso), cuatro suecas (todas de Bergman), cuatro británicas (una dirigida por un francés, Renoir, y otra por un mediocre llamado Anthony Harvey), tres japonesas, tres cabalmente francesas, dos más o menos alemanas (ninguna de Fritz Lang, por cierto), dos de cineastas daneses… ¡y dieciséis españolas o de directores españoles –es decir, de Buñuel–! Para mí ha sido una revelación: según estos patrioteros o quizá gremialistas individuos votantes, el cine hecho por españoles es, con diferencia, el más memorable del globo después del norteamericano. Y no es sólo eso: entre las primeras veinte películas, figuraban nada menos que cinco españolas o de Buñuel. Visto lo cual no entiendo, la verdad, cómo es que nuestra filmografía no es universalmente conocida, cómo es que en todos los países no se han disputado el concurso de nuestros directores y actores, o cómo es que fuera de aquí casi nadie sabe quién es Berlanga, cuyo El verdugo es muy buena, sí, pero no creo que en ningún otro sitio esté considerada la cuarta película de la historia del cine, cincuenta puestos por delante –es un ejemplo– de la más “impresionante” de John Ford. Tampoco me parece probable que haya muchos extranjeros dispuestos a suscribir que La niña de tus ojos, de Trueba, deja más huella que Dublineses, de Huston, por mencionar un caso sangrante. O que Los santos inocentes empequeñece a Vértigo, Ser o no ser, Con la muerte en los talones, El Gatopardo, y aventaja años luz a Sed de mal, El río y Centauros del desierto. Si me preguntan, no lo creo.

En cuanto a la lista de actores, más de lo mismo: entre los cien intérpretes que más han “marcado” a los votantes, nada menos que dieciséis españoles, gente, como se sabe, nacida para actuar. Fernán-Gómez es mucho más admirable que James Stewart y Charles Laughton; López Vázquez, Luis Tosar, Rabal y Carmen Maura están muy por encima de John Wayne, Bogart, Caine, Marilyn Monroe, Orson Welles y Audrey Hepburn, cómo me va usted a comparar; y no digamos de Gary Cooper, Robert Mitchum y Henry Fonda, esos tres no les llegan ni a la suela del zapato; Ángela Molina conmueve más que Sordi, Gabin y Clark Gable; y Javier Cámara, Rosa María Sardá y Juan Diego les dan unas cuantas vueltas a Marlene Dietrich, Buster Keaton y William Holden. Y todos, absolutamente todos –y quién sabe cuántos españoles más– miran con desprecio, desde sus alturas, a aquel infeliz de Burt Lancaster, que ni siquiera figuraba entre los cien elegidos. Es una opinión personal, pero, aunque sólo hubiera hecho El Gatopardo en su vida, Lancaster ya merecería estar no entre los cien, sino entre los diez intérpretes de la historia.

Cuestión de gustos. Lo preocupante, lo llamativo, es esto: los profesionales de nuestro cine, ¿a quién pretenden engañar? ¿Qué pretenden al votarse entre sí y a la raquítica industria nacional? ¿Tal vez convencer al Ministerio de Cultura de que esa industria es añeja y sólida y ha dado más obras maestras que la de cualquier otro país a lo largo de un siglo (los Estados Unidos aparte), y que por ello hay que cuidarla, favorecerla y subvencionarla? ¿Tal vez convencer de lo mismo a los lectores, para que vayan a ver cine nacional? Si así fuera (y no el mero pataleo acomplejado de “semoh loh mejoreh”), hay algo en lo que no han reparado: si nuestros cineastas tienen una ignorancia supina y desconocen a Ophuls, Rossellini, Lang, Renoir, Preminger, Griffith y tantos más de los que no destacaban una sola cinta; si su gusto es tan dudoso como para considerar El día de la bestia –lo siento, es un ejemplo– más memorable que Perdición, La diligencia, El hombre que mató a Liberty Valance, El hombre tranquilo y Johnny Guitar; si además juzgan que la ridícula y cursi Bailar en la oscuridad, de Von Trier, merece estar entre las cien películas que “cambiaron su vida”, ¿qué aficionado con dos dedos de frente y una mínima formación cinematográfica va a ir a ver las creaciones de estos individuos? Francamente, queridos, así no prometéis nada bueno.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de septiembre de 2010.


Salvo por lo de Bailar en la oscuridad, de acuerdo completamente.


martes, 31 de agosto de 2010

Me estallará la cara. 29 /08/ 2010.

Uno de los mayores inconvenientes de cumplir años, que rara vez se menciona, es la creciente vergüenza que uno va pasando. Le cabe siempre la duda de si la culpa es suya, por no saber adaptarse a los nuevos usos y tiempos, o si lo es de éstos, es decir, si los que le ha tocado vivir en su edad madura son particularmente grotescos y zafios. En modo alguno descarto la primera posibilidad, pero, sea como sea, me voy dando cuenta de que cada vez soporto menos ver la televisión y leer la prensa, lo cual es grave para quien, por mor de estos artículos (ya ven qué antiguo: ¿quién emplea hoy esa expresión? Y aún es más, ¿cuántos la entienden?), no tiene más remedio que estar al tanto de lo que ocurre. La televisión y la prensa carecen de culpa, claro está, sólo son los mensajeros; o, bueno, quizá sí tienen alguna, en la medida en que indefectiblemente dan cancha y se ocupan de todas las sandeces imaginables. A menudo me pregunto cómo es que sus responsables no se plantan nunca ante la enésima iniciativa idiota -concebidas casi todas precisamente para conseguir “eco mediático”- y dicen: “Esto es una majadería y no tiene cabida como noticia; es más, es una trampa que se nos tiende, no caigamos en ella: nos ahorraremos unas cuantas si sus fautores comprueban que no siempre bailamos a su son ni les hacemos caso”. (Ya sé, ya sé: “fautores”.)

Lo cierto es que, con o sin trampa, cada vez padezco más vergüenza, y, al paso que vamos, no quiero ni imaginar mi grado de sonrojo si vivo otros veinticinco o más años. Huelga hablar de la que me provocan nuestros políticos, en quienes no se sabe qué admirar más, si las memeces y desfachateces que la mayoría suelta de continuo o el lenguaje estropajoso, casi inarticulado, que emplea para soltarlas. Esa vergüenza ya se da por descontada: uno no puede pretender que sean más listos o decentes de lo que son, pero no estaría de más que, antes de lanzarse a vomitar declaraciones, recibieran unas pocas lecciones de sintaxis, gramática y dicción castellanas. Lo peor no es eso, sino lo que se muestra en las noticias “inocuas”. Veo que en un pueblo aragonés la plaza va a llenarse por primera vez en años porque en no sé qué espectáculo innominado -no una digna y codificada corrida- va a medirse con los mozos un vetusto toro llamado Ratón, cuyo mérito estriba en haberse cargado a un hombre en una anterior charlotada. Aparecen babeantes vecinos, entre ellos alguna joven descerebrada que a punto del éxtasis exclama: “¡Ay, estoy loquita, loquita por verlo!” A los pocos días me entero de que Plácido Domingo ha actuado en una ópera en el Teatro Real de Madrid, y de que el público de ese lugar en teoría educado no se ha limitado a aplaudirlo durante más de veinte minutos, sin duda en busca de algún estúpido récord, sino que ha coronado su ovación cantándole “Campeones, oé, oé” desde el patio de butacas. No sé qué me produjo mayor vergüenza, si eso o el propio Domingo dando verónicas con su manto en el escenario. Por las mismas fechas veo la ascensión al Tourmalet durante el Tour de Francia, y estoy a punto de apagar la televisión, sin enterarme del desenlace, por no soportar la contemplación de la caterva de oligos que impiden avanzar a Contador y Schleck, o bien ansían derribarlos: unos van disfrazados de bandera, otros de Batman o de Superratón, otros van casi desnudos, buena parte son vejetes y una parte aún mayor son unos gordos que hacen bambolearse al sprint sus deprimentes carnes (claro está, sprints muy breves).

