porque latía en sus sentidos.
Lo aprisionaba con su carne
donde se estrellaban los siglos.
Con su antorcha de juventud
iluminaba los abismos.
Se creía dueño del mundo:
su centro fatal y divino.
Lo pregonaba cada nube,
cada grano de sol o trigo.
Si cerraba los ojos, todo
se apagaba, sin un quejido.
Nada era si él lo borraba
de sus ojos o sus oídos.
Se creía dueño del mundo
porque nunca nadie le dijo
cómo las cosas hieren, baten
a quien las sacó del olvido,
cómo aplastan desde lo eterno
a los soñadores vencidos.
Se creía dueño del mundo
y no era dueño de sí mismo.

3 comentarios:
¡Qué genial Jose Hierro! Un poeta fundamental, necesario, cuya voz poética no deberíamos olvidar jamás. Un abrazo
Oh, precioso.¿es Atlas?
Sigo asomándome, a ver qué encuentro.
De momento, creo que tenemos gustos literarios comunes...
Un saludo.
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