Pocos días después me dan vergüenza las colas -de hasta siete mil personas por achicharrante jornada- que se forman en la Puerta del Sol para hacerse una foto junto a la Copa del Mundo de fútbol, o su réplica. Pero no es menor la que me ocasiona la aparición de cinco actrices que “interpretan” no sé qué obra clásica en el Teatro de Mérida, recitando todo el texto al unísono y haciendo aspavientos pueriles, como si fuera una función de colegio. A continuación se me enseña a un montón de individuos que, para reclamar más carriles bici, han decidido montarse en las suyas y recorrer las calles… desnudos. No sólo no veo la necesidad, no sólo son unos copiones (la gente hoy se desnuda para protestar contra cualquier cosa o para que la fotografíe en masa un farsante), sino que me da enorme grima figurarme los sillines tras la passeggiata pedaleante. Más tarde se presenta en Marbella o por ahí Michelle Obama, y lo que me causa indescriptible bochorno no es ya la actitud hortera, aldeana, agobiante e innoble de la multitud que la persigue por donde quiera que vaya y que le vocea “¡Eh, Michel!” como si fuera una vecina suya de toda la vida, sino los codazos entre políticos y empresarios indignos para hacerse una miserable foto a su lado, la pasta que pagan para poder decir que han “compartido” cena con ella, sus disputas sobre la pedanía que pisan los pies consortes presidenciales, y, sobre todo, el comportamiento de nuestros medios: he visto abrir las noticias de TVE y otras cadenas con esas imágenes peronistas o franquistas, las mismas que han ilustrado las portadas de periódicos supuestamente no folklóricos. Insisto: seguramente la culpa sea mía y sólo mía, por educado a la antigua, pero no veo posible aguantar veinticinco o más años con un permanente rubor en las mejillas, y en aumento. A este paso, no se me caerá: me estallará la cara.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de agosto de 2010

lunes, 2 de agosto de 2010

Para eso somos el Gobierno, idiota. 01/ 08/ 2010.

No sé qué pélicula era. No me quedé a verla, tenía mala pinta, cambié pronto de canal. La acción parecía situada en los años sesenta. Vi esta escena, sin embargo: una reunión ministerial británica; un subordinado se dirige al ministro, interpretado por Kenneth Branagh, y, hablando no sé de quiénes, le dice: “El problema, señor, es que no están en la ilegalidad, de momento”. A lo que Branagh responde con caricaturesco cinismo: “Para eso somos el Gobierno, idiota: si algo no nos gusta, cambiamos una ley y lo convertimos en ilegal”.

Ya digo que el tono era caricaturesco, pero lamentablemente la afirmación de Branagh es de lo más realista en la actualidad, en muchos países y también en el nuestro. Desde luego es Italia el que se lleva la palma, allí las leyes se cambian continuamente en beneficio personal de Berlusconi, y, dado que ese individuo parece haber delinquido lo suyo –varios de sus más estrechos colaboradores están ya condenados, y si él se ha librado es sólo por cuestiones de inmunidad o de prescripción–, no sólo se modifican para ilegalizar lo legal, sino también a la inversa según su conveniencia, es decir, para legalizar ciertos crímenes y así exonerarlos de ellos, a él y a sus próximos, por la vía rápida.

En España no se ha llegado aún a tanto, pero se está en camino, y sobre todo hay una creciente tendencia, preocupantemente compartida por buena parte de la sociedad, a prohibir o intentar prohibir lo que no le gusta a cada cual y a meterse en todo lo habido y por haber, algo propio de los sistemas totalitarios, que por eso se llaman así: el Estado interviene en todo, lo regula todo, lo que es de su competencia y lo que no; dicta normas sin cesar, se inmiscuye en las instituciones civiles, trata de controlarlas, lo mismo que la cultura, la lengua, la manera de pensar, el tipo de vida de los ciudadanos y sus decisiones más personales. Hace poco el Gobierno catalán ha decidido obligar a los padres adoptivos a comunicar a sus hijos que no son vástagos biológicos suyos antes de que cumplan los doce años. No se ha limitado a recomendarlo, sino que lo ha exigido, tratándose como se trata de una cuestión opinable y variable según los casos. No deseo insistir más sobre la ley antitabaco, pero es obvio que el Gobierno de Zapatero dio cierta libertad de elección a los bares y restaurantes siempre y cuando –como se comprueba ahora– hicieran uso de ella a gusto de ese Gobierno; y, como no ha sido así, se los priva de aquella falsa libertad y se les impone el criterio del Ministerio de Sanidad. El PP quiere que se prohíban el burka y el niqab en la calle, así como el aborto, las bodas homosexuales y no sé cuántas cosas más. En varios sitios se propugna la supresión de las corridas, y así cada uno con lo que le desagrada o molesta o juzga “inmoral”.

Hay quienes piensan que es sólo una cortina de humo, como las doscientas mil que lanza al año Berlusconi para que la gente se ocupe de tonterías y no se centre en lo principal. Puede ser. Pero hay cortinas de humo que no deben pasarse por alto por lo que delatan o implican, y una de éstas es el anuncio de Zapatero en el debate de la nación: “Mientras sigan existiendo anuncios de contactos se estará contribuyendo a la normalización de esta actividad; por ello, estos anuncios deben eliminarse. Los anuncios de publicidad de la prostitución deben eliminarse”. Por dos veces utilizó ese peligroso verbo con connotaciones tremendas, tanto mafiosas como nazis. Pero, más allá del detalle, uno se pregunta si Zapatero –y la inspiradora de la intención, la Ministra de Igualdad– tienen la menor idea de lo que es un sistema de libertades, o si se han olvidado de que la censura es un delito en España. Si el pretexto es que hay muchas personas forzadas a ejercer la prostitución, hay que recordarles que se debe perseguir con dureza a los que las obligan, pero no a quienes la ejercen por su voluntad o preferencia, que también las hay. De acuerdo con ese pretexto, ¿qué sería lo siguiente que Zapatero y Aído “eliminarían”? ¿Las películas porno, pues a nadie le consta que cuantos intervienen en ellas lo hagan con plena libertad? ¿Las revistas con desnudos, por la misma razón? Me temo que, en algunos aspectos, Zapatero y Aído habrían sido felices durante el franquismo: estaba prohibida esa publicidad que desean suprimir, por supuesto el cine porno y los desnudos; hasta los escotes eran cortados o tapados en las películas. Sólo desde un puritanismo monjil –por mucho que ahora lo disfracen de “defensa de la dignidad de la mujer”– se puede considerar que quien ejerce la prostitución por elección está más explotado o es más indigno que quien friega suelos o se pasa doce horas subido a un andamio o baja a la mina a envenenarse los pulmones o aspira a diario el hedor de las basuras. ¿Se creen Zapatero y Aído que los encargados de esas tareas las desempeñan por gusto? No, lo hacen por pobreza y necesidad, y quizá prefieren eso –qué remedio– a otras cosas aún peores. Exactamente lo mismo que las prostitutas, algunas de las cuales prefieren alquilar su sexo –que no “venderlo”– antes que alquilar su espalda en la recogida de la fresa o sus manos en tantos menesteres hediondos o peligrosos. Jamás me detengo a leer una línea de los anuncios de contactos, luego personalmente me trae sin cuidado que existan o no. Pero si son “eliminados” por ley, no podré por menos de verlo como un pésimo síntoma de autoritarismo, intolerancia, censura, nacionalcatolicismo encubierto y totalitarismo. Zapatero y Aído sabrán.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de agosto de 2010

martes, 15 de junio de 2010

Cuento de la poderosa con bombas. 13 /06/ 2010.

Cuando ustedes lean esto estará a punto de terminar la Feria del Libro, pero cuando yo lo escribo todavía no ha comenzado, y lo único que deseo, para las sesiones de firmas, es que se parezcan más a las de la primera vez que acudí, hace nada menos que treinta y nueve años, cuando aún no había cumplido los veinte, que a las de las últimas temporadas. En un aspecto, ha de entenderse: hace casi cuatro décadas firmé muy pocos ejemplares, a parientes y amistades que tuvieron la compasión de pasarse por la caseta, y la verdad es que resulta embarazoso y triste estar ahí metido, mano sobre mano, sin saber cómo poner cara airosa ante la escasez de compradores. El aspecto al que me refiero tiene más que ver con los modales y actitudes de algunos solicitantes de firmas, aunque no se me escapa que cuantos más haya de éstos, más probabilidades hay de encontrarse con alguno exigente, arbitrario o grosero. Así que, seguramente, en ningún caso deba quejarme, vaya lo uno por lo otro.

Pero no deja de ser cierto que, lo mismo que en otros ámbitos de nuestra vida pública, se percibe una crispación más frecuente, una agresividad en ocasiones. Lectores caprichosos los ha habido siempre, y en anteriores columnas he contado cómo se me ha pedido que, en lugar de dedicar un libro mío (para lo único que en principio estoy facultado y a lo único que estoy dispuesto), estampara mi firma en un volumen de algún clásico por mí admirado -Stevenson o Conrad, Dumas o Shakespeare- o de un escritor amigo. Sin ir más lejos, en el reciente Sant Jordi no me atreví a negarme a dedicar ejemplares de las memorias de mi padre, de Pomponio Flato de Mendoza y de El asedio de Pérez-Reverte. Tampoco tuve inconveniente en emborronar, con rotulador indeleble, un soporte de e-book que su propietaria maldecirá en el futuro, al ver ahí siempre el mismo nombre, independientemente de lo que esté leyendo en el cacharro, hasta que lo sustituya por otro más perfeccionado, dentro de seis o doce meses, supongo. Este tipo de antojos resulta más o menos aceptable, otros ya no lo son tanto, sobre todo cuando van acompañados de mala idea y malos modos.

Ya relaté aquí hace tiempo cómo, en otro Sant Jordi, una mujer me hizo llegar una rosa con un papel enrollado a su tallo, el cual contenía una sarta de insultos que la dadivosa se quedó a ver cómo yo leía, con gran satisfacción, imagino. El año pasado, en Madrid, se acercó otra mujer, de aspecto “poderoso”: bien vestida (en cuanto al precio de las prendas, no en el sentido en que ella creía), relativamente joven, no mal parecida (aunque tampoco tan bien como ella creía). Me dio a firmarle una novela mía, y así lo hice. A continuación sacó del bolso otro tomo muy gordo y me dijo: “Quiero que también me firmes este”. Miré el lomo y vi que era una edición de la Biblia. Me excusé: “Lo siento, pero sólo dedico las obras con las que he tenido que ver, sea como autor, traductor o incluso editor, aunque esto último no me gusta”. “Ah, ¿y estás seguro de que no tienes que ver con esta? Yo creo que sí”, insistió. “Completamente. Ya me habría complacido escribir algunos fragmentos, o haber presenciado ciertos episodios que aquí se refieren. Pero créame que no he tenido arte ni parte”. “¿Ni siquiera para atentar contra ella?” Empecé a olerme por dónde iban los tiros. “No me parece que esté en mano de nadie atentar contra libro tan perdurable”, respondí. Apartó su tocho y sacó de su bolso una cajita poco más grande que una de fósforos, venía con premeditación, preparada y pertrechada. “Entonces quiero que me firmes esto”. Me la acerqué a la vista y leí en su tapa: “Bombas fétidas”. Hay que mantener la calma, en la Feria uno es casi un dependiente. “Pues lo lamento, pero tampoco he tenido que ver con la manufactura de esto. Ya le he dicho que sólo firmo aquello de lo que soy responsable”. “Pues tú tiras una bomba fétida cada semana”. Deduje que se refería a esta columna, y hay que aceptar todas las críticas. “Puede, según el olfato. Pero ya le digo que no he tenido parte en la confección de esta cajita”. Entonces plantó sobre la pila de mis libros la cerveza que llevaba en la mano, se acodó, impidiendo el acceso a las personas que aguardaban, y declaró: “Pues yo no me muevo de aquí hasta que me hayas firmado la caja y la Biblia“. “Hágase a la idea de dormir aquí”, le contesté con irritación ya mal disimulada, “porque no voy a hacer lo que a usted se le antoje”.

Al cabo de un rato, entre el paciente librero, Javier, de Aviraneta, y unos seguratas que aparecieron al percatarse del escándalo que la poderosa montaba, apartaron a ésta con suavidad de la primera fila. Ya a cierta distancia, mientras atendía a otros lectores, vi cómo intervenían también unos municipales que le pidieron el carnet, y me alcanzó algún que otro exabrupto de ella: “¡A mí, a mí me piden el carnet, y no a ese señor”, y me señalaba, “que es un incendiario!” Cuando me fui, hora y pico más tarde, la poderosa seguía todavía allí, dando voces. Por lo menos no arrojó sus bombas fétidas en el Retiro. Confiemos en que no haya aparecido este año, aún mejor pertrechada. Tal y como andan los ánimos, en este país cada exposición pública se puede convertir ya en leve riesgo. Hasta para los escritores. Mientras sólo sea olfativo…

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de junio de 2010

domingo, 6 de junio de 2010

Simulacros e impostores. 6 /06/ 2010.

Quienes entienden poco de fútbol aseguran que se puede disfrutar un encuentro sólo por el buen juego, sin tomar partido por ningún contendiente. Nada me parece más improbable. Cuando se enfrentan dos equipos que en verdad me son indiferentes; cuando me trae sin cuidado cuál gane y además no logro que las circunstancias ni los elementos extradeportivos me lleven a preferir la victoria de ninguno, acabo por aburrirme, así nos brinden grandes goles y combinaciones. Por fortuna eso no me ocurre apenas: casi siempre hay algo, aunque sea sólo un detalle, que me hace inclinarme por uno de los contrincantes. Está a punto de comenzar el Mundial de Sudáfrica, y en esos torneos puede uno vérselas y deseárselas para decidir si quiere que venzan Chile u Honduras, Costa de Marfil o Corea del Norte, Paraguay o Nueva Zelanda. Tiene que recurrir a cosas nimias: he estado una vez en Chile, Corea del Norte es una dictadura brutal, uno de mis maestros era neozelandés de nacimiento, da lo mismo. Una vez que uno resuelve apoyar a alguien, la diversión es mayor, está asegurada.

Más arduo es el asunto cuando lo que uno quisiera es que perdieran los dos rivales, cuando ambos le caen como un tiro. Es lo que me sucedió hace dos semanas durante la Final de la Copa de Europa (me niego a llamarla esa pavada de Champions League), entre el Bayern Múnich y el Inter de Milán. Como madridista veterano, a los dos les tenía antipatía: con el Bayern hay una larga lista de agravios, en forma de derrotas, alguna humillación incluida, y de broncas e incidentes, si bien uno de los más sonados fue culpa de aquel jugador del Madrid que más parecía del Atlético y que a menudo nos avergonzaba a los merengues fetén, Juanito Gómez. En cuanto al Inter, para los de antigua memoria es imposible olvidar el disgusto que nos dio en la niñez, cuando hundió por 3-1 al Madrid en la Final europea de 1964, con la agravante de que aquel partido determinó la salida de Di Stéfano, el mejor futbolista de la historia y nuestro ídolo de entonces. Los dos entrenadores me parecen odiosos, Van Gaal y Mourinho, sólo uno más podría hacerles sombra en el terreno de lo desagradable, Ferguson, del Manchester United. Son bordes y engreídos y poco elegantes, y el juego de sus equipos suele ser feo y soporífero, algo que en modo alguno compensa su ocasional eficacia. Como cuando escribo esto se cernía la amenaza de que Mourinho fuese fichado por el Madrid –ay, me temo que ya se haya consumado–, intenté pensar qué era mejor para la evitación de esa catástrofe, que a muchos madridistas nos obligaría a replantearnos la fidelidad al color blanco. Tampoco esa consideración me ayudó: si el Inter perdía, quizá el Madrid juzgase que Mourinho no era infalible y echase marcha atrás en su decisión de contratarlo; pero si el Inter ganaba, era posible que el club milanés hiciera lo indecible por retenerlo, y que el propio entrenador sintiera la tentación de defender, la temporada próxima, el título conquistado en esta, para demostrar que no había sido azaroso.

Estaba tan aburrido durante el primer cuarto de hora, con tanta neutralidad negativa, que me dediqué a contar cuántos jugadores alemanes había en el Bayern, cuántos italianos en el Inter y cuántos extranjeros en cada uno. Y fue así como encontré a mi “favorito”. El Bayern alineaba a cinco alemanes y a seis extranjeros; el Inter, a once de estos últimos y a ni un solo italiano. Un equipo de Milán, entre cuyas viejas glorias había magníficos futbolistas como Facchetti, Mazzola y Burgnich. ¿Qué sentido tenía? De aquellos once extranjeros, además, ocho ni siquiera eran europeos… y se estaba ventilando la Copa de Europa: cuatro argentinos, tres brasileños y un camerunés en sus filas. Y aún es más, en su plantilla, por lo que yo sé, solamente hay tres italianos: el portero Toldo, el negro Balotelli, al que muchos de sus compatriotas racistas niegan la nacionalidad, y el veteranísimo y sucísimo defensa Materazzi, el mismo que insultó gravemente a Zidane en la Final del Mundial de 2006 y que recibió de éste un merecido cabezazo. A partir de aquel instante ya no tuve duda, pese a Van Gaal y a las muchas afrentas sufridas por el Madrid a sus manos o a sus pies: iría con el Bayern, sin vuelta de hoja. Quién me iba a decir que acabaría apoyando a una de nuestras “bestias negras”.

Hay un tipo de público joven, a buen seguro, al que le resulta indiferente la procedencia de los jugadores que representan a su equipo y a su ciudad, en consecuencia. Pero los clubs de fútbol son eso, de las ciudades, y en origen se trataba de dilucidar los de cuál eran mejores. Este deporte es un espectáculo y mueve mucho dinero, y los grandes y los pequeños equipos fichan a quienes contribuyen a la obtención de victorias, así ha sido siempre. Pero con una base imprescindible, si no de la ciudad cuyo nombre llevan, al menos sí del país al que pertenecen. Seré anticuado, pero no conseguiría verle la gracia a que el Real Madrid ganase títulos con una alineación de sudamericanos, como la de este simulacro de Inter desnaturalizado, en la que no figuraran un Casillas, un Guti, un Raúl, un Albiol, un Arbeloa, un Granero o un Ramos. Si aterriza Mourinho en nuestro equipo, nadie nos asegura que no vayamos a ver un domingo tras otro, vestidos de blanco, a once mozos impostores del sertón y de la pampa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de junio de 2010

martes, 18 de mayo de 2010

"Las amigas de buen corazón" y "Que no se acabe la rabia" 16 y 23 /05/ 2010.

Hace meses mencioné aquí de pasada a “las amigas de buen corazón”. No sé muy bien cómo, a lo largo de mi vida me he rodeado de mujeres así, una cuestión de suerte o de prudencia, aunque también haya habido excepciones y las haya pagado caras durante breve tiempo: las que lo tenían duro, o eran avasalladoras o engreídas o viperinas, o ventajistas, no han durado mucho en mi cercanía. Más de una vez me he parado a pensar que, curiosamente, casi todas mis buenas amigas tenían lo siguiente en común: habían perdido de niñas al padre o a la madre, les había tocado una infancia algo anómala. Algunas, incluso, podrían haber encontrado motivos para el resentimiento o la autocompasión, y sin embargo no es así: también guardan en común ser extremadamente inteligentes, alegres y generosas, propensas a la risa y con un punto de candidez, de tal manera que se adivina en ellas aún, fácilmente –no se adivina; en realidad se ve–, a las niñas que fueron. No es que jueguen a ser pueriles, claro está –ese es un tipo de coquetería más bien estomagante que se detecta en no pocas de su sexo–, sino que no lo pueden o saben evitar. Todas me han contado anécdotas de su niñez. Las cuentan riéndose de sí mismas, de su ingenuidad infantil, sin darse cuenta de que hay alguna que delata su forma de ser actual, y en la que ya reconozco a la persona que he conocido en su edad adulta. No han cambiado en absoluto, y basta con escuchar esa anécdota para saber cómo son y cómo seguirán siendo, probablemente, hasta el fin de sus benditos días.

L no es que perdiera a su madre, es que nunca la tuvo. Ésta se separó del padre al poco de nacer ella y no quiso saber de ninguno de los dos, por lo que L creció junto a un hombre joven, donjuanesco y jovial, que, por causa de su trabajo, pasaba largas temporadas en el extranjero. La niña y el padre se adoraban, pero a menudo a distancia: de hecho L se recuerda a sí misma esperando su aparición la mitad del tiempo, y la otra mitad en la fiesta permanente de su compañía. Así que se ocupaban de ella con frecuencia unos amigos casados y con hijos. Con uno de éstos solía ir un rato a un parque a la salida del colegio. Ella tenía bici y el niño no, así que se la prestaba. Pero el niño remoloneaba a la hora de devolverla: “Yo no tengo, y tú la tienes todos los días”. A ella le daba pena y además se sentía agradecida a sus padres, de modo que se pasaba todo el rato sin montar, esperando a que el aprovechado se la cediera una vez al menos. Éste sólo lo hacía cuando ya anochecía y había que volver a casa. L casi nunca pudo dar una vuelta en su propia bici. Como no tenía hermanos, se inventaba sus juegos, pero descubrió que unos vecinos poseían un fuerte. Entusiasta de las películas del Oeste, se presentaba en la casa con sus soldaditos en la confianza de que la dejaran meterlos también en él. Los vecinos no se lo permitían, pero ella no se arredraba: colocaba a su caballería en disposición de asaltarlo. Los niños le ponían reparos: “Eso no puede ser, son soldados y no van a atacar a sus compañeros”. A partir de entonces L pidió a su padre que le regalara siempre indios, para poder asaltar aquel fuerte sin cortapisas.

A tenía un hermano mayor y él disponía de un cañoncito, que no le permitía tocar. Ella deseaba tanto disparar con el cañoncito que aceptaba el siguiente abuso de su hermano: “Si me buscas y recoges la bala cada vez que dispare, al final te dejaré tirar una vez”. La niña, obediente y confiada, así lo hacía. Sin embargo, cuando llegaba su turno arduamente ganado, el hermano se marchaba y ni siquiera se quedaba a ver cómo ella efectuaba su tiro. Sin testigos, ella metía la bala y lanzaba, sin ilusión, su único, triste y solitario disparo.

B perdió a su madre a los nueve años y el padre se consoló pronto y no se ocupaba mucho de ella. La dejaba a menudo con tíos, abuelos y amistades variadas que no siempre la acogían de muy buen grado. Ella tuvo siempre la sensación de estar de prestado en esos sitios y de poder molestar, y sabía que antes o después debería marcharse. El único lugar del que sentía que no podían echarla era la ficción. Se metía bajo una mesa, en su propia casa o en las ajenas, y desde allí veía todas las películas de televisión o leía con fervor sus novelas y cuentos, esos espacios sí eran suyos, plenamente. Cuando voy al cine con ella, aún la veo metida bajo esa mesa, con cara feliz.

A P se le murió el padre a los doce años. Ella, su hermana menor y su madre pasaron a vivir con el padre de ésta, su abuelo, un hombre despótico que con alguna maña se apropió del negocio de su yerno muerto y se dedicó a tratarlas como a cenicientas. Un personaje dickensiano, de los negativos. Al ser su madre débil y P la mayor, le tocó batallar contra el abuelo tiránico, frenar sus abusos y hasta evitar la expulsión de las tres. Cuando venían visitas se escondía detrás de una puerta y no salía durante largo rato. Con todo lo sociable que es, a veces la veo todavía ahí.

He dicho que estas amigas tienen buen corazón, son inteligentes, risueñas y generosas. Se me olvidó añadir que todas ellas poseen un fuerte sentido de la justicia, o aún es más, de esa palabra olvidada y que a casi nadie importa hoy, pero que es la que sigue haciendo que el mundo sea tolerable y que no todo parezca perdido: un fuerte sentido de la rectitud.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de mayo de 2010

______________________________________

Siento repetirlo de nuevo y sobre todo por mí, ya que cada vez se toleran menos las opiniones discrepantes de las tendencias globales: una de las costumbres o modas que me parecen más inútiles y nocivas es la de pedir perdón por las cosas que uno no ha hecho, con la agravante, además, de que no está uno facultado para ello. Hay en esta práctica un elemento de masoquismo y otro de engreimiento, aunque parezcan propensiones contradictorias. Por un lado, los actuales gobernantes o representantes de una institución se flagelan y se disculpan por las atrocidades o equivocaciones que cometieron, a veces en tiempos remotos, quienes rigieron los comportamientos de sus respectivos países o instituciones, y con las que ellos no han tenido nada que ver. Por otro, se arrogan absurdamente la capacidad para enmendarles la plana a sus predecesores muertos, como si no sólo se heredaran las culpas –no es así, por suerte–, sino también la posibilidad de expiarlas y de compensar los daños causados. Los daños infligidos por Hitler o por Stalin, por Franco o por Mao, por las diferentes Iglesias o religiones, por el Imperio Británico o por el Romano, por los esclavistas o por los numerosos tiranos de la historia, no pueden compensarse jamás a quienes los sufrieron, que, como sus verdugos, hace ya tiempo que desaparecieron de la faz del mundo. Dar “consuelo” a sus “herederos” –a veces directos y aún vivos, pero a veces traidísimos por los pelos o imaginarios– no deja de ser una falacia bienintencionada y hueca que en la mayoría de ocasiones sólo tiene como fin halagar el narcisismo de quienes no han sido víctimas pero disfrutan sintiéndoselo. Nada parece complacer tanto a las poblaciones actuales como la autocompasión y el victimismo. Quizá no hay tampoco nada tan rentable. Formar o sentirse parte de una minoría o mayoría oprimidas parece ser el mayor timbre de gloria a que se puede aspirar hoy en la tierra. Aunque uno haya tenido la fortuna de vivir en una época en la que los de su nacionalidad, raza o sexo ya no han sido oprimidos por nadie.

Lo cierto es que cada dos por tres un dirigente alemán se disculpa por los campos de concentración, clausurados cuando él era aún un niño; un Papa del siglo XX presenta sus respetos a Galileo, que murió en 1642; los políticos sudamericanos, con apellidos inequívocamente españoles como Chávez o Morales, exigen en castellano que el Rey Juan Carlos se dé golpes en el pecho por lo que en ultramar hicieron, en el siglo XVI, Colón, Cortés o Pizarro; los rusos se excusan ante Polonia, mientras el Japón se niega a hacerlo ante la China y Turquía ante Armenia, pese a las reiteradas peticiones de los bisnietos de los masacrados. Supongo que es cuestión de tiempo que surjan descendientes de espartanos exigiendo compensaciones a los iraníes por las Termópilas, o europeos y africanos de todas partes pidiéndole a Berlusconi que se arranque sus nuevos pelos y se rasgue sus ropas de marca en arrepentimiento por las fechorías de los emperadores romanos.

Lo que pasó pasó, y no hay quien lo rectifique ni lo repare ni enmiende. Lo que otros hicieron no lo hemos hecho nosotros, y no somos quiénes para excusarnos por los actos no cometidos. Creer lo contrario es de una soberbia infinita, y sin embargo hoy lo parece creer el mundo entero. No hay manera de resarcir a los damnificados, que yacen en sus tumbas y de nada se enteran. El tiempo –es inconcebible que se finja ahora ignorarlo– “ni vuelve ni tropieza”, por decirlo con Quevedo. Otra cosa es que se sepa lo que ocurrió, algo en verdad necesario. Para eso están los libros de Historia, y también las leyendas, las novelas y las películas, todo ello contribuye a que los crímenes no caigan en el olvido. Pero esto no parece bastar a los narcisistas contemporáneos, cuya última pretensión es que, además, se procese a los muertos, a quienes ya no pueden responder ni avergonzarse ni padecer castigo. Como si no hubiera suficientes casos que juzgar, con los responsables vivos y a menudo impunes, se pretende con cada vez más frecuencia que se abran causas contra cadáveres. No hablemos de nuestro país; en Rusia, tras la reciente condena “política” de Stalin por parte del Presidente Medvédev, que lo consideró “culpable de crímenes imperdonables contra su pueblo” y calificó su régimen –oh novedad– de “totalitario”, hay voces que no se conforman y que exigen también “una condena jurídica”. Insisto en preguntarme: ¿contra cadáveres? A los grandes criminales muertos ni les va ni les viene lo que se diga o se haga en un mundo al que no pertenecen desde hace tiempo. Tiene sentido juzgar a un criminal nazi mientras esté vivo y libre, por anciano que sea, pero no una vez que ya no alienta, no una vez que no va a escuchar su sentencia ni a cumplir su pena. Lo que se logra con todas estas actitudes justicieras inútiles, con estos brindis al sol, con esta simbólica persecución de los asesinos que por desgracia escaparon a la justicia humana –y me temo que no hay otra–, es transmitir indefinidamente las culpas más execrables. Como si en una época de descreimiento general de lo perdurable, se estuviera convencido de que justamente los crímenes son lo único eterno y que se reencarna ad infinitum. O como si las poblaciones actuales hubieran decidido desmentir el viejo dicho que de tanto sirvió, “Muerto el perro, se acabó la rabia”, y ya no supieran vivir sin esa postiza rabia.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de mayo de 2010

jueves, 13 de mayo de 2010

Cuento de Carolina y Mendonça. 9 /05/ 2010.

Los lectores con memoria recordarán el modesto cuento del señorín y la bailarina londinenses que separé el pasado noviembre y que luego me costó reunir. Compré la figura del primero en una tienda de antigüedades de Cecil Court. El dueño, Mr Sullivan, quizá acuciado por la crisis, estuvo dispuesto a que me llevara sólo una pieza de la pareja, la que me hacía más gracia. Luego, ya de regreso en Madrid, me entró un absurdo y pueril cargo de conciencia: había permitido viajar al señorín, cuyo bigote lo asemejaba un poco a Eduardo Mendoza, buen amigo y mejor escritor, y había dejado sola a la joven, acumulando polvo y soledad en el establecimiento. Pedí a Mr Sullivan que me la mandara también, pero pasaba el tiempo y no la recibía. Llegué a pensar que tal vez, lejos de echarse de menos, estaban hartos el uno del otro y que más valía no insistir en juntarlos de nuevo. Como conté en un post-scriptum, a los cuatro días de abandonar toda esperanza un mensajero me trajo la segunda figura, y pude informar a los lectores interesados –que, para mi sorpresa, no fueron pocos– de que ambas se habían vuelto a ver las caras en mi casa de Madrid.

Han pasado unos meses desde entonces, y tres o cuatro de esos lectores me han preguntado –casi me han exigido que cuente– cómo les va al señorín y a la bailarina en sus nuevos domicilio y ciudad. Aun a riesgo de cansar o aburrir a los no curiosos, daré cuenta de mis impresiones. Cuando llamé a la tienda para comunicarles que por fin había aparecido su envío y que podían proceder al cobro, me contestó un empleado que –maravillas de Internet, supongo– estaba perfectamente enterado de mis comentarios y dudas sobre la pareja. Se alegró de que la joven hubiera alcanzado su destino, y con humor me dijo: “Creo que los dos habrán agradecido esta breve separación, quizá necesitaban unas vacaciones después de ciento cincuenta años juntos”. “¿Ciento cincuenta?”, repetí con sorpresa. “No creí que fueran tan antiguos”. “Sí, Mid-Victorian”, respondió, es decir, de mediados del reinado de la Reina Victoria, que duró de 1837 a 1901; y añadió, para mi tranquilidad: “Una separación definitiva habría sido cruel, tras tanto tiempo. Pero unos meses de descanso les habrán venido bien”. Si el simpático empleado estaba en lo cierto, las figuras se habrían fabricado hacia 1860, y en 1861 murió el marido de la Reina, el Príncipe Alberto, del cual se dice que estuvo verdaderamente enamorada, hasta el punto de que, tras su fallecimiento, Victoria pasó unos años de apartamiento y casi reclusión, lo cual le acarreó cierta momentánea impopularidad entre sus súbditos. No pude por menos de preguntarme si acaso mis dos figuritas habrían languidecido y penado de manera similar, de haberse consumado su extrañamiento.

Al volver a ver a la bailarina, ya en mi casa, descubrí que era bastante más graciosa y menos convencional de como la recordaba mi despreciativa primera visión. Ni siquiera lleva tutú, como creía, sino una faldita de logrado vuelo que le cubre tan sólo medio muslo. Y no había reparado en su sugestivo escote de buen gusto, que permite ver suficiente de sus atractivos pechos. En la mano sostiene un abanico cerrado. Lo cierto es que, cuando por fin aterrizó aquí, su partenaire, al que llamaré Mendonça, ya había hecho amistad con sus nuevos e ilustres compañeros, a saber: una estatuilla de Sir Arthur Conan Doyle, como él con bigote y bastón; un busto de su criatura Sherlock Holmes, con los rasgos del actor Peter Cushing; otro busto –de porcelana, y más antiguo– de Laurence Sterne en su juventud; un capitán de navío inglés –como salido de Master and Commander– que me regaló Pérez-Reverte hace unos años. El dandy Mendonça se sentía muy crecido tras codearse con estos “caballeros extraordinarios”, y cuando vio aparecer a Carolina –así voy a llamarla, por razones que no vienen al caso–, no pudo evitar darse aires. De hecho creo que inicialmente se negó a presentársela a sus nuevas amistades, hasta que Conan Doyle, que jamás toleró en vida que se tratara mal a una mujer en su presencia, lo regañó y lo obligó a hacerlo. Es de suponer que, como su figura es mucho más alta que las otras, tiene una perspectiva particularmente generosa del elegante escote de la bailarina, eso además. Me temo que durante los primeros días su presencia causó cierto revuelo entre la compañía masculina. Holmes la mira aprensivo, de reojo, sin cesar; y también Sterne, quien, pese a haber sido párroco, siempre tuvo un ojo agudo para las mujeres. El capitán es más serio, pero a buen seguro se siente protector, con su sable desenvainado contra el que poco podría hacer el bastoncillo del señorín. Tengo la impresión de que las aguas ya se han calmado y de que todos tienen debilidad por Carolina. Respetuosa debilidad, eso sí, una vez enterados de que lleva nada menos que siglo y medio emparejada con el frívolo Mendonça. En cuanto a ellos dos, él está a la izquierda y ella a la derecha, de manera que se miran el uno al otro, si no con pasión, sí con gran aprecio y camaradería. Algunas mañanas, sin embargo, me la encuentro a ella a la izquierda y a él a la derecha, dándose casi la espalda e ignorándose mutuamente. Sé entonces que han reñido durante la noche, posiblemente por causa de Sterne. Pero he observado que, en esas ocasiones, antes de que yo me acueste –claro que me acuesto muy tarde– han vuelto a sus posiciones originales. Me alegra saber que, tras ciento cincuenta años, los enfados nunca les duran veinticuatro horas. Tiene su mérito, no dirán que no.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de mayo de 2010

Hay que convivir con eso. 2 /05/ 2010.

No sé si ustedes se creen que desde 1945, desde el término de la Segunda Guerra Mundial, las poblaciones de Alemania e Italia dejaron de ser nazis y fascistas respectivamente como por arte de magia. Yo no creo en esa arte, y menos aún en política. Si alguien está en un sitio y luego en otro, puedo aceptarlo, siempre que a ese alguien se lo haya visto desplazarse, dar los pasos pertinentes, realizar el trayecto. Esas poblaciones habían apoyado abrumadoramente a Hitler y a Mussolini, y si les retiraron el entusiasmo y empezaron a echar pestes de ellos fue, sobre todo, porque los dos dictadores habían muerto y su bando había perdido la contienda. Fue, en gran medida, por la cuenta que les traía, por conveniencia. Poca gente se empecina en seguir defendiendo a los derrotados y a los muertos. Pero lo cierto es que, aunque se debiera en parte a motivos espúreos y a oportunismo –o a instinto de supervivencia–, en esos países y en el resto de Europa se creó un consenso sobre cómo debía interpretarse la Segunda Guerra Mundial, y casi todo el mundo estuvo de acuerdo en considerar al Eje culpable de aquella catástrofe y en renegar de sus regímenes e ideas. No sucedió, claro está, nada parecido con los de Stalin en la Unión Soviética, porque este otro individuo sanguinario seguía vivo y además se contaba entre los vencedores. (Resulta curioso ver unas pocas películas hollywoodenses de los años cuarenta, como Días de gloria de Tourneur, en las que los rusos todavía aparecen como “aliados” y forman parte de los “buenos”.) Sea como fuera, y pese a que muchos lo hicieran con la boca pequeña o hipócritamente, la mayoría de los ciudadanos que habían jaleado y aupado al nazismo y al fascismo los condenaron. Como es sabido, hay países en que su exaltación está prohibida, lo mismo que negar el Holocausto. Si esto es así, fue gracias a ese acuerdo –parcialmente insincero, pero al fin acuerdo– del conjunto de los europeos.

¿Sucedió en España algo parecido? En modo alguno. ¿Acaso a la muerte de Franco? Ya se ve que no, tampoco. Aquí el equivalente de Hitler y Mussolini –amigo y partidario declarado de ellos– salió triunfante de la Guerra Civil que él mismo había desencadenado, traicionando sus juramentos, traicionando a su Ejército y levantándose en armas contra el Gobierno legítimo de la nación. Después imperó y machacó, ya sin guerra, durante treinta y seis años, y a lo largo de todo ese tiempo la mayor parte de los españoles –también algunos por conveniencia, o por la cuenta que les traía– fueron franquistas convencidos. Su régimen nunca fue derrocado, y a la muerte del tirano seguía conservando todo el poder en sus manos. Si en vez de una prolongación de su dictadura tuvimos una democracia, fue en gran medida por decisión del nuevo Jefe del Estado, el Rey Juan Carlos, y porque aquello se había convertido en un anacronismo inviable en el seno de una Europa cada vez más interdependiente. También porque durante la Transición casi todo el mundo fue razonable y se avino a lo que era mejor para la España de entonces, con Santiago Carrillo entre los más razonables.

Ahora bien, pretender que el franquismo fuera condenado globalmente un día por el conjunto de la sociedad, era y sigue siendo iluso. Mal que nos pese a quienes lo vemos como uno de los periodos más aciagos y criminales de nuestra historia, aquí jamás se ha producido un consenso, ni siquiera artificial o falso, semejante al logrado en Europa tras la caída de los fascismos (nuestra situación se pareció más a la de la Rusia de Stalin). Así, en España sigue habiendo historiadores sobrevenidos que justifican el golpe militar de 1936 y que acusan de golpista (!) al Gobierno de la República que lo padeció. Lo mismo que una caterva de periodistas y tertulianos y no pocos políticos, aunque éstos no lo manifiesten abiertamente. En las filas del PP hay numerosos individuos que, quizá por haber vivido ya poco bajo el franquismo, ignoran que son idénticos (cuán a su imagen los han hecho) a los funcionarios del dictador. (También hay, entre la izquierda, quienes ignoran lo muy parecidos que son a los stalinistas de antaño, lo cual tampoco ayuda precisamente.) Una buena porción de España, incluida una parte de la izquierda, de los nacionalistas y de los “antisistema”, continúa siendo sociológica y anímicamente franquista, no se la ha enseñado a ser de otro modo. El Tribunal Supremo ha dado curso a las querellas interpuestas contra el juez Garzón por Falange Española (!) y por la ultraderechista Manos Limpias (!). A mí me parece lamentable, pero no sorprendente, dado que también entre los jueces hay franquistas. Garzón pecó de ingenuidad o midió mal el estado de cosas, lo mismo que Zapatero al promover su Ley de la Memoria Histórica. Una ley sobre algo tan subjetivo e inaprensible sólo puede existir y prosperar con el beneplácito de la inmensa mayoría de la sociedad, y nosotros carecemos hasta del más básico acuerdo. Es lo que hay, ya digo, mal que nos pese. Si la visión condenatoria del origen de la Guerra y de los cuarenta años de dictadura no ha sido general en los treinta y cinco transcurridos desde la muerte de Franco, desengañémonos, ya no va a serlo. Este es un país anómalo. Lo ha sido siempre, no sé por qué nos extrañamos tanto. Este país ha dado vergüenza a menudo, no es tan raro que hoy siga dándola. Aquí nunca nadie convence a nadie. Hay que convivir con eso, y nos toca a todos aguantarnos. Por lo menos tenemos práctica.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de mayo de 2010

lunes, 26 de abril de 2010

Escenas de efímera exasperación III. 25 /04/ 2010.

Escena decimotercera. Uno va con prisa, sea a pie o en autobús o en taxi. Tal vez va a coger un tren o un avión, los primeros no esperan y los segundos sí, se eternizan, pero nunca por los pasajeros. Se encuentra con un caos anormal de tráfico, y hay que insistir en lo de anormal porque caos lo hay siempre en nuestras localidades. El motivo: una manifestación que por supuesto discurre por el centro de la ciudad, la cual por lo tanto se ve afectada en su totalidad. En ningún país como en España –y en ningún sitio como en Madrid– hay tantas manifestaciones, varias al día, y por las cuestiones más nimias, superfluas, imbéciles o peregrinas. En ningún otro lugar se permitiría que alteraran y entorpecieran, jornada tras jornada, la vida y el trabajo de la población. Por muchas personas que acudan a ellas, siempre serán pocas en comparación con el conjunto de los habitantes, luego se consiente continuamente que una minoría haga –a menudo por naderías– la vida imposible a los demás. Lo más absurdo y llamativo del caso es que, por su sobreabundancia, está comprobado que las manifestaciones españolas han dejado de ser eficaces y no sirven para nada, quiero decir para lograr sus propósitos de cambiar una disposición o una ley. Si los agraviados por los parquímetros no salieron a la calle veinte veces, no salieron ninguna. El Ayuntamiento hizo oídos sordos, como ya se sabía desde la primera, ningún político rectifica nada porque se le proteste en la calle. Creo haber asistido a cinco manifestaciones desde que salí de la Universidad: después del 23-F; en dos ocasiones contra ETA, una en Madrid tras el asesinato de Tomás y Valiente y otra en San Sebastián; una contra los chirimbolos que instaló el beato Álvarez del Manzano para recaudar; por último, la más masiva que hubo contra la Guerra de Irak. Es de sobra sabido que ETA no hace ni caso, pero no es del todo inútil que sienta la repulsa de la ciudadanía, lo mismo que Tejero y los golpistas en su día; tampoco estuvo mal que Aznar, Rajoy y demás vieran lo que se opinaba de sus belicosas mentiras y de la foto de las Azores. Pero su Gobierno no se apeó de su decisión, por mucha gente que se la afeara indignada (y de los chirimbolos qué les voy a contar: aquí se quedaron, sirviendo a las arcas municipales y estropeando la ciudad). Otro problema de las manifestaciones actuales es que nadie se las puede tomar en serio, dado su aire festivo, de juerga: trompetas, tambores, silbatos, horrísonos pareados, bailoteos, individuos disfrazados, todas parecen comparsas, incluidas las de nuestros tontainas sindicatos. No digamos ya las de los curas “en favor de la familia” (guitarricas y cánticos desafinados), las de los estudiantes contra sus colegios mayores o las de los antitaurinos, meras extensiones del carnaval. En la más reciente de estas últimas, vi pancartas harto cómicas, como una “Por los derechos de los animales de Extremadura”. Eché en falta alguna otra que abogara “Por los deberes de las bestezuelas riojanas” o algo así, ya que, si los animales tienen “derechos” –como sostiene algún filósofo contemporáneo peleado con el raciocinio–, va implícito que también habrán de tener “deberes”. Me pregunto cómo diablos se informa de sus obligaciones a una cabra o a un periquito. ¿Por qué, entonces –si son inútiles–, se convocan tantas manifestaciones en nuestro país? Me temo que han pasado a ser una “ocasión lúdica” más, un pretexto para que la gente se junte, se desfogue, arme ruido y corte la circulación.

Escena decimocuarta. A todas ellas hay que añadir las “fijas”, como las incontables procesiones de Semana Santa, en las que los feligreses se manifiestan, supongo, en protesta porque al Nazareno se lo cargaran injustamente, hace más de dos mil años, unos tipos que nada tienen que ver con nosotros: romanos y judíos al alimón, de los cuales hace siglos que no se ve ni uno por aquí. A los lúdicos católicos les da lo mismo, e impiden la vida normal de las ciudades durante ocho días: tan sólo en Madrid hay cerca de veinte algaradas lentísimas, todas ellas por el centro, para no variar. Agréguense el Día del Orgullo Gay con sus infinitas carrozas; el Carnaval propiamente dicho; las innumerables romerías y “fiestas populares” de todas las poblaciones de España, que duran una semana entera cada una; la Cabalgata de Reyes; el Corpus; el Rocío; la Maratón popular empapada (por el sudor de los participantes); el Día de la Bici empapada (por lo mismo); las Fallas y las mascletàs; el Día de las Ovejas defecadoras; los varios de los Caballos defecadores que acompañan a las carrozas de los embajadores cuando presentan sus credenciales, y qué sé yo cuántas cosas más. No hay día en España en que las calles estén razonablemente libres de obstáculos para lo que es menester: desplazarse y trabajar.

Escena decimoquinta. En la anterior entrega mencioné que ya casi nadie cede el paso en la calle. Se me olvidó añadir que ya ni siquiera se observa aquello tan lógico de “Antes de entrar, dejen salir”. No es raro que uno abra la puerta de un establecimiento para abandonarlo, y que una familia de ocho miembros aproveche que uno la está sujetando para entrar en fila, sin que a ninguno se le ocurra frenarse para permitir al menos que uno deje su hueco en el local abarrotado. Y puede que, en vez de una familia, se nos cuele una manada de turistas o de colegiales o de jubilados, digamos unos cuarenta en total.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de abril de 2010



Como dirían por mi tierra...Qué vejez más mala va a tené este hombre!!. jajajajaja

y es que está un poquitín delicadillo ;)

¡Qué se le va a hacer!...ser uno de los mejores escritores vivos hace que se le perdone casi todo.

;O

Aunque lo de la cabalgata de Reyes no sé si perdonárselo...¡Sr Marías! eso es sagrado!!!

domingo, 18 de abril de 2010

La crítica de mi tiempo. 18 /04/ 2010.

Ya que se avecina el Día del Libro… Primero fue el tópico de que todo crítico era en realidad un artista frustrado, que a menudo se vengaba de quienes habían tenido el talento o la audacia –novelistas, poetas, pintores, cineastas, músicos– que a él le habían faltado. Este tópico sigue vigente, en boca de muchos creadores que se sienten maltratados. Luego alguien le dio la vuelta a la frase, y apareció la rebuscada idea de que todo artista era en realidad un crítico frustrado. Hay bastantes individuos que parecen haberles dado la razón a ambos tópicos: escritores que ejercen la crítica y críticos que por fin se atreven a escribir una novela o dirigir una película. A mí me parecen incompatibles las dos actividades, aunque sólo sea por elegancia. Si uno escribe novelas y juzga las de los demás públicamente, en ello va implícita la presunción de que las propias son mejores. Si uno hace reseñas cinematográficas y luego también películas, se supone que en estas últimas no incurrirá en ninguno de los defectos que en tantas ocasiones habrá detectado y censurado en otros y que su obra será por fuerza impecable.

Quizá por eso escribí seis o siete críticas hace más de treinta años y no he vuelto a reincidir, si la memoria no me falla. Debo confesar que a veces le doy la razón al segundo tópico y que me apetecería ejercer ese oficio que otros ejercen sobre mis novelas, profusamente. El autor se cansa de que se opine sobre lo que él da a la imprenta –sea para bien o mal, eso acaba por resultar secundario– y de no opinar sobre lo de los otros más que en privado. (También se cansa de no poder criticar al crítico, en particular a algunos que le parecen llamativamente ignorantes o imbéciles, pero así están establecidas las reglas del juego: si uno hace público lo que escribe, no le queda sino callar ante los veredictos; le puede hacer vudú en casa al idiota de turno, pero nunca rebatirlo con otro texto.) A veces pienso que si dejara de escribir novelas (todo se andará), me sería posible iniciar una carrera de crítico literario, y a continuación me congratulo de que no me quepa esa opción, todavía, porque me temo que no dejaría títere con cabeza, o, mejor dicho, que iría completamente contracorriente, y me da la impresión de que eso es cada vez más inaceptable y “sacrílego”, y de que el peaje que se paga por ello es muy alto.

Hoy en día hay muchas obras o autores con los que se da una extraña unanimidad ensalzadora, y esa es sin duda una de las razones por las que la crítica cuenta tan poco y a la mayoría le trae sin cuidado. Desde que tengo memoria, nunca había sido mayor su descrédito. Es un género que siempre me ha interesado, y como soy más lector que escritor, y además espectador sin mezcla, la sigo leyendo bastante, aunque con crecientes pereza y hastío. Lo que me sucede con ella es preocupante, probablemente más para mí que para quienes la ejercen: cuando se produce una de esas frecuentes unanimidades elogiosas, suelo acabar acudiendo al libro o a la película entronizados, y casi invariablemente me encuentro con que las supuestas obras maestras me parecen directa y objetivamente malas. Con “objetivamente” quiero decir que me siento capaz de explicar por qué lo son, de razonarlo y argumentarlo. “El gusto es la anticipación del juicio”, escribió Sánchez Ferlosio, y a un crítico se le solía exigir que no se quedara en el gusto –que está al alcance de cualquiera– y que desarrollara el juicio. Demasiados reseñadores no pasan hoy de lo primero, se comportan como cualquier espectador a la salida del cine (“No me toca, no me ha llegado”) o como cualquier lector común al cerrar el volumen (“Qué apasionante”, o “Vaya rollo”). O como cualquier iletrado bloguero, a los que los críticos profesionales se van asemejando peligrosamente. Lo peor de estas unanimidades es que crean un estado de opinión poco menos que “obligatorio”, y que el disidente es sepultado en el acto bajo la acusación de resentido, o de provocador oficial, o de envidioso. Afinar está casi prohibido, cuando la tarea del crítico sería esa precisamente, afinar lo más posible.

Cuando leo o veo una de esas proclamadas “obras maestras”, detecto con frecuencia en ellas trucos de mala ley, o percibo que son inertes, o que caen en cursilerías inadmisibles, o que no inquietan ni interesan ni turban ni intrigan ni desde luego hacen pensar, o que halagan al lector con baraturas y lugares comunes de su agrado, o que copian descaradamente de otros (he dicho “copian”, no “plagian”, casi nadie es tan tonto como para plagiar hoy en día), o que se presentan como novedosas y repiten fórmulas ya gastadas hace cuarenta o más años, o que el autor es un simple y no suelta más que obviedades, o que se está adornando estilísticamente como si esperara un “olé” tras cada frase, o que se ha equivocado de arte y remeda series de televisión o cómics creyendo que con eso inaugura una nueva literatura, cuando no está entregando más que obras deudoras y epigonales, o que es un mero pendolista acumulativo y puntilloso, o que sus mayores fuerza y mérito no son suyos, sino de unos archivos policiales a los que tuvo acceso… Entonces no me queda sino preguntarme por qué los críticos profesionales no han visto nada de eso, cuando se les paga por verlo, o si es que yo no estoy capacitado para apreciar y disfrutar la literatura de mi tiempo. Lo cual sería muy grave en mi caso, dado que también lo que escribo pertenece a ese mismo tiempo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de abril de 2010